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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Cuando la cautela exige valor...

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 5 de octubre de 2009, 06:27 h (CET)
WASHINGTON - En la cena celebrada en la Casa Blanca con un grupo de historiadores a principios de verano, Robert Dallek, astuto estudiante tanto de la administración Kennedy como la de Johnson, ofrecía un gélido comentario al Presidente Obama.

"A mi juicio", recuerda decir, "la guerra mata a los grandes movimientos reformistas".

La trayectoria estadounidense está muy clara: La Primera Guerra Mundial puso fin a la Era Progresista. Cuando Franklin D. Roosevelt emprendía la Segunda Guerra Mundial, fue sincero al decir que "el Dr. New Deal" había dado paso al "Dr. Victoria en la Guerra." Corea puso fin al Fair Deal de Harry Truman, y Vietnam detuvo en seco el Great Society de Lyndon Johnson.

Dallek no es un pacifista y no pretende que su observación resuelva la cuestión de manera contraria a la guerra en todos los casos. De los cuatro que menciona, creo que la Segunda Guerra Mundial y Corea ciertamente fueron enfrentamientos necesarios.

Pero la idea de Dallek ayuda a explicar por qué Obama tiene derecho a poner reparos a un compromiso ampliado de muchas más tropas estadounidenses con Afganistán. Obama no fue elegido para escalar una guerra, sino para poner fin a una guerra. El cambio y la esperanza que prometió no implicaban una gran campaña nueva para transformar Afganistán.

Es fácil enfadarse a cuenta del caos en Afganistán y con las voces que insisten en que a Obama no le queda otra que ir a lo grande y quedarse para largo.

Muchos de los que dicen que Obama está obligado a acelerar el ritmo en Afganistán pasaron la presidencia Bush olvidando esa guerra porque su interés principal era emprender una nueva en Irak.

En su reciente informe al presidente, el General Stanley A. McChrystal, el comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, señala repetidamente que el esfuerzo allí "no ha sido dotado de los recursos suficientes." Seguro que habría sido estupendo acabar en Afganistán antes de hacer sonar tambores de guerra en Irak.

También es indignante que quienes insisten en compensar cada centavo gastado en ampliar la cobertura sanitaria nunca soliciten a la Oficina Presupuestaria del Congreso que proyecte los gastos de la estrategia de McChrystal. Para los que no tienen seguro, proponen prudencia fiscal. Para la guerra, ofrecen libertinaje.

Sin embargo, la rabia es mala compañera en política. La verdad es que Obama sólo tiene malas elecciones en Afganistán.

Obama ha dicho una y otra vez que la guerra en Afganistán, a diferencia de la guerra en Irak, es necesaria. "Estamos en Afganistán para hacer frente a un enemigo común que amenaza a los Estados Unidos, a nuestros amigos y a nuestros aliados", declaró el marzo pasado. No puede lavarse las manos.

Sin embargo, mientras su discurso de marzo fue arrollador en ciertos sentidos, definía un objetivo central limitado. "Quiero que el pueblo estadounidense comprenda que tenemos un objetivo claro y definido", dijo, "desestabilizar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda en Pakistán y Afganistán, e impedir su retorno a cualquiera de los países en el futuro." Éstas son las palabras que darán espacio a Obama para reconsiderar su política.

McChrystal argumentó que la estrategia de contrainsurgencia completa que propone exige que "elevemos la importancia del gobierno" en Afganistán, y, en su favor, es brutalmente honesto en su decepcionante estado actual.

Habla de "la crisis de la confianza popular que brota de la debilidad de las instituciones (del gobierno afgano), el uso impune del poder por parte de funcionarios corruptos y figuras influyentes, la sensación extendida de desencanto político, y una ausencia prolongada de oportunidades económicas." Esto sin tener en cuenta el fraude en la reelección del Presidente Hamid Karzai.

¿Es ésta una situación en la que Obama debería comprometer decenas de miles de soldados a una guerra larga? ¿Nos debe sorprender que algunos funcionarios de la administración se pregunten por qué al-Qaeda se ha debilitado aún cuando los talibanes se han hecho más fuertes? Estos escépticos ahora cuestionan si expulsar a los talibanes es verdaderamente esencial para el objetivo central de Obama de derrotar a Al Qaeda.

Hay una opinión generalizada firme que dice que si Obama no sigue la estrategia de McChrystal, está admitiendo la derrota y retractándose de sus promesas anteriores. Los que quieren que se comprometa ahora mismo están impacientes por conocer su decisión.

Obama debe resistirse tanto a su impaciencia como a su crítica de su búsqueda de una estrategia alternativa. Lo último que debe hacer es precipitarse con un nuevo conjunto de obligaciones en Afganistán, que definirían su presidencia más que ninguna victoria que logre en la sanidad.

Los más impacientes por una guerra mayor tienen poco interés en la búsqueda de Obama de reformas nacionales. Mientras reflexiona sobre sus opciones, no son ellas las voces que deben preocuparle.

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