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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El Chico del Globo como metáfora

Ruth Marcus
Ruth Marcus
viernes, 23 de octubre de 2009, 06:07 h (CET)
WASHINGTON – En la polémica de Falcon Heene, el chaval de 6 años que se escondió - o fue escondido por sus padres - en la buhardilla mientras un mundo en vilo pensaba que iba en el interior de un globo casero a la deriva, vamos a dejar claras algunas cosas:

Que a la gente que bautiza a sus hijos con nombres de aves de presa presuntamente le pasa algo raro; que los Heene, si se trató realmente de un montaje, hacen que Jon y Kate parezcan Ward y June; que Andy Warhol tenía razón, con la excepción de que sus 15 minutos de gloria se han prolongado a 30 en la era del cable; que tendría que haber una enmienda constitucional que prohíba a los tutores explotar a sus hijos en los realities de televisión.

Pero todo eso no es lo que me interesa realmente. Lo que me interesa - y lo que sospecho que ayudó a que el episodio fuera tan convincente - es el vuelo del chico del globo como metáfora del proceso de educación de los hijos.

Podría decir que no se necesita mucho para despertar la cobertura integral de la televisión por cable, y tendría algo de razón. Cualquier persecución por carretera va a llenar un tiempo precioso, siempre que se faciliten imágenes en tiempo real desde un helicóptero.

Sin embargo, es el niño amenazado, por razones obvias, lo que realmente nos llama la atención: el niño atrapado en el pozo, la niña de tercero secuestrada de su dormitorio, el adolescente que ha huido de casa -- y, como señaló hace unos años mi colega Eugene Robinson de manera implacable, contra más rubios sean mejor.

Si usted es padre, ya sabrá -- en uno de esos sentidos que usted intenta quitarse de la cabeza porque no hay razón para darle importancia -- que este tipo de cosas le podrían pasar a usted. Que no hay supervisión que pueda realmente proteger por completo a sus hijos de los actos aleatorios de violencia o del destino. La rama seca que cae exactamente en el peor momento. La gripe que sólo debería haber causado ausencias en clase, pero que termina matando. El tractor-remolque fuera de control. Tener un hijo es conocer la certeza de la alegría moderada por la omnipresente posibilidad de la pérdida.

Cuando nuestro primer hijo nació hace 14 años, nuestro amigo Jim, que vela por todos nosotros con el obsesivo sentido protector de un collie británico, nos dio uno de esos libros sobre cómo mantener a su hijo a salvo de una increíble variedad de amenazas. Lo guardé durante años, pero no pude - lo siento, Jim - llegar a leerlo. Puede usted comprobar que la silla del coche está correctamente instalada y poner cierres de seguridad en el botiquín, pero en un momento concreto hay que reconocer simplemente que la vida lleva sus riesgos, y que no todo está bajo nuestro control.

Lo que nos lleva al chico del globo como metáfora. El globo plateado se precipita en el aire. Se menea, enfermizamente. Un niño, o eso creemos, está dentro, invisible. No hay nada que hacer excepto mirar, horrorizados, y rezar por un aterrizaje suave.

Esta es la esencia de la paternidad. Tienes que enviar a tu hijo al mundo, incluso sabiendo que va a ser golpeado. Inevitablemente llegará la invitación a una fiesta que no llega, el equipo en el que no entra, el amigo íntimo que le hace un desaire. No se puede impedir esto; en realidad no se debe ni intentarlo. En "La bendición de una rodilla pelada", la psicóloga Wendy Mogel describe el fenómeno de los padres que intentan imprudentemente "aislar a sus hijos del dolor de la vida".

Al tratar a los niños "como si fuéramos los capitanes de crucero que tienen que llevarlos a su destino -- la madurez -- sin novedad, sin ni siquiera la sensación de una ola o un bache, los estamos mutilando," escribe. "Los baches son parte del plan de Dios."

Vale, pero ¿tuvo dios que tratar con un adolescente en el instituto? Aceptar el plan no responde a la pregunta más difícil de qué libertades permitirles entonces. Vengo experimentando esto desde hace poco con nuestra hija recién independizada. Celebro esta independencia, pero tengo miedo. ¿Sabrá llegar al restaurante con las chicas mayores del equipo de fútbol? No. ¿Puede ir a la fiesta en la casa de un chico al que ella no conoce y que no va a su colegio pero es el amigo de una amiga? No, a menos que esté dispuesta a someterse a la humillación de que yo llame a los padres.

Las cuerdas del globo tirando de los amarres. Tienes que dar cierta holgura a las cuerdas. Algún día, antes de lo que te gustaría, tienes que dejar que se marche libre.

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