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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los taurinos y sus argumentos desesperados

Julio Ortega Fraile
Redacción
miércoles, 7 de octubre de 2009, 01:28 h (CET)
Supongo que el Sr. Jiménez Losantos, es una de las pocas personas ante las que se puede tener la desfachatez de erigirse en defensor de la libertad y de proclamar el respeto como un valor necesario, mientras ambas poses sirven realmente para justificar la tortura prolongada de un ser vivo y su posterior asesinato a manos de los hombres, en un alarde abyecto de hipocresía y de cinismo.

¿Cabe mayor atentado contra los derechos fundamentales de terceros y una muestra más flagrante de falta de consideración que disfrutar con el sufrimiento ajeno, que convertir la agonía de una criatura desprotegida en un negocio miserable y que enfrentarse de forma airada a los que expresan su repulsa por esa conducta violenta, abusiva y cargada de sadismo?. Dar lecciones de ética cuando se tienen las manos manchadas de sangre es muy ruin, y también suficiente para valorar la verdadera naturaleza del farisaico moralista.

El Sr. Alberto Taurel, responsable de la Tertulia Taurina del Hotel Diplomatic, cree que la ILP Catalana - refrendada por casi cuatro veces las firmas necesarias para ser admitida a trámite de votación - esconde una carencia de sentido común, puesto que pretende la abolición de la tauromaquia en Cataluña. Así de ofensiva para la inteligencia y la sensibilidad es la hipótesis formulada por este erudito en el martirio institucionalizado durante una entrevista realizada por el conocido Periodista, otro partidario de la España de sables, peinetas y pasodobles.

Respeto, Libertad y Sentido Común… Se hace duro tener que explicar todavía cómo los tres conceptos son incompatibles con el hecho de someter a un animal a repetidas situaciones de padecimiento, todo ello como parte de un proceso de selección y de adecuación antes del acto final y definitivo colmado de vileza: veinte minutos de infligirle un dolor espantoso a toro para como colofón, procurarle una muerte lenta y atroz.

Dice el Sr. Taurel estar preparando como réplica a la Iniciativa Catalana un Manifiesto por la Libertad. Seguramente habrá que leerlo conteniendo las lágrimas y las arcadas, porque para defender el sufrimiento gratuito de un animal a través de la palabra, el único modo de hacerlo es articulando frases repletas de mentiras, de despropósitos y de aberraciones de la razón y de la ética. Por otra parte nada nuevo en la tauromaquia.

Este individuo tan obsesionado en perpetuar uno de los mayores motivos que tenemos para avergonzarnos los españoles, tal y como se demuestra que está ocurriendo, ha encontrado un aliado muy particular en su detestable cruzada: el Diario estadounidense New York Times, que achaca a razones políticas la ILP afirmando que su verdadera intención es alimentar el espíritu del separatismo. Y quizás sea cierto, pues persigue “separarnos” de tradiciones instaladas en las sombras de la brutalidad humana y muy alejadas por lo tanto de las supuestas luces del hombre moderno.

Tal vez estos periodistas de la Tierra en la que se siguen celebrando los rodeos, un espectáculo cruel que por cierto pretenden que importemos en España, deberían de saber que para empezar, casi la mitad de los promotores de la Iniciativa no son catalanes, lo que ya demuestra la poca credibilidad de tan manido y torticero argumento que sólo busca desprestigiar este logro trascendental, y quiere hacerlo porque saben que va a recibir el apoyo necesario para salir adelante.

Por otra parte, habría que buscar entonces pretensiones similares en la prohibición, hace ya una década, de las corridas de toros en las Islas Canarias, porque si se atreven a degenerar la sensatez convirtiendo el resultado de tal depravación en un instrumento al servicio del egoísmo, que tengan al menos la decencia – ya lo sé, es pedirles demasiado – de presentar los hechos sin tergiversarlos a su conveniencia.

El movimiento animalista es el resultado inevitable de la cada vez mayor información sobre unos asuntos tradicionalmente sumidos en el oscurantismo, y también la consecuencia de un nivel educativo creciente en los ciudadanos, lo que desemboca en una sensibilidad efectiva sobre esta tragedia que se traduce en la extensión de un compromiso activo por erradicar costumbres tan bárbaras e imposibles de justificar a día de hoy.

La ILP es simplemente lo que el progreso trae indefectiblemente de la mano, y no una estrategia para alimentar intereses políticos de cualquier índole. Querer confundir a la Sociedad y tratar de predisponerla en contra de lo que cerca de un ochenta por ciento de los españoles, y no digo catalanes, digo españoles, desean, que es la abolición de la tauromaquia, es un comportamiento muy rastrero e indigno, que sólo puede merecer la repulsa colectiva por intentar mantener a los hombre y a los animales irracionales, esclavos de costumbres tan salvajes.

Llega el citado Periódico al sinsentido de indicar que esta pretensión es “síntoma de una cultura insegura”. Un medio de comunicación con tanta influencia en la formación de la opinión de sus lectores, debería de mostrar un poco más de coherencia y de rigor, porque no hace ningún favor a su obligación de respetar la verdad, si afirma que torturar animales es indicio de una cultura adecuada y acreedora de ser transmitida a los niños, acusando por lo tanto de incivilizados a los que no admitimos que se siga considerando el maltrato como una seña de identidad y proporcionándole respaldo desde la Administración.

Supongo que el conglomerado taurino de nuestro País considera la proximidad de la cordura, al menos parcial, como una amenaza tanto para sus intereses materiales, como para esa necesidad casi enfermiza que tienen de someter a los toros a una angustia tan intensa y de consecuencias mortales, para afianzarse en lo que ellos denominan como una actividad enriquecedora y que califican de mayoritariamente aceptada.

Mienten, siempre mienten porque sólo en las falacias pueden encontrar argumentos. No creo que el que la tauromaquia se vea cada día más acorralada gracias a la racionalidad popular bien entendida, sea precisamente un indicador de la tolerancia de la Sociedad hacia esta cruenta práctica. Y la perspectiva real e inminente de ver recortada la extensión de arena en la que derramar la sangre de seres inocentes impunemente, les hace desplegar toda una estrategia desesperada y que habitualmente acaba por volverse contra ellos, porque quien sólo puede esgrimir la estulticia o el embuste como armas, está condenado al fracaso y la lógica repulsa por la indecencia de su conducta.

Y acabo con un asunto que acaso puede parecer metido con calzador, sin embargo diré en mi descargo que el maltrato a los animales toma muy diferentes formas pero la demanda de erradicarlo es sólo una, al igual que considero significativa una coincidencia: el pasado reciente del Sr. Jiménez Losantos con el origen del hecho que a continuación quiero reseñar.

Hace pocos días, el Papa Benedicto XVI daba en la República Checa una conferencia sobre lo humano y divino - principalmente sobre lo segundo, que siempre es más difícil de demostrar – cuando una araña se comenzó a pasearse sin el menor respeto por las vestiduras del Santo Padre. El hombre, capaz de tener línea directa con Dios pero no de calcular un manotazo, trató infructuosamente de librarse del arácnido, que con herética cabezonería avanzaba convencido hacia la virtuosa cabeza papal.

Lo realmente vomitivo del asunto es comprobar la reacción posterior de algunos medios, que en el colmo de la adulación afirman que el inquilino “by the face” de El Vaticano, falló a propósito en su intento de aniquilar al pobre artrópodo por el inmenso amor que profesa a los animales y su rechazo a cualquier tipo de maltrato hacia los mismos. Pero a esta pandilla de cobistas se les olvidó mencionar un pequeño detalle, que la estola y el camauro que utiliza este hombre para no acatarrarse están confeccionados con piel de armiño. Ya ven Ustedes, a Joseph Alois Ratzinger no le agrada darle una colleja a una araña, pero no tiene ningún reparo en que se despelleje a un animal para cubrirse él sus santas orejas.

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