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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Si las piedras hablaran

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 27 de octubre de 2009, 00:56 h (CET)
Uno tenía la sensación al escuchar a Sabino Fernández Campo, de hallarse ante uno de esos personajes que sólo cabe encontrar en los libros de historia, como si perteneciera más al mundo de las bibliotecas antiguas que al de los seres de carne y hueso. Era un aristócrata, no porque el Rey le otorgara un título nobiliario con Grandeza de España, cosa que a estas alturas no tiene tanta importancia, sino por pertenecer al extraño ámbito de los excelentes. La personalidad de Fernández Campo no fue la de un cortesano, sino la de un consejero; alguien que modera el ímpetu y quizá la irresponsabilidad de los príncipes y, desde la discreción y casi desde la sombra, hace que la institución se mantenga y sea aceptada –por lo menos, aceptada- en un mundo que se aleja más y más del modelo monárquico.

Y a pesar de no haber sido un cortesano en el sentido que lo acercaba a un valido, sí lo fue en lo que lo aproximaba al ideal renacentista de caballero de amplia cultura, diestro con las armas (entre ellas, la de la persuasión), modales exquisitos y recta moral. Baltasar de Castiglione podría haberse basado en la figura de Sabino Fernández Campo para concebir su obra más famosa. Y ya en la pura historia existen otros personajes a los que se asemeja, como el mismo Tomás Moro; aunque en el caso de don Sabino el rodar de su cabeza fue simbólico.

Como jefe de la Casa del Rey, le tocó “bailar con la más fea” en la noche del 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de militares trató otra vez de desviar el curso de la historia imponiéndose por la fuerza de las armas. Su famosa y lacónica frase “Ni está, ni se le espera”, refiriéndose al general Armada, uno de los artífices del intento de golpe de estado, figura en el acervo popular aunque muchos no sepan su origen. Armada, mentor y amigo de Fernández Campo, hubo de enfrentarse no con una traición, sino con quien en todo momento fue fiel a los principios de la Constitución y a su rey.

Durante la década que siguió a aquel hecho, se mantuvo al frente de la Casa en calidad de jefe, realizando las tareas propias de un edecán (término ya en desuso, pero que acaso siga definiendo bastante bien la esencia de este cargo de designación directa) hasta que perdió el favor real en 1993. Las razones “sotto voce” que se adujeron para su destitución y la forma tan borbónica como se produjo, han circulado hasta hoy por los mentideros de una corte que, durante el reinado de Don Juan Carlos, nunca existió de manera oficial. No es cuestión ahora de repetirlas, entre otras razones porque el propio Fernández Campo jamás se refirió a ellas, haciendo honor a dos principios que gobernaron toda su trayectoria: la lealtad y la discreción.

No sé si llegaría a ver la serie en dos capítulos que, con el título “23-F, el día más largo del Rey”, produjo TVE hace pocos meses. El personaje de don Sabino lo encarnaba admirablemente un grande de la escena española: Emilio Gutiérrez Caba. Me consta - así lo explicó el actor- que lo representó con el cariño y el respeto que la figura merecía, y que contribuyó a acercarlo a los que, por su edad, no vivieron aquellas tensas y dramáticas horas que condicionaron decisivamente el rumbo de nuestra democracia hace casi tres décadas.

Durante la entrega de los Premios Príncipe de Asturias el viernes pasado, Don Felipe le dedicó unas justas y cariñosas palabras, sabiéndolo en el lecho de muerte. Se trataba de un tributo a quien sirvió a su país con fidelidad ejemplar.

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