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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Populismo autoritario

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 4 de octubre de 2009, 08:29 h (CET)
La congoja por la falta de autoridad nos asalta a cada golpe de suceso desagradable. Con frcuencia sufrimos algún tipo de violencia, observamos destrozos de bienes públicos; o bien el añadido reciente con el que topamos, falta de respeto en los colegios, han o hemos convertido la tarea del profesor en una tarea peligrosa. Clamamos por una AUTORIDAD desaparecida. Sin embargo, nos manifestamos así ante unos hechos lamentables ya consumados, aunque previamente hayamos optado por un desprecio abusivo de los razonamientos que tuvieran un adecuado acompañamiento de argumentos. De tal guisa, hemos perfilado los interrogantes al uso, ¿La dejadez deformó la autoridad? ¿Su lejanía actual es inalcanzable? ¿En qué estado de cosas nos movemos?

A poco que observemos acerca de los ambientes propios, el brote frustrante de los ejemplos nos responde; aquí, allá, en determinados momentos y en todos los grupos sociales. Proliferan los ESCARABAJOS humanos, con una capacidad de movimientos y una dedicación inusitada, vehemente. No buscan grandes cualidades, ni se esfuerzan por un progreso racional; su objetivo son los desperdicios de todo género y su acumulación. Son aireadores de intimidades defectuosas. Con matices circenses; del pasen y vean lo más estrambótico, al estrépito sin fundamento. Lo suyo está muy alejado de la elaboración cuidadosa y de la colaboración solidaria. Sus tonos son grises y desagradables; sin que lleguen a impedir su fama y el beneplácito del jolgorio general.

La autoridad es una condición asociada necesariamente a una de las características primordiales de las personas, el uso de la razón. Si no se ejerce con razonamientos, si no se exponen los fundamentos percibidos; ni hay autoridad, ni nada que valga la pena. Es una carencia habitual, demasiado frecuente. No porque seamos incapaces de razonar, sino por la corrupción de las ESFINGES. Aquellas personas con los conocimientos convenientes, pero con la actitud bochornosa de permanecer callados, no proclamando lo que estimen necesario. Dicho de otra forma, se trata del silencio o la pasividad de los que saben –Padres, profesores, profesionales-. En determinadas cuestiones hay que poner de manifiesto el bagaje de conocimientos; el silencio es una corrupción de las peores. Al abdicar de esa exposición de argumentos, se renuncia a las posiciones de autoridad bien entendida.

Una vez desandados los pasos previos, no debe extrañarnos la aparición de alternativas dispuestas a usar triquiñuelas, empleadas para la sustitución de los argumentos. Las suplantaciones NUMÉRICAS son algunas de ellas. Bajo el supuesto democrático, cualquier acumulación de gente adquiere el valor supremo; como la medición de audiencias, lista de ventas, visitantes que pasearon por una exposición, o lectores del último serial prefabricado por los editores, de cara a las cifras precisamente. El caudal de esos torrentes se inviste de la categoría suprema, no importa su contenido, o si los protagonistas son escarabajos, ¿Cuántos son? La directriz radica en las cifras. Lo racional e incluso los asertos científicos, se ven relegados a posiciones de relleno, de meros complementos; han dado paso a decisiones convulsas, desviadas por intereses alejados del progreso social. Vinieron a menos los discursos razonados. Basta fijarse en programas y publicaciones, actuaciones políticas en ayuntamientos, movidas juveniles, programas educativos; para ratificar las tendencias al uso.

Lo que se inició como una frivolidad con respecto al lenguaje, degeneró en un trabalenguas con el que resulta difícil entenderse. Los conceptos –Vida, lealtad, honradez, sinceridad, respeto, abusos- se ablandaron, dependen de donde y con quien se planteen. Su degradación se convierte en un ENGAÑO permanente. La comunicación de las ideas y la dialéctica constituían un buen mecanismo para lograr los mejores acuerdos sociales. Si se pierde el valor de las palabras y definiciones, se impiden los acuerdos; quedamos desmantelados. ¿Ante quién? Entre otros, expuestos a las masas, a las presiones numéricas y de los forzamientos de todo género; sin respuesta adecuada, dada la pérdida de juicio y argumentos, de los que voy haciendo referencia. ¿De qué hablamos en cada momento? ¿Sólo palabrería? ¡Pues vaya!

Aunque se trate de conceptos antiguos, hemos mencionado de refilón la capacidad de juicio por parte de cada persona. Y también en esto hemos encogido, hemos prescindido de las buenas costumbres y de las enseñanzas válidas. El discurso racional significaba la concordancia entre varios impulsos individuales y la trama establecida para la convivencia. Se abdicó de semejantes principios, incluso han sido rechazados de plano; ahora reinan las inclinaciones de cada sujeto, en exclusiva, como un ORGULLO mal enfocado, sin el cotejo y la consideración del conjunto. Con el desdibujamiento de los criterios juiciosos, nos vemos abocados a la agresión constante de los impulsos aislados. Cualquiera puede someternos a sus aberraciones caprichosas, es su libre albedrío, sin freno ni reparo alguno. Perdimos la mentalidad para una respuesta conveniente.

Si no hay manera de ponerse de acuerdo con la denominación de cada cosa, con el sentido de cada palabra. Si no pasamos del orgullo personal citado. Como una consecuencia obligada, se deforma cualquier noción de ética, que de por sí, debiera incluir a unos y a otros; se habla bastante de ÉTICAS, pero hace tiempo que eso no significa nada. Se declinan como los verbos, yo la mía, tú la que te convenga mejor, nosotros, ellos. En fin, aplíquese usted mismo algún arreglo en ese sentido. Conforman otro ejemplo notorio de la imposición ramplona de una ausencia de verdadero proyecto de sociedad. El avispero, sin una mínima ordenación. Se disloca e impide labores fructíferas. ¿Estamos contentos así?

No puedo, ni lo intento, entrar en tecnicismos jurídicos, no es esa la idea. Sin embargo, cuando observamos el funcionamiento del entramado LEGAL, como ciudadanos, las inquietudes siguen la deriva de esa falta de cualidades y de la penosa servidumbre hacia el gregarismo. Terroristas, violadores y camorristas, conviven antes de lo conveniente con sus propias víctimas. ¿Hay equiparación justa en el cumplimiento de las penas? Hemos comprobado recientemente, como hay jueces que consideran relevante como libertad de expresión, el alarde y continua muestra de fotos de terroristas. ¿Qué tipo de criterio es este? En esa línea, se podría exhibir una exposición de los pederastas más conocidos, de los truhanes o de los politicastros que hayan provocado atrocidades, de cualquier engendro imaginable. ¡Qué sensación de libertad! ¿No?

La disyuntiva es inapelable. Pugna el populismo ciego y acomodaticio. Algún rescoldo permanece, de quienes pretenden mantener una cierta intensidad en los pensamientos y valoraciones. No obstante, predominan las inquietudes ante la proliferación de los mencionados gregarismos populistas, cada vez más intolerantes.

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