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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Madrid 2016

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 29 de septiembre de 2009, 06:28 h (CET)
Dentro de muy pocos días se desvelará si Madrid va a ser la ciudad elegida para celebrar los Juegos Olímpicos en 2016. Por fin sabremos si, para más gloria del cejijunto, a los sufridos habitantes de Madrid nos tocará soportar todas las reformas, reestructuraciones, proyectos, eventos y acicalamientos orientados a mostrar al mundo una vez más que no somos aquel pueblón manchego al que alguna vez se refirió no recuerdo quién, sino una ciudad moderna y cosmopolita, con su Cibeles Fashion Week y todo. Y es que nuestro alcalde no se conforma con la pretensión de ser gallardo; eso sería poco para él, como lo fue el viejo caserón de la Plaza de la Villa donde el ayuntamiento tuvo su sede durante más de trescientos años. Tenía que convertirse, cómo no, en “gallardón”. Todo tan superlativo como es superlativa su capacidad para mortificarnos.

No he oído que exista ninguna “plataforma”, o cosa así, que abogue para que Madrid no sea sede olímpica. Ya es demasiado tarde; quedan casi horas para que los gerifaltes del COI destapen la caja (que será de Pandora, como triunfe nuestra candidatura) pero muchos se habrían apuntado.

¿Se han imaginado ustedes lo insufribles que habrán de ser los próximos seis años si la puñetera “corazonada” se cumple?

Porque aparte de satisfacer ese orgullito tan castizo, a casi nadie va a arrendarle la ganancia; con excepción de aquellos que tienen directamente que ver en la cosa (Fíjense la extraña unanimidad de los políticos –con la salvedad de los nacionalistas- a la hora de manifestar lo excelente que sería que Madrid celebrase los Juegos. Es sospechoso y una vez más conviene hacerse la pregunta (en latín, por supuesto): Qui prodest?

Por mucho que se afirme desde los poderes públicos que el país encargado de organizar los fastos deportivos se beneficia directamente en lo económico, la verdad es otra: la inversión que supone supera con mucho a lo que se obtiene a la larga. La creación de unos cuantos miles de puestos de trabajo y la expectativa de que el turismo alcance su cenit no son sino sombras chinescas, efectos visuales para entretener al ciudadano.

Un país que en poco más de un año ha pasado de los verdes campos de golf de los nuevos ricos a la cruda realidad del secano, debería tener otras expectativas. Y si bien es verdad que nuestro país ha alcanzado metas deportivas que hace pocos lustros eran inimaginables, no es menos cierto que ello se debe al esfuerzo de nuestros próceres para que la masa desarrolle el músculo y no la materia gris. No hay más que ver la proliferación de polideportivos y eso que ridículamente ahora llaman “arenas”, en lugares donde ningún alcalde se atrevería a sugerir el emplazamiento de una biblioteca, un aula de música o un taller de arte, so pena de perder las elecciones.

Si Madrid no gana la baza de las Olimpiadas, el ego de señor Ruiz Gallardón se verá algo disminuido (cosa que no debe preocuparnos porque tiene para repartir) y el bolsillo de los contribuyentes menos vareado por tanto político delirante y megalómano.

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