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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

El sutil paso de los tribunales al linchamiento

Mario López
Mario López
sábado, 24 de octubre de 2009, 06:55 h (CET)
Cuando el legislador aprueba una ley sabe perfectamente que su aplicación no va a satisfacer a todo el mundo. Cuando se lleva al Código Penal una pena se sabe a ciencia cierta que para la víctima del delito que se castiga ésta será siempre insuficiente.

Esto es así y así decidimos aceptarlo porque entendemos que la mejor manera de dirimir nuestros conflictos es por medio de las leyes aprobadas por nuestros legítimos representantes y ejecutadas por nuestro legítimo poder judicial. Lo contrario sería legitimar el linchamiento, la lapidación, que son cosas que se practican en países que consideramos antidemocráticos y retrógrados. Y el linchamiento no se legitima de la noche a la mañana; es algo a lo que se va llegando sutilmente, poco a poco. Primero se crea un estado de opinión que nos lleva a realizar juicios paralelos en la calle. Se toma la calle para exigir un endurecimiento del Código Penal cada vez que surge una víctima con capacidad de convocatoria. El caso de Mari Luz Cortés no es, desgraciadamente, el único que ha ocurrido recientemente en nuestro país. Pero su padre sí es un hombre profundamente carismático o, al menos, está dotado de una notable capacidad de liderazgo; hasta tal punto de que UPyD le propondrá como candidato a la alcaldía de Huelva. Muchos otros padres han aceptado estoicamente, en el anonimato, las sentencias emanadas de nuestro Estado de derecho. Pero cada vez es más frecuente, ya no sólo salir a la calle para demandar un endurecimiento de las penas, sino presionar día a día a los tribunales para obtener de ellos las sentencias que se anhelan en la embriaguez del rencor. Ese es el primer paso hacia la legitimación del linchamiento. La mejor manera de tomar al abordaje los tribunales de justicia. El acoso sistemático al juez Garzón en todas y cada una de sus instrucciones es el paradigma. El caso del profesor Neira también es un buen ejemplo de ello. Y el más reciente y elocuente caso de juicio paralelo (o acercamiento al linchamiento) es el de la sentencia a Josué Estébenez por el asesinato de Carlos Palomino. Asesinato que nadie puede discutir. Cosa que, sin embargo, no ocurre con la sentencia. Una sentencia condenatoria, como no podía ser de otra manera, pero a la que se suma el delirante agravante de odio ideológico y en la que no se tiene en cuenta el atenuante de miedo insuperable ¿Qué hubiera sucedido de no haberse dado un juicio paralelo absolutamente furibundo? No sé, puede que me equivoque pero me parece a mí que el agravante de odio ideológico abre una nefasta puerta a un tenebroso lugar que yo pensaba que habíamos cerrado definitivamente, a cal y canto, en la Transición. Si el caso de Josué Estébenez sienta jurisprudencia, en el futuro veremos endurecer las condenas por el mero hecho de suponerle al acusado una ideología. En una democracia eso es inconcebible e intolerable ¿Cómo podríamos tolerar que ante el mismo hecho uno pueda salir mejor o peor parado según piense en rojo o en negro? Y, por otro lado, el que sea capaz de afirmar sin la menor sombra de duda (convicción plena que es imprescindible para dictar sentencia) que Josué no estaba poseído por un miedo insuperable es sencillamente imbécil.

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