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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Matrix

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 1 de octubre de 2009, 10:11 h (CET)
Aunque veo muy poco la tele huyo de la publicidad como de la peste, razón por la cual me suscribí a una de esas empresas que ofrece un enorme montón de impresentables canales de porquería, pero los cuales carecen de más publicidad que el tan petulante como soberbio autobombo. Ayer, sin embargo, absurdamente quise asomarme al mundo real de los que ven la televisión ordinaria, y me regalé un empacho de publicidad. No pueden imaginarse lo ilustrativo que resultó ser y lo mucho que enseña sobre el funcionamiento de la sociedad: todo es propaganda.

A través de ella qué bueno es el Estado que tanto se preocupa por nuestra salud y bienestar, que excelentes amigos resultan ser los bancos, qué libertadores los automóviles y qué tranquilizante saber que, si te mueres habiendo suscrito un buen seguro, pues como que seguro que te mueres menos, o incluso que seguro que no te mueres. Todo es hermoso a través de la propaganda, magnífico, idílico. Siempre hay un sabio y paciente abuelote al lado, los padres son fantásticos, si tomas ese yogur de no sé qué estás a salvo del infarto, con el perfume no sé cuantos ligas como un loco, si al cabroncete del nene el das tales galletas o untos vives en plena american way of life, si tienes tal electrodoméstico tu esposa se pasa la vida tomando bailando con una enjundiosa cohorte de horteras hombres objeto, si limpias con cuál producto las dimensiones de tu pisito se convierten en el Palacio de la Zarzuela, si usas tales cosméticas la edad huye despavorida, si duermes sobre tal colchón no importa que estés en el paro porque la vida es bella y te sonríe, y si las señoras a punto de menopausia usan tales tampones se convierten por arte de birlibirloque en voluptuosas ninfas. La vida es bella, en fin, vista a través de la propaganda, toda ella aderezada por músicas eufónicas y escenarios maravillosos.

Lo mismito que la política, en fin. No hace falta ser espeleólogo para apagar la televisión, descender a las simas de la vida real y comprobar por uno mismo que el Estado es el Sacamantecas, que tu banco lo fundó Drácula, que tu coche es un montón de hojalata comprada a plazos a precio de oro y que, con seguro o sin él, si te mueres, estiras la pata, y punto. La realidad es una dictadora para quien poco cuentan los deseos de los que la habitan: es lo que es, inflexible, segura. Sin embargo, algo de la propaganda queda en quienes la presencian, y, por más que la realidad diga que con o sin yogur si tienes malos hábitos o debilidad cardiovascular el jamacuco está asegurado y que por más que te unjas en perfúmenes si eres feo no te comes un quico ni tocas pelo, como si fuera esa miga de esperanza que salió la última de la caja de Pandora, el ciudadano se aferra al tablón de una vida virtual llena de posibilidades que lo ordinario desmiente con cajas destempladas.

Un truco perverso usado por los políticos, quienes a través de la falaz propaganda han construido un orbe virtual por completo disociado de los sucesos. Así, tenemos partidos de izquierda nazis, es progresista matar o lo solidario es ir a tu bola, y el que venga detrás que arree. La paradoja entre las nubes del idílico digo y el suelo del prosaico hago, pues, es inevitable: nos esforzamos hasta lo absurdo en legislar la muerte de los nasciturus (casi la mitad de los engendrados), al mismo tiempo que en pocas partes del mundo se hace más por la inseminación artificial; es delito pegar a tu perro en un país donde se hace los que se hace con los toros; puedes pasar unos años en la sombra por matar a alguien, excepto que lo hagas con tu coche, en cuyo caso es un simple accidente sin consecuencias; con unos añitos el criminal paga toda la vida de otro semejante al que asesina sañudamente; se exige a los padres que velen por los niños, al tiempo que se legisla para restarles autoridad; se pide un comportamiento responsable a los jóvenes y los menores, mientras los maleduca el sistema educativo, los instruye en la violencia de los videojuegos o la estulticia de los programas juveniles y les da rienda suelta para que las nenas tomen pilules abortivas como quien devora chucherías; gana las elecciones el que mejor propaganda haga, independientemente de que luego ni cumpla con las promesas falsamente difundidas; y así con todo. Y eso sin considerar los eufemismos, que es otra fórmula de la propaganda para revestir de falso paraíso a la prosaica realidad, con los cuales podemos nombrar como guerras contra el terrorismo al colonialismo, terroristas a los civiles asesinados en esas acciones, libertad sexual al asesinato de nasciturus o medidas contra la crisis a este permanente derroche que está desecando las ubres del Estado.

Propaganda. Todo es propaganda. La realidad, en nuestra sociedad, hay que buscarla fuera de lo virtual. Cosa que no es fácil porque Matrix nos gobierna. Y, luego, hay científicos que niegan que podamos ser el sueño de Dios. Para volverse locos, vaya.

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