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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

El mundo como boca de incendios

Kathleen Parker
Kathleen Parker
jueves, 1 de octubre de 2009, 06:45 h (CET)
WASHINGTON - Cumpliendo su promesa de campaña de dialogar sin precondiciones con los enemigos de América, Barack Obama planea poner a trabajar sus encantos con la junta militar de Birmania.

Poco a poco, estamos empezando a comprender de qué iba todo aquello de la esperanza y el cambio. Traducción: Por supuesto que podéis esperar que este cambio sea efectivo.

Puede ser demasiado pronto para emitir un juicio de la nueva estrategia de política exterior de Obama, pero los primeros resultados de su apuesta a que el diálogo es la panacea no son reconfortantes en absoluto. Cada vez que Obama tiende la mano a uno de los déspotas antiamericanos del mundo, es recompensado con un insulto (el venezolano Hugo Chávez) o bien con un lanzamiento balístico (Corea del Norte e Irán).

Es posible interpretar estos episodios como una pérdida de la posición de Estados Unidos o como una molestia tolerable – algo así como los perros doberman ven a los caniches enanos. En algún momento, el perro grande pone en su sitio al pequeño. Lamentablemente, el mandatario estadounidense en un gato en un mundo despiadado.

Obama fue elegido indiscutiblemente en parte como reacción a la costumbre de George W. Bush de poner en su sitio a todo el mundo. Nuevo arquetipo estadounidense, Obama es el anti-macho, un intelectual nueva era que derrotó a los guerreros de la vieja guardia. Si se puede ganar o no con su ingenio en el gran tablero es algo aún por verse, pero verlo puede ser doloroso.

El cambio en la política hacia Birmania, por ejemplo, se anunció el lunes siguiente a ese teatro anual del absurdo conocido también como Asamblea General de las Naciones Unidas. Obama habló con elocuencia acerca de la necesidad de la cooperación mientras el mundo se enfrenta a problemas mundiales, utilizando su conocida consigna de la responsabilidad. Todos los países - no sólo Estados Unidos -- tienen un papel a desempeñar en la lucha contra la crisis en todo el mundo, dijo en el encuentro feliz de superpotencias, repúblicas bananeras, dictaduras y estados terroristas.

Intachablemente pensado por comediantes que sufren el bloqueo del escritor, Obama fue seguido por el dictador libio Muammar Gadafi, con quien Obama estrechó la mano en una cena en julio. No es útil que Gaddafi parezca un renegado del Circo Ringling. O que hace apenas unas semanas, organizara un recibimiento al terrorista de los atentados de Lockerbie de 1988, que mató a 270 personas. Sin embargo, la diatriba de 96 minutos pronunciada por Gaddafi - que incluyó dudas del asesinato de John F. Kennedy y muestras de simpatía por los Talibanes - fue un asalto prolongado a las personas sensatas de todas partes.

En medio de esas charadas, la figura emergente de la Secretario de Estado Hillary Clinton a lo Harry el Sucio resulta extrañamente tranquilizadora. Hablando con frecuencia rechinando los dientes, se ha convertido en el poli malo de Obama. Con Birmania, ha prometido seguir siendo inflexible y prolongar sanciones creíbles en espera de reformas democráticas. Pero, ha añadido diligentemente, las sanciones por sí solas no han llegado muy lejos.

Sin duda, vale la pena hablar. ¿O no?
Durante la administración anterior, la opinión generalizada era que hablar con los malos les daba una legitimidad que no merecían. Bush, por ejemplo, ignoró a Chávez creyendo que reconocer es poder.

Chávez respondió refiriéndose a Bush como el diablo no menos de ocho veces durante su discurso de 2006 de la ONU. Este año, Chávez felicitó, pero también criticó a Obama por decir una cosa y hacer otra. Puede haber dos Obamas, dijo. Y más de un estadounidense cree que puede tener algo de razón.

Un Obama es locuaz e inspirador. El otro parece un poco alejado de la realidad amenazante y las personas que no comparten nuestro agradecimiento por la retórica visionaria. Con algunas personas simplemente no se puede hablar. A algunas naciones - no importa lo bienintencionados, sinceros y serios que seamos - simplemente no les gustamos.

Chávez y el iraní Mahmoud Ahmadinejad, hermanos en su propio "eje de unidad", son ejemplos de ello. Unidos en su animadversión hacia Estados Unidos, se han vuelto tan íntimos que están a un paso de compartir el vestuario. Mejor que eso, están construyendo alianzas financieras capaces de hacer irrelevantes las sanciones pertinentes y, a través de un "Memorándum de Entendimiento", han prometido apoyo militar y cooperación mutua.

Estando en Nueva York la semana pasada, Chávez apenas hizo relaciones públicas, participando en "Larry King Live". El ex monaguillo dijo que ama a Jesús, a Walt Whitman y a Charles Bronson, y que le encanta cantar. No está ávido de poder, como algunos afirman, ni extrae uranio para Ahmadinejad, como se sugiere en un informe de diciembre pasado de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.

Él, por desgracia, ha sido mal interpretado.

¿E Irán? Apenas unos días antes de que Obama y otros cinco dirigentes se reúnan en Ginebra según lo previsto el día 1 de octubre para debatir las ambiciones nucleares de Irán, la República Islámica lanzaba misiles de largo alcance.

En la nueva era de la diplomacia, podríamos llamar a eso ataque preventivo - un gesto no verbal que vale un millón de palabras. Como siempre ha sido, la esperanza es lo último que se pierde.

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