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Halloween

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 24 de octubre de 2009, 10:14 h (CET)
A diferencia de muchos de mis colegas, soy de los que opino que los escándalos, lejos de atenuar, deberían arreciar de firme. Y esto es así no sólo por la necesaria catarsis que supondrían para obligarnos a enderezar a garrotazos a nuestra muy torcida clase política, sino sobre todo porque asomarían los gusanos que realmente nos roen el presente y el futuro, y no sólo un par de casos mediáticos… sin demasiada enjundia, dicho sea de paso y ya que al paso viene.

Se crucifica en estos días a unos cuantos vivales que tal vez lo merezcan –no seré yo quien arroje la primera piedra-, pero el efecto que se está procurando es que auténticos corpus agusanados por la corrupción están lavando sus propios pecados en la sangre de estos cabezas de turco: da la impresión de que son las víctimas propiciatorias que consiguen el favor de la inocencia de los dioses. Y no es eso, no. Cada palo ha de aguantar su vela, y a la hora del reparto de condenas ha de llegar a todos los que son, incluso si ahora sestean a la sombra del Gobierno con un exiguo patrimonio.

No deja de tener su chispita de humor que quienes ayer establecieran inter nos la corrupción galopante que nos asola ahora, nos salgan ahora de beatas de Santa Honradez Perpetua (¿serán los 100 años aquéllos?), señalando con su dedito acusador a quienes apenas son unos torpes imitadores. Y ése, precisamente, es el problema: que no hay manos limpias en los solares patrios de la política ni para acusar, ni para manejar los fondos públicos. En el ideario popular está que quien ostenta algún poder, algo saca de sustancia más de la carne y el cocido que el siempre enajenado poco nutritivo delirio egocentrista. Algo del más acá que anula las virtudes del más allá. Vamos, que desde un simple concejal de pueblo a la más alta joya de la Corona, aquí quien no corre, vuela.

Lo peligroso de todo este asunto es que la golfería y el manejo de los dineros de todos está unido y en las mismas manos, cosa por de más peligrosa. Es como que los bancos de Chicago nombraran a Al Capone como guardián de sus haberes, por más que no sea el ejemplo más afortunado. Pero en fin, si se me quiere entender, como causa de ese despropósito aquí tenemos los resultados. Sisaron los unos, robaron a manos llenas los otros, y estos, por no ser mancos, siguieron manteniendo viva la tradición. Vamos, que pase lo que pase, no hay peligro de que llegue la sangre al río, porque entre bueyes no hay cornadas. Todo esto sólo son escándalos para mantener al respetable entretenido y darle tema de conversación, repartiéndose entre los pitos y las palmas. Pero nada, no pasa nada de nada. Aquí, como si tal cosa, puede un señor coger 600 millones de la caja y darle un garbeo olímpico a su ego, o tomar 10 y dárselos a la empresa de la nena –a través de otras manos-, o agarrar tres o cinco mil milloncetes de vellón y largárselos a la oposición marginal de tresbolillo para que apoyen esta ley, ese despropósito o aqueste otro desvarío legislativo. Y, claro, la posición preferente de los que pueden bisagra las ganancias, es la de estar entre el muro del silencio complaciente y la puerta de la caja, que éstos a las bisagras las aceitan con billetes de curso legal para que no chirríen.

Contratos, licencias, permisos, licitaciones, concursos, premios, obras, suministros, colocaciones en la Administración y un eónico porqué sí, son algunos de los artificios que usan nuestros políticos para lucir bien, recibir loas de su peña a sueldo negro y algún que otro chupetón. ¡Tanta responsabilidad y tan enorme trabajo qué bien sientan…! Porque sí, trabajan mucho, sufren muchísimo, pero se aferran al poder no por egomanía psicopática, sino porque la patria se lo reclama, se lo demanda la Historia y, claro, ellos gustosamente se inmolan en beneficio de la mayoría… de los dineros que se van a embolsar él y los suyos.

Me reitero una vez más en que estos escándalos no deberían atenuar, a pesar de que cada día vaya pareciendo más que vivimos en los terribles años de poder del infausto Felipe González y su cohorte, aquéllos frescales que sortearon jueces, burlaron fiscales, rebañaron el cepillo del Erario y se retiraron a una vida de regalo y relajo… a nuestras expensas. Ahí están, se les puede nombrar a uno por uno, y ya veríamos que tropa, cómo se han colocado. Tampoco ellos tenían gran patrimonio, no. ¡Ay, si Noé tuviera que fletar un arca, cuantísimo trabajo se ahorraría yendo por algunas sedes políticas!

Lo queda claro con todo esto, es que aquí, el honrado de verdad, es el que no tiene más remedio. A la imposibilidad de pecar, en España, la llamamos Virtud; a la abyección, simplemente Política. Buen negocio este año para las tiendas especializadas en atavíos de Halloween, que con un par de disfraces harán su agosto: el de caco Bonifacio para los cargos de medio pelo, y el la Familia Adams para los de la clac. A todos los demás nos bastará con seguir como estamos: ya vamos de tontos.

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