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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Autoridad Vs Legitimidad

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 21 de octubre de 2009, 08:41 h (CET)
De poco sirve tener la guerrera empedrada de condecoraciones, las hombreras y bocamangas de estrellas y usar gorra de plato si aquellos a los que gobierna admiten su autoridad pero le consideran ilegítimo. La autoridad ejercida a garrotazos nunca proporcionará legitimidad, sino que anulará la que pudiera tener.

Los dirigentes de nuestra sociedad –la Occidental en general, y la española muy en particular-, carece por completo de autoridad legítima. Es cierto que pueden legislar, condenar o declarar inocente a quienes se les antoje, tienen guardias de todos los tipos y colores, madelmanes soldaditos de mucho abroche, cremallera y amartillado de percutores, y hasta cuentan con una legión de servidores eméritos para las más oscuras tareas; pero carecen de legitimidad. Sólo tienen la autoridad manipulada que les proporcionan sus victorias en las urnas –mucho más que cuestionables-, tienen la fuerza bruta e incluso la posibilidad de acreditar o desacreditar a aquellos ciudadanos que les conviene; pero de bien poco les sirve cuando incluso sus propios votantes, y en general una buena parte de los gobernados, no creen en ellos, piensan que son unos corruptos que están haciendo su agosto a expensas de la ciudadnía, o unos vividores empedernidos que por una poltrona venden a su madre, a sus hijos y a quien sea. La soledad del poder, en fin.

Se respeta al que se admira; se obedece por voluntad propia al que siempre es sensato y veraz, al que no ostenta de su poder transitorio, al que acapara virtud. Estos, con autoridad o sin ella, son legítimos y tienen autoridad aunque oficialmente no la tengan. Difícilmente pueden competir con ellos los mentirosos, los corruptos, los que sirven oscuros intereses o los que todo cuanto de bueno se dice de ellos es pronunciado por sus propios labios o por quienes tienen a sueldo. Y ésta es, realmente, la realidad que nos concierne desde la implantación de la sociedad del espectáculo, justo ésa que se inauguró tras la muerte de las ideologías y las luchas de clases, en aquel ya lejano mayo del 68. El calor aplicado al puchero social ha ido creciendo sin cesar, y, sin una adecuada oposición que lo neutralizara, ya estamos en un hervor tal que ni una pequeña glaciación podría detener.

La corrupción conocida -y es mucha- no es más que la punta del iceberg de la existente. En el ánimo colectivo, en lo profundo de la creencia social individual y colectiva, se sabe con plenitud que sólo son tontos a los que han pillado, pero que incluso los que lo critican son partícipes de chanchullear desde sus puestos de poder traficando con favores, dineros, contratos, y lo que se tercie. No pueden conceder legitimidad al poder aquellos que saben o creen saber que los políticos están ahí para robarles, y que los de la oposición se callan porque ellos estuvieron en ésas ayer o lo estarán mañana; ni pueden legitimar al poder los que creen en la vida, porque el poder se ha inclinado hacia la muerte y el aborto… por ventaja coyuntural o por simple dinero; ni pueden legitimar al poder los que ven qué están haciendo con la Cultura, amañando una ganadería de cejilleros que coree y glose sus falsas grandezas; ni puede legitimar al poder el trabajador, que ve cómo los sindicatos se cambian de bando y se sientan con los poderosos para repartirse sus sudores convertidos en ventajas; ni pueden legitimar al poder los estudiantes que luchan, sufren y se esfuerzan con denuedo para obtener un título que beneficie a su país y al género, cuando los modelos sociales y hasta los ministros pueden ser analfabetos, los Presidentes no tienen ni que saber idiomas o tener formación alguna, entretanto a ellos sólo les ofrecen un horizonte de degradación boloñesa, becas humillantes o un porvenir de mil euros mensuales…, si hay suertecilla.

Y mientras, “Oye, dile a Camps que me ponga en el Gobierno”, la cuerda sigue, y tendrán la desvergüenza de decirnos que tienen un patrimonio de 39 ó 69 mil euros después de toda una vida mamando del Erario y de haber dado a la nena una subvención para su empresa de diez millones, o un delirante alcalde puede gastar 600 millones que no son suyos para lucir su ego cósmico por esos corruptos mundos de Dios. ¡Tanto esforzado latrocinio para un patrimonio tan corto!... ¿Quién, por el amor de Dios, podría considerar legítima a esta tropa?... ¿Acaso los nombramientos obtenidos truculentamente a costa de mentiras, demagogias y promesas de baratillo podrían legitimar a esta autoridad?... Pero, en fin, hay que elegir entre lo que hay, y no entre lo bueno o lo malo. Sólo nos queda lo pésimo o lo peor, porque sabemos que el mal árbol jamás podrá dar buenos frutos. He aquí porque se protegen los derechos del criminal sobre la víctima, porqué se legisla a favor de la muerte, porque se veja la infancia haciendo legal la mayoría de edad sexual a los trece años o por qué quien no puede sacar un libro de una biblioteca pueda abortar, aun contra la opinión o el desconocimiento de sus padres, y por qué por más que los escándalos de la corrupción aneguen con sus miserias los diarios, si faltara con qué se enriquecieran sus señorías y excelencias, subirían los impuestos. ¿Autoridad?...: toda, como Nerón o como Calígula; ¿legitimdad?...: ¡ninguna!

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