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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

No sorprenderse por nada viste mucho

Marino Iglesias Pidal
Redacción
sábado, 3 de octubre de 2009, 12:40 h (CET)
Pero es imposible la inmunidad contra la sorpresa. La forma sui géneris que en mí tiene de producirse la sorpresa la hace contradictoria, no debiera de sorprenderme ante lo conocido. Soy consciente de que no es muy común hallar una persona realmente preparada para la función que desempeña.

Dada, en lo que a mí respecta, la inexistencia de relaciones interpersonales, son, sobre todo, la televisión o la prensa los elementos de juicio a mi disposición para comprobar los alarmantes niveles de inmoralidad e ignorancia en que se mueve ésta que muy bien podría llamarse “cultura de la sin importancia”, porque ya nada parece tenerla, porque la degradación ha de estar ya muy cerca de alcanzar su zenit.

La primigenia de las funciones a desempeñar por el ser humano es, precisamente, esa, la de ejercer como ser humano, y la ejerce, porque, abierta o clandestinamente, nadie puede dejar de ser lo que es y, por tanto, de actuar en consecuencia. Y no sé qué es más abominable, si la condición que demuestra el sapiens sapiens, o la ausencia del mínimo pudor con que la muestra.

Si descendemos en la escala de valores y dejamos de mirar el sentimiento para dirigir nuestra mirada al conocimiento, el panorama no es menos desolador.

Del muestreo del alma, al del intelecto. De un punto del zapping al siguiente: En este punto encuentro, en las ruinas de un castillo, al erudito y a la profesional del medio que lo entrevista. Está diciendo él algo así.- Fue durante la invasión napoleónica… Ella le interrumpe para rematar su frase.- Que Napoleón ordenó que lo dinamitaran.

Ave María Purísima. Cómo estarían ya los huesos de Napoleón cuando Nóbel nació.

Y es que, la mire por donde la mire, esta España me deja vestir muy poco, porque no deja de sorprenderme.

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