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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

El mosquito zumbón de la polémica

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 10 de octubre de 2009, 00:00 h (CET)
Nos dice la joven escritora Belén Boville Luca de Tena en una página web sobre el ruido: “Tu oído es único / para escuchar el murmullo del agua, / la música de las flores, /el canto de un pájaro, / y las voces de las personas que amas. / Cuídalo / para que siempre puedas oír el viento.”

En una sociedad basada en la imagen, el oído es uno de los sentidos que se presta a lo bucólico, a lo romántico pero que siempre lleva las de perder y, sin embargo, tiene una importancia capital en tanto a través del oído recibimos millones de mensajes agradables o desagradables que nos pueden alegrar o amargar la vida.

Cuando el buen o mal sonido o mensaje se transforma en ruido, molesta, y ya no importa la libertad del mensajero, si la molestia se realiza a deshora como las juergas nocturnas, las concentraciones de jóvenes divirtiéndose y tomando alcohol en “botellódromos”. Sin entrar en si eso es legal o ilegal, y al margen de que los menores adolescentes lo tengan prohibido, salta la polémica de qué se puede hacer para evitar que decenas o centenares de jóvenes impidan dormir a los vecinos del barrio elegido para divertirse o dejen de ensuciar cerca de viviendas, tiendas y comercios.

A más de uno se le habrá ocurrido lanzar al ruidoso grupo un buen cubo de agua por el balcón cuando estás en esa fase Rem del sueño e intentando pasar a la fase Ram y te molestan con risotadas, gritos y alaridos de jóvenes alegres, dicharacheros y borrachos que impiden conciliar el sueño a personas que posiblemente en su mayoría deben trabajar al día siguiente.
Pues olvídense del agua, hay un nuevo método, la tecnología del sonido tiene la solución. Se ha ideado un aparato, una caja metálica, que emite sonidos ultrasónicos entre 16,5 y 17,5 kilohercios, con 85 decibelios y que desde unos 20 metros de distancia emite un altavoz, protegido a modo de pedradas, capaz de emitir un zumbido insoportable que se acrecienta mientras estás cerca de la zona donde se emite, y finalmente los jóvenes se marchan. A este método en cuestión se le llama el “mosquito”, aunque los expertos que lo conocen dicen que en lo desagradable más se parece a los chillidos emitidos por un cerdo cuando lo sacrifican en la matanza. La particularidad que tiene el sistema del mosquito molesto y disuasorio de poder estar por ejemplo, haciendo botellón, como actividad antisocial en el vecindario, es que sólo es escuchado por personas de aproximadamente 25 años.
Lo primero que podemos pensar es qué ocurre entonces con los niños que permanezcan o habiten en el lugar, pueden estar durmiendo y, por supuesto, pueden haber otros jóvenes, menores o no, que duerman en el barrio asaltado por los molestos “botelloneros” y por los repelentes ultrasonidos, que tampoco podrían descansar.

Este sistema es pionero en A Coruña y ya ha sido instalado en Reino Unido en más de 3000 lugares, con una buena acogida para unos y con la consiguiente polémica y rechazo para otros. Los unos son los comerciantes que notan cómo sus negocios están mejor cuidados, y sus barrios protegidos y de mejor aspecto, pero también les tachan de hipócritas al vender alcohol y luego impedir que se lo beban de manera molesta cerca de sus tiendas. Los otros son los que protestan en toda Europa alegando inconstitucionalidad, y se posicionan en defensa del menor, incluso del que participa en los botellones, como por ejemplo, los representantes del Comisionado para la Infancia que alegan que los molestos sonidos no discriminan a niños, adolescentes y jóvenes del botellón o no botellón.

La sociedad, las leyes y la tecnología caminan a ritmos tan diferentes que permiten que se den estos desajustes sociales y legales ante conductas antisociales. Por supuesto no todo lo que circula es delito pero se puede inmiscuir en los límites de la libertad del ser humano.

La polémica está servida. Hoy son los jóvenes, mañana pueden ser los de color, pasado mañana los pobres, y después usted o yo, como decía el poema. ¡Pero qué no inventará el ser humano!

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