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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

El arte de buen gobernar

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 7 de octubre de 2009, 00:49 h (CET)
“Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios, 4:18). Este texto pone en evidencia que la vida del verdadero creyente aquí en la Tierra no ha alcanzado la perfección semejante a la del Padre celestial a que ha sido llamado. Es un proceso acompañado de altos y bajos que llegará a su plenitud el día de la resurrección. Lo contrario es parecido. La vida del incrédulo que no tiene en cuenta a Dios en sus caminos tampoco alcanza aquí en la Tierra la plenitud de la perversidad a la que puede llegar.

Ahora que tanto se habla de corrupción política, Jeb Stuart Megruder, que fue asesor del presidente norteamericano Richard Nixon, comentando en escándalo de Watergate, que le costó la presidencia, dijo: “Creíamos que no hacíamos nada malo, y con el tiempo estábamos haciendo cosas que eran ilegales, habíamos perdido el control. Habíamos ido de un comportamiento poco ético a actividades ilegales, sin darnos cuenta”.

La pendiente que lleva a la ruina empieza haciendo cosas “poco éticas”. En nuestra cultura católica, haciendo lo que se llama “pecados veniales”, que por su insignificancia son excusables. No existe trasgresión considerada poco ética o pecado venial que sea excusable, que no tenga importancia. Fijémonos en lo que nosotros consideramos ‘mentira piadosa’. Los Diez Mandamientos, que condensan la Ley de Dios en breves frases nos dicen al respecto de la mentira: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo,20:16). Este mandamiento nos es más familiar en esta versión: “No mentirás”. El mandamiento original y la versión abreviada son bien claros: la prohibición absoluta a mentir o el falso testimonio. Cuando se encuentra excusable un comportamiento poco ético o a la mentira piadosa se empieza a resbalar por una pendiente que no se sabe como acabará.

Por principio no se puede dirigir un país con una partitura en blanco. De hacerlo así se escribe una sinfonía con muchas notas discordantes que destrozan el oído por falta de armonía. Para gobernar con justicia, que debe ser el objetivo del gobernante, se debe seguir al pie de la letra la partitura escrita por el Compositor divino. De hacerlo así, la interpretación que ejecutará el gobernante será la justicia que aporta prosperidad y felicidad a la nación que tiene el privilegio de ser gobernado por tan buen intérprete.

Tanto el gobernante como el ciudadano de a pié, por su condición de pecadores, tienen la tendencia a cambiar a conveniencia lo que está escrito en la partitura original. Pero el compositor divino ha escrito la sinfonía con tinta indeleble. De este original único e irrepetible los gobernantes tenían que hacerse copias escritas por su propia mano para su uso personal para que de su lectura y reflexión aprendiesen el arte de gobernar bien. Esta copia, manuscrita en aquel tiempo lejano está hoy disponible hecha con letra de imprenta o en formato digital, no tenían que dejarla arrinconada, cubierta de polvo y telarañas en la buhardilla “sino que tenían que leerla todos los días de su vida”. El propósito de esta lectura diaria era que los gobernantes no se creyesen superiores del resto del pueblo y subiesen en el pedestal del autoritarismo, ni se desviasen de las instrucciones dadas por el Autor de la partitura, ni a derecha ni a izquierda (Deuteronomio,17:14-20).

¿Por qué el Autor de la partitura que enseña el arte de gobernar bien quiere que las autoridades no se aparten ni un ápice de las notas escritas? Jeb Stuart Megruder, compartiendo su experiencia política nos los deja bien claro: “Creíamos que no hacíamos nada malo, y con el tiempo estábamos haciendo cosas que eran ilegales, habíamos perdido el control. Habíamos ido de un comportamiento poco ético a actitudes ilegales, sin darnos cuenta”. Antes de que no sea demasiado tarde nuestros gobernantes tendrían que poner los ojos en la partitura escrita por Dios que enseña el arte de gobernar bien. La trasgresión de la ley de Dios no queda impune.

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