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El fracaso de la izquierda

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 22 de octubre de 2009, 08:34 h (CET)
“La izquierda ha muerto: ¡viva la izquierda!” Sin embargo, ni eso siquiera se podría gritar hoy. Sólo se puede, en todo caso, lamentar su degeneración y llorar su muerte trágica en los brazos de la verborrea, los ardientes colores plásticos y un pasado honorable que nunca vino en auxilio de los suicidas que la conducen, sentenciando póstumamente a tantos como dieron su vida y su muerte por ella.

La izquierda que tenemos hoy ha perdido no una batalla, sino la guerra. Perdió la batalla de una sociedad justa cuando en los ochenta institucionalizaron la corrupción, envenenando España y las ideologías con actos propios de los señoritos que teóricamente combatían y de la de esa España de bombo y pandereta que se encargaron en convertir en santa y buena; perdió la batalla de los trabajadores cuando se vendieron los sindicatos al poder, convirtiéndose en esta herramienta canalla de someter a los que sudan en los tajos y a los que sobreviven con salarios de hambre y miseria en los cuatro costados de España; perdió la batalla de Cultura con sus aberrantes Planes de Educación, cuando negó el porvenir a toda una generación de titulados merced a lo de Bolonia y cuando tuvo que comprar, por parecer que algo tenía que ver con algún Arte, nombres y solidaridades y otorgarles el emblema de la cejilla y sufragarles con la indecente SGAE; y, lo más triste de todo, ha perdido la batalla de la vida no sólo entregando a nuestras tropas a los carniceros del Imperio para justificar o respaldar sus genocidios en los confines del mundo, sino especialmente al consagrarse en la defensa de los derechos humanos de los criminales, los asesinos, los violadores y todas las alimañas que atormentan con su aliento al género humano, al tiempo que se han instituido en los Herodes de los nasciturus, de los más inocentes e indefensos de todos nosotros, los que bien podrían traer las soluciones que no tenemos a nuestros muchos y grandes problemas. Han renunciado a la vida y a la honorabilidad para abrazar efusivamente a la muerte. Muerte, pues, es lo que a fin de cuentas ha traido la izquierda: no es el mejor laurel ni el más honroso de los logros.

La izquierda tendrá el poder, pero está absolutamente deslegitimada por sus propios actos. Son siervos de sus realidades, esclavos de sus hechos, rehenes de sus despropósitos. Han tenido la ocasión de ser izquierda, pero se han comportado como los más seviciosos de los verdugos y los más impiadosos de los criminales. Ninguno de los grandes monstruos de la Historia –y ésta es más que prolífica en esto- se atrevió nunca a llegar a tanto. Para muchos de nosotros -me gustaría creer que para una mayoría- el aborto es un crimen por más que se le degrade o suavice con eufemismos triviales o con casos aislados. El que se opone con tal rencor a la vida, no merece siquiera vivirla: es su enemigo.

Si la izquierda es esto, me equivoqué, nos equivocamos al creer en ella. Por vivo, siempre amé la vida, madre e hija y hermana de cuanto puede ser un hombre: ¿cómo, siendo así, puede creer en la libertad quien no cree en la vida?... Pero, ahora, ¿cómo creer que aspiran a la libertad los que tan sañudamente la cercenan y combaten, aun cuando ésta es un aliento contenido, un futuro en gestación?... Nadie lo dice, nadie lo grita, pero todos sabemos que los cientos de miles de niños -¡seres vivos!- que son ejecutados en los vientres de sus madres por profesionales de la muerte que bien habrían podido tener su plaza en los campos de exterminio nazis, son problemas eliminados, son un juego de madres crueles o ignorantes, son un dolorcillo sin consecuencias como el de quien va al dentista, aunque ya lo están suavizando con píldoras que tan aséptica como silenciosamente hagan el tétrico trabajo.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dicen; pero es que, aunque nuestros oídos no escuchen los gritos desgarradores de los niños descuartizados en los vientres maternos por los médicos de la muerte, aunque nuestros ojos no vean sus torcidas muecas de horror, nuestros corazones sí que sienten y sí que sufren, y tanto más por cuanto las inmorales leyes de esta izquierda nos tiene las manos atadas. ¿Será legítimo desatárselas y actuar, incluso contra las leyes supuestamente democráticas, por alcanzar un bien mayor como lo es la vida, o ha de ceder la vida ante el asesinato sólo porque unas leyes ilegítimas así lo pronuncian con macabra semántica?...

Podría la izquierda haber hecho esfuerzos por la formación para evitar este genocidio, aunque su formación en esto haya también fracasado. Nunca hubo más niñas y adolescentes embarazadas en este país, sino cuando estos que se autotilulan de izquierdas vinieron con sus falsas libertades sin responsabilidad y sus vientos de progresía liberticida. Lo lamento por quienes una vez fueron los míos, por quienes todavía creen en estos hombres y mujeres infectados de corrupción y con las manos manchadas de la sangre más inocente; pero lo lamento más todavía por estos hombres y mujeres que se han tomado para sí el deber de llegar a las páginas más tétricas de la Historia con sus leyes abominables, con su inefable bajeza moral y su convertir en ley lo que a todas luces es un genocidio.

Pero siempre hay un final para todos los horrores, hay un Nürenberg que pondrá a cada cual en su sitio. Hubo Nerones, Herodes, Hitleres de toda clase; pero ninguno de ellos es ya, y para nosotros, hoy, no merecen sino la náusea. Mañana les llegará el turno a los que hoy les suceden. Ojalá que para entonces nadie haya olvidado este horror y todavía tengan memoria para los cientos de miles de espantosos aullidos silenciosos que hoy perturban nuestro sueño y nuestra libertad.

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