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Etiquetas:   Pedro de Hoyos  

Desenterrando el Valle de los Caídos

Buñuelos de viento
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 1 de octubre de 2009, 06:44 h (CET)
No conozco a nadie que sea descendiente de un fusilado de la guerra civil. Sólo conozco a un descendiente de un casi-fusilado. Yo. Por eso creo que hay que desenterrarlos a todos. A todos. Son nuestros muertos, de todos nosotros, de nuestros padres, de nuestros tíos, son nuestros.

Creo haber visitado una vez Cuelgamuros. No recuerdo nada, salvo haber estado con mis padres. Del viaje, seguramente largo y pesado desde mi lejana casa, no conservo memoria ninguna. Naturalmente mil fotos asaetean mi mente y la imagen lejana de la enorme cruz que se ve desde la A-6 permanece fresca en mi retina.

El Valle de los Caídos es la obra faraónica que todo dictador quiere hacerse para perpetuarse, casi siempre a sabiendas de que apenas él cierre los ojos por última vez su dictatorial memoria empezará a desvanecerse para siempre jamás. Antes de que se me echen encima los franquistas que quedan, debo darles la razón y reconocer que las dictaduras comunistas no suelen desaparecer con el óbito del dictador, esto que vimos en la URSS de hace unos años en la actualidad es comprobable en las dictaduras hereditarias de Cuba y Corea del Norte.

El Valle de los Caídos es la pirámide de Gizeh que Franco quiso levantarse a expensas de una arruinada España y de unos famélicos presos. Propio de alguien que creyó que España era su casa y que haber ganado una guerra le daba derecho de pernada se montó una faraónica peli en la que Cuelgamuros, muy lejos de ser un decorado al uso de cartón piedra, resultaba una diabólica tarea impropia y desmesurada para aquella España. Y sólo era una tumba, nada más que la tumba de un hombre.

Ahora mismo el Valle de los caídos es de unos pocos españoles, constituye una afrenta para otros muchos y debe pasar a ser considerado patrimonio de nuestra Historia, quizá no de la más gloriosa, que los fratricidios no son nada dignos de ser glorificados, pero sí parte de la Historia común a todos los ciudadanos.

La Comisión Constitucional del Congreso quiere desenterrar a los muertos de aquel lugar. La Constitución frente al símbolo magnificente de la Dictadura. En este asunto de los desenterramientos hace ya meses que llevo escribiendo que hacen bien en sacar a la luz todos los cadáveres vilmente asesinados en las cunetas, sin juicio ni garantías. Y ya puestos hagámoslo de los dos lados, que en ambas partes hubo represión, asesinos profesionales y venganzas particulares.

No conozco a nadie que sea descendiente de un fusilado de la guerra civil. Sólo conozco a un descendiente de un casi-fusilado. Yo. Al pueblecito de la montaña palentina en el que mi padre estaba destinado llegó un pelotón desde Palencia para fusilar al maestro, yo lo he contado infinidad de veces en este blog. Al maestro, sin más señas ni detalles. En realidad se trataba del maestro al que mi padre acababa de sustituir, pero ellos sólo iban a por el maestro y se encontraron con mi padre. Afortunadamente el cabo que mandaba el pelotón le conocía, supuso que en realidad no era su objetivo y un montón de años más tarde pude nacer yo.

En nuestros campos y cunetas, en tapias y bosques, fueron fusilados infinidad de inocentes, que sólo creían en un mundo mejor. Están enterrados debajo de nuestros pies, sus hijos ya ancianos y sus nietos tienen todo el derecho de enterrar dignamente a sus familiares. Los descendientes de los que están en Cuelgamuros también.

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