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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

UP: Riesgo y gloria

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
martes, 27 de octubre de 2009, 00:58 h (CET)
En estos tiempos que corren donde todo son remakes de películas muy recientes o, incluso peor, films de nuevo cuño que van de originales cuando en realidad no son más que collages inconfesos de otras tantas películas, da gusto encontrarse, justo cuando las teorías de Marx parecen vivir su segunda juventud, con una maravilla animada como Up, que demuestra que el artero sistema de producción capitalista puede, si se lo propone, no sólo crear auténticas obras de arte dentro del mercado de consumo de masas, sino también empaparlas de una humanidad y un contenido que para si quisieran el resto de los sistemas supuestamente más humanos y profundos.

Claro que el hecho de que Up sea una obra maestra no supone ninguna novedad teniendo en cuenta el currículum de Pixar, su empresa productora. A lo largo de todos los años en los que John Lasseter y los suyos llevan haciendo películas, sólo nos han brindado títulos maravillosos, desde las dos partes de Toy Story, pasando por Bichos y Los Increíbles, hasta llegar a esa trilogía deslumbrante compuesta por Ratatouille, WALL-E y Up, la película que hoy nos ocupa. El secreto del éxito tanto crítico como de taquilla de la compañía de Emeryville radica en saber conjugar la modernidad, entendida como progreso técnico al servicio de a la historia, con un amor y un respeto por lo clásico a la hora de construir relatos que proporciona una solidez inusitada a sus guiones y personajes. Esta receta sitúa a Pixar a años luz de sus rivales más directas, Dreamworks y Blue Sky Studios, pues, a diferencia de los creadores de Monstruos S.A., estas empresas, así como otras muchas que son todavía más marrulleras en su modus operandi, sustentan sus tramas sobre chascarrillos efímeros y devotos de la mala parodia que, incapaces de sostener una historia de verdad, les obligan a maquillar su falta de talento artístico, narrativo y visual con recursos a voces de famosos taquilleros o estridencias escatológicas varias.

En el caso de Up, Pixar lleva hasta el paroxismo la fidelidad a sus postulados creativos y levanta un film absolutamente arrebatador a partir de una idea a priori descabellada y estrambótica en la que un anciano cuadrado y un boy scout orondo (no se trata de un contraste casual, sino una muestra maravillosa de cómo describir desde el concept-art las personalidades de dos personajes) vuelan, a bordo de una casa izada por mil globos de colores, hasta unas cataratas llamadas Paradise Falls, en Sudamérica, para cumplir un antiguo deseo de la mujer del viejo. Desde el principio hasta el final del film, todo es riesgo y gloria. El mero hecho de conceder el papel protagonista de una película de animación a un anciano cascarrabias, inspirado a partes iguales en Spencer Tracy y Walter Matthau, da una idea de la valentía de sus directores, Bob Peterson y Pete Docter, quienes, además, no titubean a la hora de introducir un segmento dramático mudo, con abortos y muertes incluidas, de por sí merecedor de la medalla a los mayores bemoles de la industria de la animación, ya que, al menos durante la sesión a la que yo asistí, los mil y un críos que había en la sala se quedaron a cuadros.

Y es que Pixar no trata al público infantil con condescendencia de abuela gorda con sonajero. Los trata como si fueran adultos, y a los adultos, con la ilusión infantil de quien cree firmemente que sólo el espíritu lúdico podrá redimirles. Así, Up serpentea con exquisita fluidez entre los cauces de la tragedia y los del humor delirante sin que en ningún momento los meandros resulten bruscos, fortuitos o artificiosos. Por lo demás, Up hace gala de un reparto de secundarios de cuidadísimo diseño externo e interno y de un sentido del humor que tanto se sirve del gag físico a lo Chuck Jones o Tex Avery, como de gags verbales inteligentes de esos que tan poco se estilan hoy en día. Todo ello sin renunciar a una amplia gama de capas de lectura, desde lo literal a lo metafórico, que la hacen apta para todo tipo de públicos y, por encima de todo, a un despliegue de genio y figura con un único objetivo en mente: la conexión emocional plena entre el espectador y los personajes, algo que consigue, en apariencia, sin demasiado esfuerzo.

Sólo me queda añadir que, dentro de lo posible, vayan a ver esta película en 3D. Los euros de más que cuesta la entrada merecen la pena, se lo aseguro. Tal vez existan otras películas de animación en 3D aún en cartelera (Monstruos Contra Alienígenas y Ice Age 3), pero ninguna de ellas utiliza este recurso en ciernes con la contención y la sabiduría con la que lo hace Pixar. Aquí es más importante la composición y la profundidad de campo que lanzarle cosas al espectador para epatarlo. También prima el efecto humano sobre el despiporre carente de objetivos. Y de esta forma, casi sin querer, los responsables de Up lanzan un humillante órdago a sus rivales del cual difícilmente se recuperaran si siguen produciendo las mismas mediocridades a las que nos tienen acostumbrados. En resumen, que Pixar es un Mac y sus competidores feos e ineficaces ordenadores clónicos. Las diferencias, como no, saltan a la vista.

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