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¡Ay!, los parientes plebeyos de la realeza

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 15 de octubre de 2009, 06:16 h (CET)
Basta echar un vistazo a la vieja Europa, la de los grandes imperios y las monarquías absolutistas, que se prolongaron tantos siglos a lo largo de la Historia del viejo continente; para percatarse de que, la mayoría de ellas, han pasado a ser un recuerdo histórico; otras se mantienen, no como tales, sino como restos casi disecados de pasados esplendores y, las pocas que todavía conservan su “estatus”, han quedado constreñidas a meros símbolos descafeinados de poder y mando aunque, eso sí, conservando importantes patrimonios y gozando de importantes prebendas que a uno, en su calidad de ciudadano de a pie, le cuesta entender que todavía, en el Siglo XXI se puedan mantener estas anquilosadas instituciones, reducidas a simples marionetas de los respectivos gobiernos; sin otra función que actuar de figurones en las ceremonias oficiales, mensajeros sin poderes plenipotenciarios, visitadores de naciones extranjeras e imágenes inertes en las caras de las monedas.

En tal situación estimo que, lo menos que se les podría exigir a los monarcas es que, si han de servir de espejo donde la ciudadanía se mire para encontrar ejemplo en el comportamiento de sus reales personas; sería exigible, sin duda, que su conducta familiar fuera intachable; que siguieran sus tradiciones al pie de la letra y que mantuvieran sus costumbres, ritos, ceremonias y hábitos sucesorios dentro de lo que han sido, a través de la Historia, las formas, las servidumbres y los sacrificios que lleva anexo la responsabilidad de la Corona. Y esto nos lleva, ineludiblemente, a hablar de los matrimonios morganáticos que supongo que, hoy en día, se los calificaría, con la cursilería propia de todas aquellas personas colgadas de las revistas y programas televisivos unas veces llamados basura y otras “del corazón”, como matrimonios “por amor”; lo que, en muchas ocasiones y según las costumbres actualmente en uso, se traduce a lo que, según el sentido habitual que se le da al término “amor”– descabalgándolo de su aureola romántica, desmitificado de su sentido de entrega espiritual entre los amantes y desposeído del halo blanco de la pureza de los sentimientos –, a quedar reducido a un simple palabro vulgar, hortero y disonante, al que el vulgo gusta aplicarle el significado de: “follar”.

En España se podría decir que, en las personas de SS.MM los reyes la tradición real se ha mantenido dentro de sus justos límites, quedando perfeccionada la sucesión monárquica, si es que así se la puede denominar a la elipsis ejecutada por el general Franco al saltarse algunos peldaños de la estirpe monárquica para traerse al príncipe Juan Carlos, no sin la resistencia de su padre, don Juan, quien, hasta el último momento pretendió que la corona recayera sobre su egregia cabeza, con el matrimonio entre don Juan Carlos y doña Sofía princesa griega de noble cuna. Sin embargo, el derecho a los privilegios de la realeza ya se puede poner en tela de juicio si es que queremos descender por el árbol genealógico de la familia real, empezando por las infantas y acabando por el heredero de la corona. Estaría de ver si, el dispendio que le cuesta al Estado mantener a toda esta estirpe real que, como todos sabemos, es a costa de nuestros impuestos que, dicho de paso, cada vez se ocupan de dejarnos más esquilmados nuestros bolsillos; queda justificado a la vista de su comportamiento. Es evidente que, cuando las infantas y el príncipe heredero, perdónenme la expresión coloquial “quieren comer a dos carrillos” esta especie de acuerdo, esta entente cordiale entre la realeza y el pueblo español o, utilizando el román paladino; este do ut des por el que la familia real se compromete a seguir con sus tradiciones y se muestra al pueblo tal y como corresponde a su condición de monárquica, a costa de lo cual reciben el apoyo del pueblo y parte de su dinero para que vivan como “reyes” o, se rompe la baraja y cada cual a “su avío” como diría el bueno de Sancho Panza.

Es evidente que el matrimonio del príncipe de Asturias con doña Letizia Ortiz Rocasolano no entraba en la tradición de su familia, como tampoco entra esto de que el heredero de la corona se case por “amor” y no por concierto entre dos casas reales lo que, de paso, estrecha los lazos entre los países afectados, como sucedió en el caso de nuestros reyes que, sin duda, han acercado a España y Grecia con su maridaje. Y no es que, la dificultad del matrimonio morganático, esté especialmente centrada entre los actores principales, el príncipe y la plebeya, sino porque entraña una serie de lazos inevitables entre la realeza y la familia, no deseada y, no obstante, admitida a la fuerza, que, en la mayoría de las ocasiones, se traduce en que se produzcan situaciones comprometidas que, por mucho que se quiera evitar, acaban por afectar a la familia real. Por ejemplo el suicidio de la hermana de doña Leticia que, por supuesto nada tenía que ver con su hermana la princesa ni con su cuñado, el Príncipe, pero a nadie se le oculta que produjo una situación harto embarazosa para los Reyes. Tampoco casa muy bien con la familia real el hecho de que el padre de la princesa estuviera divorciado, la madre apareciera con excesivo desparpajo y familiaridad en su trato con sus consuegros y las imágenes del el abuelo taxista, por muy tiernas que puedan resultar para aquellos que alaban la campechanía del príncipe heredero; pero es obvio que no dejan de tener su componente de vulgaridad e incomodidad.

Lo más alarmante es que ya empiecen a aparecer algunos ramalazos peligrosos para lo que pudiera entenderse como la pureza de la imagen de la Monarquía. Empezando por el divorcio de doña Elena; el comportamiento evidentemente interesado y rácano de don Jaime de Marichalar y la rápida transformación de la infanta Elena a la que quizá se la ve excesivamente tirada “pa lante”, vulgarizan, si se me permite la expresión, a unas personas que por su abolengo debieran de permanecer ajenas a todas estas cuestiones más propias del común de los mortales. Es obvio que una hermana de la princesa tiene tanto derecho como otra persona a trabajar y, si es que tiene condiciones para ello, que ocupe un buen empleo, pero es inevitable que, si quien la contrata es la Generalitat catalana ( un partido evidentemente de izquierdas) y le otorga un sustancioso sueldo, se produzcan susceptibilidades entre las personas que optaban al mismo puesto y que pueden pensar que, una designación a dedo, para un cargo que probablemente hubiera debido salir a concurso, no ha sido más que debido a influencias de la Casa Real. No obstante, cuando lo anecdótico ya alcanza la categoría de folletinesco es la alianza establecida entre Tita Cervera –esta señora multimillonaria gracias al señor Thyssen que la encumbró a lo más alto de la sociedad, sin más merito para ello que haber sido miss Mundo, con una tía de la princesa Leticia, para poner un negocio a medias, seguramente lucrativo, sin duda curioso, de moda y, por añadidura, anticonceptivo; con lo que tiene todos los números para tener éxito entre la gente joven. Doña Henar Ortiz no ha tenido ningún remilgo en poner su granito de arena para coadyuvar, de alguna forma, con la causa del control de la natalidad, entrando en el negocio de la sexualidad de la mano de Tita Cervera, con la que han convenido un joint venture para enfrentarse a la recesión recordando el conocido lema de “póntelo, pónselo”, evitando que, en España, la demografía se dispare y los embarazos hagan estragos entre la juventud. Lo que ocurre es que, tal oficio, siempre se había considerado de alcahuetas y, aunque ahora se vendan decorados también en las farmacias, no resulta muy propio, bien visto ni oportuno, que sea ejercido por una tía de la que, un día, va a ser reina de España. O, al menos, así me lo parece.

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