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El anhelado premio

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
jueves, 15 de octubre de 2009, 10:16 h (CET)
Hicieron un desierto y le llamaron paz. Tácito.

La semana pasada amanecimos con la novedad de que el señor Obama recibió el premio Nobel de la Paz. Sensacional hallazgo éste de los sabios del comité, ya que incluso el galardonado se declaró “humildemente” sorprendido, lo cual habla de cómo los demás recibimos la noticia. Parece ser que los sabios consideraron las buenas intenciones expresadas por don Barak para aplicar el inconmensurable poderío norteamericano en la construcción de un nuevo Edén, propósito loable desde donde se le considere. Otras voces más autorizadas que la mía ya analizarán la cuestión desde la alta política. Yo me limito a solicitar que se me otorgue el Nobel de Literatura, pues si bien mi obra está lejos aún de la perfección, tengo todo el propósito de alcanzar la cima creativa en los próximos años y la presea y el dinero mucho me servirán en mis buenas intenciones. Mis lectores en Estocolmo estarán atentos a las reacciones que sin duda esta petición levantará en los círculos literarios del Comité.

Ya en tono más propio de un columnista, pienso que los políticos debieran estar vetados para recibir el premio de la paz, puesto que con más frecuencia que no representan la antítesis de ese propósito. Churchill era un guerrero que hirió de muerte a la raza aria nazi, pero fue reconocido por su extensa obra publicada y recibió el Nobel de literatura. Hagamos un repaso de algunos sospechosos comunes recipiendarios de la anhelada presea, norteamericanos todos como el recién laureado Obama, para constatar si tengo o no razón:
En 1906 fue Teodoro Roosevelt, uno de los más grandes racistas e imperialistas norteamericanos de los siglos XIX y XX, padre de la política del gran garrote, supremacista de corazón convencido del derecho divino de la raza blanca para someter a los morenos y negros -entre ellos, of course, a los mexicanos- cuyos escritos pudieron haber sido firmados al alimón con el llorado Johannes G. Strijdom y prologados por Joseph Conrad o Rudyard Kipling. Roosevelt renunció a la subsecretaría de la Armada para ir a matar españoles a Cuba –remember The Rough Riders- y como Presidente tiempo le faltó para pacificar a más países levantiscos. Eso sí, obtuvo un tierno sobrenombre: “Teddy”, como a la fecha se conoce a los adorables ositos de peluche. Quizá por ello el premio.
En 1912 correspondió a Root Elihu, a quien nadie recuerda ya, pero que tuvo entre sus méritos ser secretario de Guerra con McKinley, secretario de Estado y por lo tanto mano ejecutora de “Teddy”, ampliador de la academia naval de West Point y fundador del colegio de guerra de la Armada. Debió ser buen cristiano y amigo de los pobres, sin duda.
En 1919 tocó a Woodrow Wilson, el presidente intelectual –fue rector de Princeton y primer graduado del doctorado en ciencia política- quien ordenó la invasión de Veracruz porque odiaba a Huerta y quería salvar a los brownies de la dictadura. Debemos a su visión geopolítica –sumada a las de Lloyd George, Clemenceau y Orlando- la partición del mundo en las conferencias de París que llevó directamente a la segunda guerra mundial. Entre sus desplantes destaca que se negó a recibir a un luchador social vietnamita que se presentó en la legación norteamericana, levita y sombrero de copa alquilados, para pedir la ayuda del profesor en la lucha anti colonial de su tierra. ¿Su nombre? Ho Chi Minh. Well done, my boy!
En 1945 fue Cordell Hull el ganador, mejor recordado como el imperialista secretario de Estado del otro Roosevelt, Franklin, quien blandió su propio gran garrote contra Cuba primero, Lázaro Cárdenas después y un largo etcétera a continuación. De no haber sido por la radical oposición de Josephus Daniels y la poca simpatía que se tenían los petroleros y Franklin Delano, Hull no hubiera descansado hasta construir a punta de bayonetas en la costa del Golfo de México un “Estado asociado”, semejante a Puerto Rico, en territorio que afortunadamente sigue siendo de Veracruz y Tamaulipas. ¡El petróleo bien vale una misa!
En 1953, el comité pensó que sería adecuado reconocer al general George C. Marshall, el homónimo de aquel programa de cristiana y desinteresada ayuda a la destrozada Europa después de la segunda guerra mundial. Don George, militar de gran eficacia, se declaraba un poco sorprendido cuando se le atribuía a él la paternidad del “Plan Marshall”. Parece que entre los expertos del Departamento de Estado y los herederos de George Creel nació la feliz idea de que el plan, que tenía como propósito sólo el bienestar de la población, y jamás pretendió construir los mercados norteamericanos de la postguerra, se beneficiara del prestigio del militar que además fue Secretario de Estado. Ejemplar altruismo.
En 1973, el profesor Henry Kissinger fue el distinguido. ¿Cómo caracterizar a este personaje que fuera íntimo del íntegro y transparente Nixon y de quien Gore Vidal dijo que de no haber sido por su extraordinaria capacidad para el oportunismo hubiera terminado sus días empeñado en la redacción de “El hijo de Metternich”? Quien desee documentarse sobre sus méritos sólo tiene que revisar las grabaciones de Watergate para darse cuenta de la clase de rufián que fue galardonado.

¿Y qué decir del “bienintencionado” de Jimmy Carter? Tal vez que, como Obama, quería “echarle muchas ganas” y estaba en su mejor intención terminar de una vez y para siempre con el peligro nuclear que pende sobre la cabeza de la humanidad como una “Spangled Banner” de Damocles…

Dice Carlos Fuentes (Reforma, 8 de octubre) que el premio dará a Obama el espacio político y anímico para impulsar su programa de paz. Yo no soy nadie para discutir con Fuentes -cuya obra tengo en la más alta estima pese a su famosa sentencia de “Echeverría o el fascismo”- pero francamente debo expresar aquí y ahora mi disenso con el laureado escritor. Veamos qué rumbos toma la ocupación norteamericana de Irak.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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