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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Envejecimiento y gloria

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 15 de octubre de 2009, 06:30 h (CET)
Un anuncio de productos cosméticos dice. ‘Me permito el lujo de no aparentar mi edad’. Cinco mil millones de euros se han gastado en tratamientos antienvejecimiento las personas que quieren retrasar el proceso inevitable durante el año 2008. Está previsto que de aquí al 2012 se incremente el gasto más de un 12%. En cambio, las intervenciones de cirugía plástica, debido a los riesgos que las acompañan y que son más caras, han disminuido un 10%. A estos dispendios se le deben añadir los ocasionados por las cuotas de los gimnasios.

Gracias a la higiene, sanidad, alimentación y calidad de vida se ha alargado la esperanza de vida que se la quiere acompañar con el valor añadido del envejecimiento de aspecto juvenil. La esperanza de vivir más tiempo guapo y en buena forma física atrae cada año a nuevos adeptos que buscan, si no la juventud eterna, si alargar la vida lo más posible en buenas condiciones físicas. Conseguir este propósito puede que no sea una obsesión, pero sí un programa muy exigente. Dados los factores coincidentes actuales, por primera vez en la historia vivimos más años con un cuerpo confortable, creyéndonos responsables de nuestro envejecimiento con aspecto juvenil. Hemos de tener cuidado de nuestro envoltorio carnal, sí, pero con moderación y sentido común porque en la calidad de nuestro envejecimiento actúan factores que están lejos de nuestro alcance y que no podemos controlar. A veces, por más que uno lo desee no puede evitar una decrepitud anticipada.

Desde la antigüedad nos llega la recomendación de Juvenal: ‘Mente sana en cuerpo sano’. Se tiene que tener mucho cuidado a la hora de perseguir esta meta porque no siempre se posible alcanzarla y que uno debe de estar preparado para vivir con las limitaciones que la providencia divina nos conceda. Hemos de tener los ojos bien abiertos porque los gurús del envejecimiento juvenil llenan con sus obras de asesoramiento los estantes de nuestras librerías. No pasa día sin que un nuevo experto , médico o de marketing, no ensalce los méritos de un producto milagroso, sea un régimen revolucionario o una terapia radical. Este bombardeo constante puede muy bien hacernos creer a ciegas sus medias verdades y nos convirtamos en sus adeptos incondicionales que han abandonado la facultad crítica, para entregarse ciegamente a las instrucciones de los científicos del envejecimiento.

Desde siempre se ha deseado poner la belleza en lo alto del podio. La esperanza de vida conseguida por la providencia divina, gracias a los cambios en la manera de vivir y los progresos de la medicina, podemos aportar argumentos en defensa del envejecimiento con porte juvenil. Los sociólogos nos dicen que lo que más ha contribuido al boom de los productos cosméticos que alargan la apariencia juvenil ha sido el hundimientos de las creencias. Ni la religión, ni la política, ni los maestros bastan para dar sentido a la vida. No teniendo nada mejor que ayude a hacer frente a la adversidad, por cierto tan común, y que la vida puede alargarse más de lo que uno se pueda imaginar, el individuo se construye un destino, efímero, por cierto, dedicándose a dar forma a su cuerpo, a veces de manera chapucera. Invierte lo que tiene para estar a la altura de la esperanza que se ha forjado de salir triunfante, victorioso, autónomo y dueño de su destino. Uno no es insensible al desgaste de los años. La inmortalidad en buena forma debe buscarse por otro sendero.

El Dr. Fernand-Yves Loury, dice: “La medicina estética apunta no a rejuvenecer, sino a permitir envejecer mejor”. Este tipo de envejecimiento no se adquiere solamente con ’productos naturales’ y ejercicios físicos. Hay ancianos jóvenes con un marcado infantilismo mental. El buen ver externo debe ir acompañado de una ideología que tenga sentido y que garantice que la existencia no termina en la tumba ni en la incineradora, que el ser humano continua más allá del deceso con características nuevas.

El apóstol pablo afirma que el Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros. Teniendo presente que la resurrección corporal es una certeza, sigue diciendo: “ Por lo tanto, no desfallecemos, todo al contrario, aún que nuestro cuerpo exterior se va desgastando”, una manera de decir que se marchita debido al paso de los años y el envejecimiento. Por la fe en el Cristo resucitado, nos recuerda: “en los cielos tenemos un edificio de Dios, una casa no hecha con las manos, eterna”. Referencia clara a la resurrección del cuerpo. El cristiano que sabe con certeza lo que hay más allá de la muerte “gime deseando ser revestido de aquella nuestra habitación celestial”. Por esto espera con anhelo el día de la resurrección cuando su cuerpo mortal y corruptible será revestido de inmortalidad e incorrupción. Con el cuerpo glorificado y el alma redimida por Cristo disfrutando de una eternidad gloriosa y gozosa.

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