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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

El periodista con un zapato en la recámara

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 21 de octubre de 2009, 06:00 h (CET)
A mí siempre me gustó el periodista que arrojó su par de zapatos a George Bush. Dicen que ahora está en Suiza y ha montado una fundación, no sé si para enseñar a arrojarlos o para vivir del cuento, que con esto de las fundaciones nunca se sabe. En todo caso creo que el suyo fue un gesto de dignidad que muchos deberíamos imitar. Eso sí, bajo cierto control.

Al menos bajo cierto control en España, somos un grupo de cuarenta y tantos
millones de Rinconetes y Cortadillos y más de uno hay capaz de arrojar los
zapatos... de otro, que siempre ha habido listillos. Incluso con el ingenio
agudizado por la crisis alguien acertará a montar una industria de retorno
de zapatos arrojados, de manera que cada par vuelva a su dueño por un módico
precio a estudiar. Y así el arrojamiento zapateril sería de nunca acabar. Lo
malo es si pagas y luego te pasa como a veces en las cintas de los
aeropuertos, que te quedas con cara de bobo mientras tu maleta aparece en
vaya usté a saber qué otro aeropuerto del mundo mundial.

Todos deberíamos viajar con un zapato en la recámara. Arrojar un zapato a la
cabeza de quien ha invadido tu país es una maniobra saludable. En general
arrojar zapatos debería ser considerado un derecho humano, verás cómo les
poníamos las pilas a nuestros políticos y de paso creábamos empleo entre el
ilustre gremio de zapateros. Imagínense a los de la mani contra el aborto
del otro día echando sus zapatos contra Doña Bibiana, la Barbie abortista.
Miren, sería una forma matemáticamente exacta de contar los asistentes.

Así que los españoles deberíamos ponernos a ello con prontitud, España
siempre se ha distinguido por la calidad de sus zapatos. A la porra Italia,
hombre, donde esté un buen par de mocasines hechos en Alicante o en La Rioja
que se quiten todos los trasalpinos.
Arrojar los zapatos a la cara de un político no debería ser considerado una
agresión, sobre todo si no alcanzaron su objetivo que era la ilustre
cocorota de George Walker Bush, sino una pacífica llamada de atención al
tunante de turno. Como mucho podría considerarse una falta de respeto,
siempre amparada por la libertad de expresión, que es lo que nos dicen los
jueces cada vez que dejan en libertad a los que queman banderas (sólo las de
los demás, claro) y retratos de Reyes. ¿Y por qué arrojar un zapato a la
cara no es un derecho a expresarse con libertad manifestando el desprecio
que alguien nos merece?
El periodista iraquí que se ha pasado varios meses en chirona es un bendito,
no contento con ejercer la segunda profesión más antigua del mundo luchó por
mantener su maltrecha dignidad de plumilla ofendido mostrándonos que se
puede ser periodista y llevar la cabeza bien alta aún en tiempos de crisis,
aún en tiempos de oprobio. Me gustaría seguir su ejemplo y arrojar mis
zapatos a la cara de más de uno, el problema es el precio al que se ha
puesto el calzado en plena época de dificultades económicas. No vivimos
tiempos en que se pueda tirar nada, todo hay que conservarlo lo mejor
posible, hacerlo durar, estirarlo y, si es factible, pasarlo en herencia al
hermano pequeño.
Todos los ciudadanos tenemos zapatos que conservar cuidadosamente, todos
tenemos la imperiosa necesidad de ahorrar, darle la vuelta al traje viejo y
seguir sonriendo como si no lloviera lo que nos está lloviendo. Hasta hemos
levantado el pie del acelerador para gastar menos. Sólo hay un español al
que no le importa gastarse el próximo año un 50% más de lo que va a
ingresar, al que no le importa lo más mínimo el precio de los zapatos. ¿Se
pensará quedar con los zapatos de todos los españoles?

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