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Etiquetas:   Artículo opinión  

El eje social

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 17 de octubre de 2009, 10:09 h (CET)
Como lector empedernido de eso que se ha dado en llamar literatura histórica o novela histórica, estoy por abandonar. Es malísima, torticera y manipulada, seguramente porque también para estos autores prima más el márquetin de consumo y la sociedad del espectáculo que nos concierne que la realidad o ficción histórica que refieren, sin querer comprender, acaso, que el eje del discurso social ha sido removido de sus cimientos y que no se puede comprender desde nuestra óptica simplista y absurda temas tan complejos como los que tratan.

Ahora le ha dado a la peña literaria por explotar el filón histórico-histérico en la estela de Dan Brown, Ken Follett y compañía, torciendo los reglones del pasado con palanquetas de márquetin norteamericanoide. Dios es un payaso, la religión un absurdo de maniacos, los héroes o tontos o magos, la realidad de la que hablan desquiciada, y los personajes de sus obras tan creíbles como tomar a señoras o señores del supermercado de ahí al lado y trasplantarlos en la Roma Clásica, en la Alejandría del siglo IV o en la Palestina del siglo I. Así, se están alumbrando horrores-errores del tipo de Ágora, El Ocho y pitufo-horteradas por el estilo. Para echarse a temblar, vaya. Así nos va, claro.

Algunos podrían pensar que son cosas de los tiempos, y tendrían razón. No en vano tenemos como glorias literarias a los petardos que arbolan y visten nuestros cielos culturales, especialmente maniqueos en la personalización de esos divos de cartón-piedra de los que no somos capaces de desprendernos ni a sol ni a sombra, como Goettes contemporáneos de chicha y nabo. El paisaje cultural no puede ser más desolador, aunque no lo es más que en cualquier otro capítulo social. Da la impresión de que nos hemos creído dioses al tiempo que nos estamos estrellando en nuestro planeador de éxito, demostrando que muchos aparentes fracasos son nuestras mejores joyas. Basta con ver que sabiendo tanto no tenemos ni idea de a qué dirección dirigirnos con nuestra sociedad, dejando bien patente que la mejor brújula humana es un enemigo encarnizado como Dios manda.

Lo que en realidad sucede es que el eje del discurso social ha cambiado. Antaño, lo tuvimos en la religión, y todo, tanto lo bueno como lo malo, se miraba a través de ese cristal; después, varió hacia el poder, y, tal cual, estuvimos otras cuantas centurias masacrándonos por un póngame allá ese reino; más tarde, varió el eje hacia la política de clases, y nos llevó unos cuantos siglos de sangrías, de rojos y azules, de progresistas y fachas, de dictaduras y repúblicas; y se cayó el telón de acero, y, hogaño, hemos tenido que centrarlo en la economía, que es ni más menos que convertirlo todo en artículo de consumo: la cultura, el arte, las noticias, la misma Historia y, cómo no, los personajes que adornan y gallan la sociedad. Una ventaja que nos ha desorientado, porque en una economía salvaje como la nuestra todos son aliados y todos enemigos, y, además, no hay lugar al que dirigirse porque todo está en acabamiento por sobreexplotación: la naturaleza, el medio que nos sostiene. El veneno, definitivamente, está en nuestro progreso.

Así, extraviados de nosotros mismos, nos enredamos a menudo en sórdidos discursos sobre el detalle, entretanto lo grueso del edificio se nos viene encima. Se habla del friki, pero es el sistema el que lo puso ahí, y no importa lo mal que lo haga, el que venga después será peor: un gobierno es siempre mejor que el siguiente, una crisis más suave que la que llega enjaretada, un conflicto menos exacerbado que el que llega a renglón seguido, y así con todo. Es el eje del discurso lo que ha cambiado. Si un romano clásico, un alejandrino o un prohombre del Siglo de Oro nos vieran, no pudieran creer lo que presenciarían, pensando que el mismo Lucifer reina y se pavonea en el mundo. Todo es corrupción, mangoneo, trampa: es el eje en el que nos encontramos. Y no sé si esto es mejor o peor lugar que aquellos en que se ubicaban los anteriores, sino, acaso, una de las edades del Hombre, esa criatura universal conformada por el género al completo, que ahora está en la tan osada como ignorante pubertad, todo él lleno de granos y pústulas. No sé si es malo, no; pero sí que ese efebo es tan osado como estúpido, y, sin comprender siquiera que está mutando, se atribuye el placer de subvertir su pasado, reinventándolo por capricho cual si todo el orden universal hubiera sido absurdo hasta su propio advenimiento. Y lo hace mal, claro, saliéndole no una obra maestra, sino un ridículo garabato que él ve, pese a todo, como un espléndido mapa del tesoro, alabándose por ello en estos tiempos sin moral ni decencia, sin sencillez ni humildad alguna. También los tiempos de la virtud pasaron, y ésta ya no es más que un objeto de crítica de los que analizan la sociedad a través del cristal de su rebuzno. El eje en el que nos encontramos, el cristal con el que miramos nuestra sociedad, desde luego no es el idóneo, basta con ver cómo nos hemos degradado y subvertido. Esperemos que la inmadurez de la pubertad pase pronto, recobremos el seso, se equilibren las hormonas que de monos nos han convertido en supuestos dioses, y podamos reemprender juntos y en armonía el camino del futuro, no importa en la dirección que sea si es que tiene oportunidades. Así, tal y como vamos, jamás llegaremos a ninguna parte, a no ser a la extinción por acabamiento.

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