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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Agradecimiento por los favores a recibir

Jim Hoagland
Jim Hoagland
domingo, 11 de octubre de 2009, 22:44 h (CET)
WASHINGTON - ¿De una pieza ante la noticia de la distinción del Presidente Obama con el premio Nobel de la Paz? Póngase a la cola. Puede achacarlo al carácter nacional de mi patria ancestral.

Los noruegos han pasado siglos refutando la fama de ansia de conquista y aventura de los vikingos. Pero nunca se la han sacado por completo de encima. El resultado es una nación de idealistas con buenas intenciones que no pueden resistirse a la tentación de entrometerse siempre que puedan insistir en que todo es por una buena causa. ¿Entorno a la medida para un columnista, murmura usted? ¿O para un comité que dice a los estadounidenses lo mucho que deben honrar y apoyar a su nuevo presidente?

Mis compatriotas de varias generaciones atrás distinguen con este galardón a un presidente estadounidense en su primer año en el cargo como entrada de los acuerdos de paz que vengan, para fomentar discursos aún más ilustres y votaciones en Naciones Unidas a favor del multilateralismo. Los miembros del comité del premio están aplicando la definición de la gratitud como expresión de agradecimiento a los favores pendientes que con frecuencia se atribuye a Winston Churchill.

Pero se olvidan, a nuestra costa, de la doctrina de las consecuencias imprevistas. Están distinguiendo con el premio a una Casa Blanca que controla al milímetro las percepciones y las imágenes de los momentos decisivos, y a una nación norteamericana mucho más pragmática de lo que los noruegos están dando por sentado. Este Nobel de lo prematuro bien puede facultar a Obama, un calculador centrista escorado a la izquierda, para volverse aún más contundente en sus obras mientras prolonga su compromiso retórico con un mundo pacífico y desnuclearizado. Véase Afganistán, Guantánamo, la entrega de presos, etc., etc.

Y no puedo evitar preguntarme lo que piensa el distinguido ganador del Nobel en 1989, Su Santidad el decimocuarto Dalai Lama, de lo oportuno de que se conceda el premio a Obama en la misma semana en que el presidente cancelaba la recepción al líder espiritual tibetano por temor a ofender a la dictadura china. Ya metidos en harina, me pregunto lo que estará diciendo Bill Clinton, que sí recibió al Dalai Lama mientras negociaba con China, acerca de un Nobel otorgado a las intenciones en lugar de a la clase de trabajo duro que Clinton puso en marcha en el norte de Irlanda, Haití, los Balcanes u Oriente Medio. Pensándolo bien, probablemente no queramos saberlo.

También tendrá la consecuencia imprevista de generar resentimiento o envidia entre los homólogos mundiales de Obama -- en Europa en particular, donde el presidente de los Estados Unidos ya se ha forjado una reputación de manifestar indiferencia o arrogancia personal hacia algunos de sus colegas más relevantes. Ellos van a cuestionar el efecto ego-inflacionario de esta noticia.

La relación cada vez más tensa de Obama con el Presidente Nicolás Sarkozy ocupaba no hace mucho los titulares en Francia después de que los dos se enfrentaran a cuenta de Irán en las Naciones Unidas, el santuario del adorado multilateralismo de Noruega. La prensa británica ha exagerado lo que se describía como el rechazo hacia Gordon Brown durante las cumbres del G-20 y la ONU.

La oficina del Primer Ministro supuestamente habría tenido que solicitarlo en cinco ocasiones antes de que Obama accediera a regañadientes a recibir a Brown, de quien se espera de manera mayoritaria que sea relevado de su cargo el próximo año. No faltan simpatías en el Despacho Oval de Obama por los políticos en horas bajas.

Muy bien. Pero gran parte del resentimiento emergente en las cancillerías europeas tiene que ver con algo que se puede solucionar fácilmente: la frustración cada vez más acusada motivada porque los ayudantes de Obama se apresuran a poner al presidente en el centro de atención en detrimento de los demás líderes nacionales, y ofrecen interpretaciones engañosas de sucesos importantes con el fin de mejorar la imagen de su superior. Por ejemplo los comunicados de prensa estadounidenses del "acuerdo" de Ginebra con Irán para enriquecer uranio en el extranjero, que los funcionarios europeos describen como poco más que cierta disposición iraní a hablar de la idea en algún momento del futuro.

En Alemania, Obama es criticado por descuidar este vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. Va a saltarse la ceremonia del 9 de noviembre en Berlín, y no aprovechó la oportunidad de hacer escala en Berlín para participar en los actos del Día de la Unificación mientras se desplazaba al vecino Copenhague con el fin de potenciar la apuesta de Chicago de cara a las Olimpiadas. Ahora podrá encontrar tiempo para viajar hasta Oslo a celebrar, bueno, celebrarse a sí mismo.

El comité del Nobel de la paz sí entiende las cosas (Kofi Annan, Nelson Mandela y F.W. de Klerk, Desmond Tutu, Lech Walesa, Elie Wiesel y esperemos que algún día un Barack Obama con más méritos) en la misma medida que se equivoca (Frank B. Kellogg y Aristide Briand por su intención de prohibir la guerra poco más de una década antes de la Segunda Guerra Mundial). Con la experiencia es como se aprende.

Estos vikingos políticamente correctos pueden haber dado a Obama no el espaldarazo a la grandeza que pretendían, sino un lastre paralizante - si él y su gabinete se toman demasiado en serio el premio. Ésta es después de todo una Casa Blanca que sigue haciendo campaña y que toma parte en una continua gestión Obamocéntrica de la imagen.

En última instancia, la dura realidad se impone a un control de la imagen tan egocéntrico. En última instancia, la percepción se termina haciendo cargo de administraciones tan obsesionadas con la imagen, con premios Nobel o sin ellos.

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