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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Premiar la paz en el frente nacional

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 13 de octubre de 2009, 07:30 h (CET)
WASHINGTON - Es un signo de los raros tiempos políticos que corren que la concesión del Premio Nobel de la Paz al Presidente Obama probablemente le acabe perjudicando entre algunos de sus conciudadanos.

Sus detractores describen el premio como prematuro. El problema subyacente es que el Nobel va a servir para hacer hincapié en el extremo al que Obama es una figura cosmopolita, muy querida en las capitales europeas porque es el cambio que vienen buscando.

La mayoría de los estadounidenses probablemente estén contentos de tener un líder que gana la aclamación de todo el mundo. Pero, paradójicamente, la decisión tomada en Oslo de distinguir las intenciones pacifistas de Obama puede dificultarle la reconciliación de un estamento político aquejado durante años de enfrentamientos ideológicos, animosidad partidista y fundamentalismo.

El esfuerzo para comprender de dónde sale el odio a Obama ha sido una de las pocas áreas de crecimiento de la economía estadounidense.

No hay duda de que parte de la rabia es alimentada por el sentimiento racial, lo que no equivale a decir que (BEG ITAL)toda(END ITAL) oposición a Obama se explique por el racismo. La mayoría de los detractores de Obama son Republicanos conservadores que simplemente no están de acuerdo con él. Pero hay demasiados signos racistas en los mítines y las declaraciones abiertamente raciales en los pantanos de la prensa de derechas para negar que el racismo es parte de la mezcla anti-Obama.

Obama no puede hacer mucho con respecto a aquellos en su contra a causa de su raza. Ni siquiera un paro del 1 por ciento haría cambiar de opinión a las mentes más asustadas por los prejuicios. Pero hay una segunda capa de oposición furiosa a la que Obama tiene que prestar más atención. Se trata de la ira real de los que se sentían desplazados en nuestra economía, incluso antes de la gran recesión, y ahora están teniendo aún más problemas.

Estos americanos son despreciados a veces como "hombres blancos enfurecidos." Al analizar el sentimiento anti-Obama, los tertulianos han pasado a hurgar en el trabajo del historiador Richard Hofstadter durante las décadas de los 50 y 60, centrándose en su teoría de que la "ansiedad situacional" ayuda a explicar el auge de los movimientos de extrema derecha. La idea es que el extremismo se apodera de los grupos que sienten que su "posición" se ve amenazada por nuevos grupos en ascenso en la sociedad.

El problema de la teoría de la “ansiedad situacional” es que se centra en sentimientos y psicología, cayendo fácilmente por tanto en la condescendencia. Esto implica que las víctimas de la ansiedad de posición deberían trabajar por aceptar su nueva situación, y resta importancia a la idea de que podría haber algo real por lo que enfadarse.

De hecho, muchos de los que ahora sienten rabia tienen razones legítimas para ello, incluso si ni Obama ni el gran gobierno son los verdaderos culpables. Las cifras de paro de septiembre cuentan la historia en términos generales: Entre los varones de más de 20 años, el desempleo fue del 10,3 por ciento; entre las mujeres, la tasa fue del 7,8 por ciento.

Los varones de renta modesta, en especial aquellos que no tienen licenciaturas, se han llevado la peor parte del cambio económico alimentado tanto por la globalización como por la transformación tecnológica. Antes incluso de la recesión, el declive en la cifra de empleos de elevada remuneración en el sector manufacturero castigó los ingresos de este grupo de americanos. El problema en la industria de la construcción desde que comenzó la desaceleración ha agravado el problema.

Esto no es un problema exclusivamente estadounidense. La semana pasada, me reuní con la primer ministro de Australia en funciones, Julia Gillard, que visitaba Washington para pronunciar una conferencia sobre educación. Aunque Gillard evitó hacer declaraciones diplomáticamente acerca de la política americana, me dijo que lo que está pasando aquí le recuerda a la llegada de Pauline Hanson, una figura política que causó sensación en la política australiana durante la década de los 90 creando One Nation, un partido político xenófobo y proteccionista teñido de racismo.

Gillard, un líder del centro-izquierda del Partido Laborista de Australia, sostiene que el elevado desempleo, especialmente el desplazamiento de los hombres que ocupaban antes puestos de elevada retribución, ayudó a desatar el Hansonismo y "la política del hombre corriente contra estas élites, la élite de óperas y café de lujo".

El Hansonismo se derrumbó, en parte porque la economía australiana creció. Gillard sostuvo que la clave para combatir la política de la ira es reconocer que es impulsada por "problemas reales" y no sentimientos básicos exclusivamente.

Sin duda, algunos de los que desprecian a Obama verán a los jueces de Noruega como parte de esa élite superficial y volverán en contra su estima al presidente. Él no puede hacer mucho al respecto. Lo que puede hacer - y tal vez entonces se merezca el equivalente nacional de un premio de la paz - es llegar a los hombres blancos enojados mediante políticas que respondan a sus quejas, y hacerlo entendiendo que lo que les importan no es la posición sino simplemente una oportunidad de volver a tener una vida decente.

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