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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Autor, escritor, opinador

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 19 de octubre de 2009, 09:05 h (CET)
Nada es más difícil que estar a sueldo por las opiniones y tener un criterio independiente. Son términos antitéticos, por más —o precisamente— que la sociedad mueva sus credos gracias a los think-tank que expanden sus ideas gracias a una legión de opinadores pagados con generosos estipendios. Una legión formada como un ejército disciplinado, con batallones especializados en cada óptica social o en cada segmento de la sociedad: los que moldean y aúnan el conservadurismo, la progresía o la indiferencia, por ejemplo. Sus ideas, en consecuencia, obedecen más a un interés pecuniario al servicio de otros intereses que a un afán de ser ecuánimes, son credos sometidos a un amo que sufraga sus lentejas.

El escritor es un artesano de la historieta, un entretenedor, una endorfina social. Tiene oficio, domina su arte de narrar historias que atrapan a los lectores, ya sea usando truculencias para retener su atención, ya sea promoviendo sus instintos o ya procurándole un entretenimiento de reafirmación en su modo de ser o sentir. Sin embargo es sólo eso, un oficio sin más aspiraciones que la fama y el dinero, que es decir la notoriedad de granjearse una vida cómoda llena de excesos, y, acaso, consagrarse como un divo dragoniano de mucha túnica y tutti fruti ideológico basado en la lógica difusa. Precisa de toda clase de público, y a toda clase de público trata de agradar o atraer hacia sus historietas, si es que no busca un nicho de mercado en el que un grupo dado de lectores le sostenga, procurando que quien no se identifique con este personaje o con esta novela, lo haga con el otro o la otra. Trata de agradar a todos o a ese grupo, en fin: a quien le sostiene, que es decir que vende su alma a Nosferatu. No crea: transforma su habilidad de narrador en dinero y fama. A diferencia del opinador, su amo es él mismo, aunque deposita su porvenir en los lectores, en los editores y su éxito se mide en rentabilidades.

El autor pertenece a otro orden, no sé si superior al del escritor o al del opinador, pero desde luego distinto. No quiere convencer a nadie de lo que ve, razona o coliga; no desea contar historias, sino que crea universos paralelos, usando la urdimbre de su obra como paradoja o parábola de un mensaje profundo con muchas lecturas a muchos niveles. No aspira al aplauso o a la fama o a la riqueza, sino a desarrollar su naturaleza de comprender el conjunto social o humano que observa, investiga y analiza, sobrevolándolo para tener una visión de conjunto y tratando de encontrar las claves de un prodigio que sobrepasa la propia condición humana. Es un creador que, a imagen del Creador en cuya Obra vivimos y nos desarrollamos, establece sus propios órdenes con sus propios personajes y sus propios escenarios, y procura hacerlo de un modo intemporal, eviterno, buscando el modelo ideal, el arquetipo de ese aspecto específico de la condición humana o social que disecciona. Esquematiza, que es decir que sintetiza lo inabarcable para hacerlo digestible al hombre de la calle, llevando lo inasible a una tesis, una antitesis y una síntesis comprensible por sus semejantes, aunque da por sentado que nunca sus lectores serán mayoritarios. Porque no busca la complacencia de nadie —aunque le gustaría tenerla—, no trata de agradar a nadie —le da lo mismo porque sólo desea ser el creador que es—, sino sólo de señalar a sus prójimos lo que ve o entiende desde la amplia perspectiva que tiene, razón por la cual rara vez desciende al detalle de lo prosaico o la noticia. La realidad del acto puntual no le importa sino como elemento de confrontación con sus ideas y con su obra, y le fatiga, le fatiga mucho, porque el detalle, el acto, es la antítesis de la perspectiva.

Sabe el autor que su obra rara vez será apreciada en su tiempo. Ningún autor de ninguna época fue profeta en su tierra. Sólo son, sin embargo, los autores, los que han proporcionado legitimidad a sus culturas, profundidad a sus civilizaciones y contenido a sus sociedades, por más que no hayan sido comprendidos en su tiempo y a menudo hayan sido perseguidos o desacreditados. También Dios es un gran incomprendido, sobre todo por nosotros, los propios personajes de su Obra.

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