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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Mejor no conocer el rubor

Marino Iglesias Pidal
Redacción
jueves, 15 de octubre de 2009, 03:48 h (CET)
La reflexión la hace el viejo mientras contempla al otro viejo.

Baja por un tramo de la rampa que conduce a la planta baja del centro comercial. Las palabras que, para él, se hacen cada vez más audibles y la actitud de quienes las pronuncian vuelven más lentos sus pasos. Se siente atraído por la escena.

Un jubilado - las más de las veces son fáciles de identificar -, de escasa, por su tamaño, presencia física, le habla de forma persuasiva, con un leve trasfondo de súplica, a una veinteañera procedente – también muy identificables – de algún país del este de Europa, embutida en unos vaqueros y una camiseta que contornean perfectamente su figura de escaparate.

.- … bueno, podemos hacer la llamada desde allí si tú quieres.

La respuesta de la muchacha se pierde en la niebla de un refunfuño.

El hombre sigue ofertante y la muchacha refunfuñante. Hasta que llega un momento en que el viejo pierde el control de sus nervios mientras trata de mantener, se ve que a duras penas, el de su voz.

.- ¡Tú lo que quieres es que te compre el móvil! ¡Caprichosa! Porque eres una caprichosa, y si no se te cumplen los caprichos…

Se separan, él rampa abajo, ella rampa arriba. Pero el jubilado no da más de tres pasos antes de cambiar de dirección para seguirla suplicante. Dueña altiva que no condesciende al lastimero llamado de su perrito faldero, y financiero.

Un “hum” marca el inicio de la reflexión de nuestro viejo que observa. Cabecea ligeramente mientras especula sobre cuan diferentes pueden ser las fuentes del placer de las que un apareamiento puede beber. Considera imposible la compra de una emoción e incomprensible la “disposición” sin compartir ilusión. Sin embargo, a través de la historia, el ser humano ha venido disfrutando del objeto de su deseo, sometiéndolo, quizá, mediante la presa de una dentellada mantenida en el cuello o, en la actualidad, siguiendo alguna táctica no punible, como puede ser la de obsequiar un teléfono móvil.

Bueno, si así son capaces de enviar la sangre a rellenar el remate de la entrepierna, qué bien para ellos, lo tienen fácil, pues diera la impresión de que hasta la propia dignidad ha quedado obsoleta y en el espejo nada reclama la geta.

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