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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los del meñique almidonado

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 8 de octubre de 2009, 22:59 h (CET)
Debe ser un efecto secundario del poder, pero es que llegar cualquier garrulo cualquiera a un cargo público y almidonársele el meñique, oiga usted, es todo uno y lo mismo. Como que se vuelven finolis, exquisitos, y entre parte y reparte, como que se quedan con la mejor parte y piden cochecitos comisioneros con asientos de cuero por los favores otorgados a los pillos, no se bajan del cochazo ni para ir a comprar la prensa y se ungen de un verbo amanerado que esconde una soberbia por arrobas, de ésas que dan asco.

Quien más, quien menos, siempre se conoce a algún político meritorio de los que llegan a la cosa pública por elección directa o por designación truculenta del partido, y sabe que al arribar al despacho de mucha pompa y manera se les estira el meñique porque han ascendido al Olimpo y ya pueden derrochar sin límite a costa del Erario, mirar por encima del hombro a los demás mortales, sus servidores, y comenzar a trucar sus gestiones para cambiar favores por cochecitos de marca alemana, o por dinerito oscurito, de ése que es más bien negro, o por chalecitos con cuatro piscinas, o por trajes de mucho empaque, o por chicas de carne salada, o por niños mamíferos de mucho morbo (es legal desde los trece años, si consienten), o por colocar al nene o la nena en un puestecito de ochenta a cien mil euros al año, o por subvenciones autonómicas de diez millones de euros, y cosas por el estilo.

Promueve un poquitín la náusea, lo digo con franqueza, saber públicamente lo que todos sabemos en privado, cómo se untan las guardas, cómo los guardianes saquean el Estado, cómo se amañan fortunas, obras, licencias, licitaciones, compras, ventas, efemérides culturales y olímpicas, cejillas y cejilleros, cine, dragones diveros, premios, nombramientos eméritos, puestos en las academias... Todo, todo es trampa, todo está en manos de corruptos que engañan a las cándidas masas para que les voten. Tienen salero. Tienen lo que hay que tener: buena presencia para esta sociedad del ridículo espectáculo, farragoso verbo capaz de defender una postura y su contraria, maquillaje Portland a tutiplén para ocultar posibles vestigios de rubor cuando largan, y un dedito meñique listo para almidonarse, para quedar bien tiesecito cuando toman el café de la mañana, señalando con mucho estilo y más pluma al infinito al que aspiran en base a trampas y más trampas.

No digo yo que la culpa la tiene la democracia, pero lo digo. Vendrán los jueces y los fiscales, a sueldo de favores anteriores o posteriores para sus carreras o sus proles, y dirán lo que digan y harán lo que hagan, pero las aguas del río Pactolus ya se secaron y no llegará hasta él la sangre, o tal vez se desbordaron y ya son capaces de lavar los pecados de esta sociedad que está anegada de mugre hasta las cachas. No hay más que ver que quienes encabezaron el mayor y más grande latrocinio generalizado de España, ahora son los que, aun con su dedito meñique también almidonado, señalan acusadoramente a los que se han almidonado el dedito, e incluso se postula a Presidente de Europa el adalid de los almidoneros. Los beneficios de Portland con sus maquillajes son tales que ya se están planteando acudir a la bolsa no como compañía cementera, sin cosmética.

En fin, que no le echo la culpa a la democracia, pero se la echo. Estos desorientados de verbo giraldino, estas conciencias veléticas del interés espurio, nos están liando a todos en un maremagno que no hay quien se aclare ni queda en quién confiar. Alguna consecuencia había de tener que tenga el mismo valor —con los desvaríos del orate de D´Hont— el voto de un asno o el de un delincuente que el de un sabio. Ya decía Goëbbels que cuando se habla para una masa se debe hacer para el más tonto, y la tontería de sus discursos han calado tan hondo que ya no nos asombramos de sus participios pasados primos hermanos de bacalao y Bilbao, ni de la planicie desoladora de sus circunvoluciones cerebrales, ni de lo liberticida de sus actos legislativos: todo acto esconde algo. Gracias a todo eso, a esa manejable masa que vende el voto por promesas —que luego no se pagan—, que cree que los pájaros maman, que las vacas vuelan y que los políticos son honestos, nos va como nos va, tenemos los gobiernos nacionales y locales que tenemos -ministros sin bachillerato, pacifistas en Defensa, discriminadores inconstitucionales, proabortistas del futuro, empresarias del espectáculo repartiendo subvenciones a los colegas, etcétera-, y, entre escándalo y escándalo, en la intimidad de los despachos de la trastienda pública, se lavan unos corruptos a otros sus faltas, se reparten la tostada y todo queda tan limpito y esplendoroso que sin duda les dará gusto a los cándidos que los votaron. Total, como son cifras que no entienden... ¿Qué sabrá Juan Pueblo lo que son 600 millones de euros para lucir palmito en las pasarelas olímpicas, si tiene un salario por debajo de los mil euros o está en el desempleo?...

Y así vamos, Historia adelante, cada cual político haciendo su trampa, ya sea en despachos o en partidas de caza, en restaurantes de muchos tenedores o en los pasillos de la Institución. O por el móvil: "Oye, dile a Camps que me ponga en el Gobierno." Nos escandalizamos por el escándalo de hoy, e incluso por el de ayer que fue descubierto —rara vez condenado—, pero sabiendo que el grueso pelotón de los corruptos que nos saquean y degradan jamás visitará una sala de juicios porque tiene a otros coleguis bien situados en la cosa pública y hay camaradería -todos tienen secretitos a gritos-, y que, cuando amainen los titulares, todos ellos juntos y en comandita se tomarán un cafelito en un local de mucho postín, mientras unos se señalan a los otros con su dedito almidonado. Lo mismito que aquellos marcianos de V, pero a lo español, que tampoco somos mancos (de meñiques).

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