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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La feminidad como amenaza

Fabricio de Potestad
Redacción
jueves, 22 de octubre de 2009, 23:03 h (CET)
Los pintorescos rasgos que se atribuyen a la feminidad no se derivan de su genética y menos aún de sus propios criterios, sino de cómo han sido educadas. De hecho, las mujeres se han definido a lo largo de la historia con referencia a unos roles muy concretos y patriarcales como son el de madre, novia, esposa, amante, hermana o hija. No se nace mujer, se llega a serlo, dijo certeramente Simone de Beauvoir. Y hasta hace muy poco, la mujer no ha sido otra cosa que el producto de una cultura hecha por los hombres. Y es que la sociedad machista y misógina había educado a la mujer para virgen con residencia vigilada y sometida, para fiel esposa o para ser saqueada como prostituta hasta de su sexo por puteros desaprensivos. A las mujeres les enseñaron a aburrirse, a caminar erguidas, a coser, a servir al hombre, incluso creyeron que era distinguido dejarlas sin estudios. No es extraño, pues, que muchas mujeres hayan entregado su madurez, su honra adulta, su biografía entera y hasta su propia vida a la salacidad de una sociedad patriarcal, cuyo desfase ideológico, difícil de entender, es una inclinación de postrimerías, que amanece y resiste con fuerza residual justo cuando el feminismo y sus luchas lo están convirtiendo en chatarra de desguace.

El hombre ha procurado desde tiempo inmemorial regir solo los destinos del mundo, relegando a la mujer a una única posibilidad: consagrarse por completo a los quehaceres de la vida matrimonial y familiar, lo que ha dificultado la posibilidad de proyectarse fuera del hogar, remarcando su carácter carencial o de supuesta inferioridad. Las mujeres han participado, por ello, de esa realidad amenazada y misteriosa que es la feminidad, sabiendo además que dicho concepto no se sustenta en esencialidad alguna, puesto que las ciencias no creen ya en la existencia de entidades biológicas inmutables que definan, de forma incontestable, semejantes ideas. Las mujeres son simplemente personas, sexualmente diferenciadas, cuya feminidad es un efecto contraproducente del lenguaje masculino, cuyos significantes han privilegiado, sin el más mínimo pudor, a sus autores, es decir, a los hombres. En efecto, los hombres constituyeron a las mujeres como una alteridad superflua, secundaria y subordinada, limitando hasta tal punto su autonomía que no tenían otra opción que resignarse a desempeñar los roles secundarios que los hombres les ha venido imponiendo, y que se limitaba a ser objeto reducido a mera inmanencia biológica. La capacidad de la mujer de trascender ha estado perpetuamente inhibida por el poder soberano del hombre, que le ha impedido desarrollar su propio discurso familiar, sexual, social, cultural, ético, laboral y político. Las mujeres quedaron así encerradas en su condición de objeto, sometidas a las necesidades de la condición masculina. Llegado a este punto, las mujeres se conocen y se escogen no en tanto que existen para sí mismas, sino en la medida en que el hombre las piensa y las desea. Esto es, sus elecciones vienen fuertemente condicionadas por la necesidad de gustar al hombre. Hasta hace muy poco ni siquiera elegían qué lugar ocupar en el mundo, sino que se ubicaban sólo en aquellos ámbitos que ya estaban designados de antemano para ellas. Mientras la masculinidad se reservaba como propio el espacio intelectual, científico y político. En suma, el espacio del poder. A las mujeres se les relegaba al espacio doméstico, maternal y matrimonial. En pocas palabras, femenino ha sido hasta ahora el ámbito del vasallaje. Pero la supuesta racionalidad patriarcal no sólo escindió lo espacios de lo masculino y lo femenino, sino que los dotó de reglas, permisos y prohibiciones, basándose en falsos argumentos religiosos, biológicos, científicos y jurídicos. Qué es la vida para las mujeres, reflexiona Simone de Beauvoir, sino un perpetuo detenerse en un mismo lugar, asignado con anticipación. Y este espacio es el hogar, que es en el que se expresa claramente la inmanencia femenina, que se reduce a cuidar amorosamente de la vivienda y de los hijos, para que el hogar sea ese ámbito donde sus esposos encuentren, después de realizar sus trascendentales actividades públicas, el sosiego necesario. Las cosas han cambiado, obviamente, pero no lo suficiente.

En fin, la altura de nuestro tiempo, cada vez más sintética, exige un flash, un gesto, un buen título, una sentencia lúcida, aunque sea controvertida. Y quizá la que más se ajusta a la verdad, al pensamiento progresista, es que ya va siendo hora de que se afirme con rotundidad y sin ambages que la violencia de género es toda aquella que se ejerce contra la mujer por el simple hecho de serlo. Incluye, por tanto, la violencia doméstica, el lenguaje sexista, la publicidad machista, la desigualdad laboral y la prostitución, pues la cosificación de una persona, lato sensu, es un signo inequívoco de violencia. Las mujeres no están hechas para deleitar las noches reprimidas de machos fluorescentes y fieles al sexo comercial, que no es otra cosa que una riera por donde se desbordan las mayores crecidas del más atroz y vergonzante machismo secular. Las vacilaciones −cómplices advenedizas del poder masculino− sólo sirven para perpetuar la idea de que las mujeres deben permanecer allí donde están y asumir su estatus secundario y sometido. Y eso representa un flaco favor para la causa feminista y para las mujeres en general.

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