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Un debate sobre el aborto

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 25 de octubre de 2009, 13:12 h (CET)
Es cierto que llevamos un cuarto de siglo en España con el aborto legalizado en unos cuantos supuestos; pero no lo es menos que nunca hubo un debate social sobre el asunto, además de que nada es para siempre y, el que lo hubiera o no, no justifica que no se verifique ahora. Somos libres, sabemos que en el orden humano no hay verdades eternas y no podemos encerrarnos en que, porque hasta hoy haya sido la cosa de un modo, tenga necesariamente que permanecer indefinidamente así. Pensando de tal manera, la Historia nunca habría avanzado, y seguiríamos en las cavernas bajo el mando el bruto más bruto, o bajo el dominio de los césares o aún bajo el imperio de la dictadura. La vida misma es cambio, mutación, evolución, variabilidad constante; sólo lo que está muerto no puede cambiar sin una fuerza externa que le empuje a ello.

Así pues, nunca es tarde para iniciar un debate sobre algo tan capital como la protección de la vida humana. Biológicamente es incuestionable que la vida comienza en la misma fecundación; pero legalmente la cosa es muy otra, y se consiente que ésta sea propiedad de la madre durante algunas semanas, quien se instituye en diosa de la criatura, pudiendo consentir o no su alumbramiento, que es decir su vida. Unas semanas que algunos casos, por fraude de ley o no, pero en cualquier caso tristemente constatado, se ha extendido hasta el octavo mes, siendo preciso en tales casos el descuartizamiento en vivo del nonato. Además, sería fatalmente estúpido creer que el millón de abortos perpetrados en España desde la promulgación de esa ley, se corresponden exclusivamente con los supuestos que esa ley tipifica. ¡Pues menuda sociedad tendríamos!

La madre ni puede ser ni es dueña de la vida de su hijo. Es dueña de su propio cuerpo y puede evitar la fecundación; pero no puede un ser humano dueño de la vida de otro. Es inconstitucional, una aberración, una atrocidad. El feto, que ya es humano desde su concepción, es una vida absolutamente independiente de la madre, disponiendo incluso de una recombinación del código genético de ésta y del padre –aunque el padre no tenga legalmente la menor oportunidad de dar su opinión sobre el asunto cual si el embarazo se hubiera producido por partenogénesis-, y sólo precisa que la respeten para que se desarrolle y crezca. Una vida que mutará desde el inicio de la división celular del óvulo fecundado hasta que ese mismo ser muera cuando sea anciano, y nadie en todo el mundo, por sabio que sea, está en condiciones de decir si ese ser está más vivo en su etapa de feto, infancia, juventud, madurez o senectud: son las edades de cada hombre, pero todas ellas se fundamentan y basan en la primera. Por otra parte, el feto precisa de la madre en la misma o menor medida que el bebé nacido precisa de ella o de otros, no siendo capaz la criatura de satisfacerse por sí misma hasta bastantes años después de haber sido alumbrada. Sin embargo, a nadie en su sano juicio se le ocurriría legislar que hasta los tres, los seis o los dieciocho años se puede eliminar a un niño.

Para que una persona pueda ser cualquier cosa, la que sea, lo primero que necesita es estar viva. La libertad, la inteligencia y cualquier otro valor que pueda ser susceptible de ser defendido, se sustenta primero que nada en la vida. Lo sorprendente del caso es que muchos de los que están a favor del aborto hablan de libertades y derechos, precisamente cuando con sus actos están arrebatándoselos todos a aquél que matan por beneficio del capricho o la coyuntura de otro. ¿Acaso un ser tiene más derechos que otro?... ¿Acaso por dificultades económicas transitorias, por presión psicológica o por debilidad mental se legalizará en estos casos el asesinato de los hijos nacidos?... ¿Quién está en condiciones de jurar que durante la vida de su hijo tendrá una solvente situación económica o que no sufrirá una depresión por cualquier causa?... Los mismos supuestos que establece la ley son o un despropósito malintencionado, o un artificio para que se verificara la atrocidad que todos hemos constatado en las noticias.

Se dice que el aborto es un asunto de conciencia, y, siendo verdad, no lo es. El aborto es mucho más que eso: es una cuestión lisa y llanamente de vida, porque es la llave de todas las demás cosas. Quien no nace no tiene posibilidad alguna de sentir, de gozar o sufrir, de ser libre o esclavo o de experimentar cualquier clase de emoción. Se le priva de todo. Naturalmente que la religión y la ideología tienen mucho que ver en ello, pero es falso que se centre en la cristiana o en las derechas solamente, porque el aborto es una aberración atroz para todos los credos desde Oriente a Occidente. En lo que sin duda no hay conciencia es en matar, el más atroz de los actos posibles. Dicen éstos que los que están contra el aborto son de derechas, y también eso es mentira. En mi caso, ni soy de derechas ni cristiano, y estoy radicalmente contra el aborto, y me consta que no soy una excepción. La vida no es privativa de una parte del espectro político o ideológico. Acaso, nada más sea que los partidarios de la vida somos los que tenemos conciencia y la permitimos manifestarse, y, yéndonos bien o mal, consideramos que todos los demás seres tienen derecho, al menos, a lo mismo: lo que es igual, no es trampa. No quiero decir con esto que los partidarios del aborto carezcan de conciencia, pero sí que no todas las conciencias encajan igual el mismo orden de cosas, no hay más que ver la de carniceros que jalonan la Historia, y ninguno de ellos comenzó matando a trochemoche. Comenzaron con justificaciones muy timoratas para cosillas muy puntuales, y terminaron donde todos sabemos. También aquí se legalizó esta atrocidad para unos supuestos, pero se convirtió en algo tan descabellado como hemos visto, con la inacción o la dejación de funciones de las autoridades como cómplices necesarios para perpetrar lo que legalmente eran crímenes. Es previsible, por tanto, que con la nueva ley se dé inicio a una era en la que ni los diminuidos nacidos estarán a salvo. Con dulces palabras y razones de peso se iniciaron siempre los mayores genocidios, y estamos en puertas del más atroz de todos ellos. Al tiempo.

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