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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘El animal piadoso’ de Luis Mateo Díez: el escritor leonés explora el sentimiento de culpa. Al fondo Celama, siempre Celama.

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 4 de octubre de 2009, 18:03 h (CET)
Si algún lector compra la última novela de Luis Mateo Diez pensando que va a encontrar una obra maestra del género negro, se equivoca. No puede caminar más errado. Lo que actúa como reclamo publicitario, en este caso, pierde veracidad cuando uno se adentra en las páginas del libro, porque el escritor leonés, en ‘El animal piadoso’, Editorial Galaxia Gutenberg, ha decidido explorar de nuevo sus territorios de siempre, bajo el disfraz de una aparente estructura de novela negra.

Pero ‘El animal piadoso’ no es novela negra. No basta con un principio prometedor (un asesinato antiguo). ‘El animal piadoso’ es otra cosa, es otra obra de arte de Mateo Díez, en la que un comisario, Samuel Mol, jubilado del cuerpo de la policía nacional, intenta esclarecer un crimen que se produjo catorce años antes en una de las ciudades de Celama, concretamente Armenta, en el que fueron asesinados un hombre, Melandro, y una mujer, Beda Covado, marido y esposa de recientes nupcias (apenas si llevaban dos meses casados). Además no se produce una investigación propiamente dicha, son sólo paseos subrepticios del protagonista en busca de residuos arcaicos. Tampoco encontramos un amontonamiento de cadáveres, ni una sucesión de situaciones escabrosas, sorprendentes o contradictorias, que son la sal del género negro. Los cadáveres de Beda Covado y Melandro no constituyen fuente primordial de datos para la investigación. Mol los utiliza, tras recordar el preceptivo informe que el forense redactó en su día, para interrogarse sobre sí mismo, sobre su vida, su matrimonio, su hija, su pasado, su trabajo, sus remordimientos… Por otro lado, el comisario jubilado no es ningún tipo duro, ni un hombre de acción. Y por lo que nos cuentan de él, en sus años jóvenes difícilmente pudo serlo. Ilustrativo a este respecto, por su tono humorístico, resulta el episodio de los correazos en el que participan su antiguo compañero, todavía activo, Aníbal Lodares, y el propio Mol.

El disparador de la acción nos lo encontramos en seguida. Apenas en las tres primeras líneas. En el asilo regentado por las Hermanas Penitenciarias, Mol contempla la imagen de Elicio Cedal, "sentado a los pies de la cama", que trae a su memoria aquel viejo asesinato y rescata esa obligación funcionarial, que no muere tras la jubilación, por finiquitar el expediente que quedó abierto, inconcluso, sin solución. Y por esos andurriales, los de la vergüenza, el remordimiento y el sentimiento de culpa por el deber incumplido, deambulará Mol, capítulo tras capítulo, a lo largo del relato, enjugando sus cuitas a golpe de copas de anís, indagaciones y visitas a los confesionarios, alguno de ellos defendido por un sacerdote sordo.

‘El animal piadoso’ le sirve al Mateo Díez para ahondar en la naturaleza humana: en los recuerdos, que todavía sostienen la vida del jubilado Mol, en su hija Leva que vive lejos, muy lejos de Armenta, y de Mol, en los fantasmas que le visitan continuamente, que le hablan y cuentan cosas del más allá, donde nadie duerme y todos observan una expectante vigilia. Su presencia en la novela le añade al texto un punto de mágico realismo y su cotidianidad los convierte en elementos poco sorpresivos y absolutamente imprescindibles, que el lector acepta como cosa normal. El fantasma se mueve, toma cuerpo, habla, recuerda, se filtra en los sueños, incluso discute, como cualquier otro de los personajes de tinta y papel que pululan aparentemente vivos por estas páginas pero que, en realidad, son tan fantasmas o más que los propios fantasmas porque arrastran sus condenas en la vida del más acá.

Y en el centro de todo está Armenta. Y Ordial, aunque debería decir sin duda Celama. Y los ríos Margo y Neva, que recorren estas ciudades; sus calles, Azumbre, Avenida Muniello; barrios, del Bronce, Odesa; los edificios públicos, la Estación de Moravines, Colegio Bachiller Carrasco; y bares, Café Budamide, Cafetería del Ámbar ... todos estos nombres son ya puntos de inevitable referencia en la geografía imaginaria, urbana y rural, de Luis Mateo Díez.

Por último está el tiempo. Armenta y Ordial, Mol, Lodares, Nora Ferad, Carmelo Cadmo, el Profesor Viñuela y los demás flotan en un ámbito que parece anclado en el pasado. Un tiempo por el que apenas circulan coches y en el que los personajes, probablemente porque habitan ciudades pequeñas, van de un sitio a otro a pie, pisando el suelo, gastando suelas, repasando las huellas que otros dejaron. Los móviles se ignoran, la televisión apenas se nombra y únicamente algún periódico, La Hora, destaca como elemento interrelacional de información. Sólo existe el día, la noche, el pasado y el presente.

Libro a libro, Mateo Diez está construyendo una obra sólida en la soledad de su escritorio. Sobre él ha configurado esa patria chica, incrustada en España desde luego, de la que pocas veces escapa. El cuento y la novela, corta o larga, son hábitos literarios frecuentados por el escritor de Villablino con igual maestría. Mientras otros escritores, probablemente también con méritos suficientes, han obtenido galardones de relumbre, Luis Mateo Diez, para mí, y con permiso de Miguel Delibes, el mejor escritor de prosa castellana nacido en España en la actualidad, no los tiene. Él no se presenta a concursos, aunque a veces forme parte de algunos jurados. Ha ganado un par de ocasiones el de la Crítica y Nacional de Narrativa y es miembro de la Academia de la Lengua. Pero le faltan premios de mayo enjundia, aunque él se mantenga en su discreto silencio, únicamente roto por las palabras de sus libros, que son las que realmente valen. Alguien debería reparar este fallo ahora, cuando aún estamos a tiempo.

De su estilo, de su inconfundible prosa no les voy a hablar. Es mejor que lo lean y así comprenderán lo que quiero decirles. En fin, les dejo. Me voy tomar una copita de anís con Nora Ferad en el Café Budamide, mientras veo como la gente recorre las calles de Armenta. Si les apetece, ya saben donde encontrarme: en ‘El animal piadoso’ de Luis Mateo Díez.
 
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‘El animal piadoso’ de Luis Mateo Díez. Ed. Galaxia Gutenberg. Septiembre, 2009. Tapa dura, 349 páginas, 18,50 euros.

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