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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Un oscuro Nóbel

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 18 de octubre de 2009, 08:11 h (CET)
Da un poco de pena, lamentablemente, constatar de forma continua cómo degenera nuestra sociedad, ahondando en el espectáculo friki que nos asola. Nada se salva, ni los Premios Nóbel, y para muestra vale este más que discutible nombramiento del Emperador Obama como Premio Nóbel de la Paz, que debe ser de la paz eterna para todos esos países en los que el Imperio asola, asesina y destruye tan a mansalva como impunemente, o esos otros escenarios —Latinoamérica— donde está preparando una nueva escabechina, sin olvidarnos, por supuesto, de ese Irán que tiene en la recámara de sus nuevas andaduras militaroides.

Ya pasó, sin embargo, con ese terrorista de la Haganá que fue Menahen Begín, y otros personajes de semejante jaez, así como se les ha otorgado el Premio Nóbel de Literatura a autores que con enorme dificultad y una proverbial falta de talento saben hacer la O con el culo de un vaso. Que son premios particularmente políticos orquestados por descerebrados sin luces y con los más oscuros intereses, a esta altura de la película no puede sino ser tristemente constatado. Ni los autores que han recibido el Nóbel lo merecían, pues que autores con enormemente más talento jamás han sido ni nominados, ni lo merecen estos matarifes a los que se les dan los laureles de la Paz, seguramente porque se cargaron a la paloma de la ídem y se los arrebataron.

Obama, en fin, será lo que sea, menos pacifista. Es el líder —teórico, que ni siquiera real— de la mayor y más criminal potencia militar del planeta, esa misma potencia que extinguió a los aborígenes de su tierra con una saña sin precedentes y encerró de por vida en yermos parajes a los sobrevivientes del genocidio, el mismo que desoló Latinoamérica reiteradamente a los largo de su Historia con reiteradas Operaciones Cóndor y el mismo que ni tuvo reparos morales en arrojar miles de millones de toneladas de bombas de fósforo blanco sobre poblaciones civiles indefensas ni de arrojar dos distintas bombas de distintos combustibles nucleares sobre Hiroshima y Nagashaki. Si Obama, como Presidente de los EEUU que es merece algo, sin duda es un buen juicio en Nüremberg, que también comienza por ene. Mientras todos esos genocidios no sean castigados y restañados por compensaciones en la medida apropiada, denostando a sus autores y dándoles el calificativo oficial que sus crímenes merecen, la única gloria de la que son acreedores los EEUU es la de ocupar el lugar de privilegio que les corresponde en lo más hondo del Infierno.

Obama, ya digo, será lo que sea, menos inocente. Es norteamericano, lo mismo que Bush, y nada ha hecho de ninguna manera en la dirección de la paz, ni para sí ni para sus semejantes, y tiene la bota de su poder militar sobre el cuello del resto del planeta. No es un ligero despropósito otorgar una condecoración a personaje semejante, sino una afrenta a los miles de millones de víctimas que ha producido esa horrible nación consagrada a la muerte y lo demoniaco. No en vano es Perséfone, la diosa de los Infiernos, la que corona el Capitolio de su muy masona ciudad de Washington. Así, no se premia a un marginal negrito con supuestas buenas intenciones —¿qué otra cosa más que huecas palabras ha pronunciado a favor de la paz este mediático bindundi?—, sino que se ensalza a un verdugo sobre las víctimas, a un opresor sobre los oprimidos y a un potencial genocida sobre los pueblos y las gentes que van a ser sometidas a su Imperio. A no ser, claro, que los Nóbel ya le pertenezcan como rey que es de este mundo, y del cual en breve es posible que se pronuncie como Dios.

Son extremadamente abundantes las informaciones que circulan por diversos mentideros que relacionan la sangre de este supuesto producto mediático con las sangres azules reales y económicas que dominan el mundo tangible, y no son pocas las que le vinculan a las organizaciones más negras —sin hablar racialmente— con los propósitos más oscuros. El tiempo dirá cuánto de todo esto es verdad y cuánto fantasía; pero de lo que no tengo ninguna duda es de que el desquicio de los suecos es tan enorme que no puede sino recibir la reprobación más visceral y sincera de cualquier hombre de bien. Es, sencillamente, inaceptable, intolerable e insultante.

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