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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Sobre lo blanco y lo negro

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 23 de octubre de 2009, 07:09 h (CET)
No existe una razón lógica para ello, pero parece ser que si uno se opone a algo es que está con su contrario. Y no, ni mucho menos: se puede estar en desacuerdo con una cosa y su contraria. Criticar a una mujer no tiene por qué comportar que uno sea machista, ni por oponerse a esto que se ha dado en nombrar eufemísticamente izquierdas, tiene que ser uno de derechas. Sin embargo, en esta ridícula sociedad del espectáculo que habitamos, se propende en exceso al etiquetado gratuito.

Los hay que estamos sobre ciertas cosas y vivimos sin complejos y sin ataduras de moda, pudiendo opinar libérrimamente sobre aquello que deseamos, entre cosas porque pensamos, colegimos, valoramos y creemos a pies juntillas en la libertad de opinión, además que nos sabemos en el deber de aportar a lo sociedad lo que somos, sea esto bueno, regular o malo, según criterios. No nos coarta decirle torpe o incompetente a una mujer, de la misma forma que no tenemos empacho en decírselo a un hombre, pues que consideramos que la igualdad de derechos y obligaciones entre los géneros no es palabrería baladí, sino un hecho que o sí, o sí, debe ser impuesto. Sólo la corrección en el trato, la delicadeza o aun la galantería, nos puede llevar a ser un tanto más refinados con una mujer, pues que la dulzura y la sensibilidad, que las tienen por encima del género al que pertenezco, son signos indelebles de su carácter…, por lo común. De la misma manera, no me duelen prendas en decirle que es negro a un negro, porque jamás se me ocurriría la mezquindad del insultante artificio racial, y porque su raza es ésa, cosa de la que no tengo la culpa, como no la tengo yo de ser blanco. Ni me ofende que me digan blanco, ni creo sinceramente que les ofenda a los negros que si es preciso mencionar el color de su raza se haga sin tiritas ni apósitos como si fueran inferiores, sino que deben sentir cierta rabia cuando un blanco, con la intención de no lastimar la absurda sensibilidad que le supone, hace piruetas lingüísticas buscando eufemismos tales como “de color”, como si las demás razas fueran incoloras. Así, nos podríamos extender por tantos temas como asuntos espinosos hay, donde el leguaje políticamente correcto hace cabriolas de saltimbanqui para no llamar a las cosas por su nombre, aplicando algunos tiquismiquis el calificativo de anti-lo-que-sea a quien llama a las cosas por su común con la mayor naturalidad.

Pero donde este asunto del etiquetado se convierte en algo verdaderamente cómico es el campo de la opinión política, develando que nuestra sociedad ha sido capaz de muchas cosas, excepto de liberarse del grillete de los estúpidos tópicos. Parece ser que quien muestra su disgusto con la supuesta izquierda (que no lo es), es de derechas, y viceversa. Tal vez estos tales deberían considerar que los que somos capaces de pensar por nosotros mismos y ser verdaderamente independientes estamos sobre eso, a mucha altura, y, por más que no sea políticamente adecuado, sabemos que ser hoy de izquierdas es tan anacrónico como ser de derechas, que esos tiempos de lucha de clases terminaron, que el eje social varió su orientación tras el mayo del 68, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, y que los problemas de nuestra sociedad actual no se pueden resolver con retornos al pasado, con ideologías caducas o con un arraigo atávico a postulados que sucumbieron con más pena que gloria en los campos de la Historia.

Para los pensantes, la libertad –y la de opinión es uno de los más bellos atavíos de esta luminosa dama- está libre de todo, especialmente de componendas políticamente correctas. Somos libres de decir, de creer, de ser, y las modas, los rigorismos de los eunucos de entendederas o lo que consideren las modas no tienen fondos en el banco de nuestro ánimo. Ninguna moda nos limita, ni siquiera llevar o no calcetines blancos cuando nos apetece hacerlo. No; el hecho de que nos opongamos a esto o aquello no significa que nos ponemos en la acera de enfrente para todo lo que afecte a esa persona, ese partido o lo que sea, sino que mostramos nuestro desacuerdo exclusivamente con eso. En otros asuntos, quizás, es posible que coincidamos con los criterios de aquello o aquellos a los que en esto les afeamos. Ni demonizamos el todo por un acto, ni santificamos al conjunto por otro. A lo blanco lo llamamos blanco, a lo negro, negro, y, por independientes y por libres, ni nos consideramos lo uno o lo otro, sino sobre ambos.

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