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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

La rutina nuclear de Obama

Jim Hoagland
Jim Hoagland
lunes, 28 de septiembre de 2009, 06:39 h (CET)
NUEVA YORK - El sueño del Presidente Obama de un mundo sin armas nucleares se antoja más bien pesadilla a Rusia y las demás naciones también poseedoras del armamento definitivo. Obama está intentando desencajar una puerta que está cerrada, atrancada desde el interior y asegurada con unas llaves que en lo que al Kremlin respecta, están en el fondo del mar.

Esta dura realidad no significa que el presidente deba abandonar sus esfuerzos, que son una herramienta útil de su campaña más amplia y urgente orientada a cambiar la imagen de Estados Unidos en el extranjero. Sí que significa que Obama debería moderar su retórica y evitar sumar la abolición atómica a la larga lista de materias de las que primero hace gala y después parece luchar a brazo partido por controlar. Véase la sanidad, las primas de los banqueros u Oriente Medio.

Agitar las inquietudes nucleares conlleva sus propios riesgos. La opinión pública ha demostrado ser un cicerone fiable en materia de política nuclear, como predijo George Kennan hace seis décadas. Las armas atómicas "impedirán la comprensión de las cosas que son importantes" para la seguridad de la nación, escribió en 1949. Su misma existencia "tiende a decantar de manera irremediable la atención del público hacia un terreno inexplorado de confusión total".

Las palabras de Kennan se citan en el brillante nuevo libro de Nicholas Thompson, "El halcón y la paloma", una biografía conjunta de Kennan y su amigo y rival en política Paul Nitze. El libro es también un exhaustivo y sorprendentemente legible estudio de los orígenes y el desarrollo de la Guerra Fría.

Escuchar el llamamiento de Obama a eliminar el armamento nuclear en las Naciones Unidas recabó mi atención a la obra de Kennan y, más extrañamente, a Yakutsk, un emplazamiento minero siberiano imposible de ubicar en el mapa que se encuentra a 14 husos horarios del salón de la Asamblea de las Naciones Unidas en donde se celebraba la puesta de largo de Obama la pasada semana.

La mayoría de las visitas se desplazan a Yakutsk, en donde en invierno las temperaturas oscilan en torno a los 70 grados bajo cero, a estudiar el subsuelo polar o la formación de cristales de diamante. Pero un grupo de académicos y periodistas extranjeros se desplazaron a principios de este mes a participar en dos días de debates con expertos políticos rusos que revelaron que su país depende cada vez más -- no menos -- de su arsenal nuclear para su seguridad.

A medida que el país rebaja drásticamente el número de sus caros e innecesarios efectivos convencionales, se nos dijo, la única forma de conservar la influencia en los asuntos del mundo (y presumiblemente protegerse de una invasión china de Siberia, rica en recursos minerales pero escasamente poblada) es disponer de un arsenal nuclear permanente más eficaz pero más pequeño.

Los llamamientos de Obama a que Rusia y Estados Unidos lideren la iniciativa encaminada a la desnuclearización mundial son "idiotas", decía uno de los analistas rusos de defensa sin pelos en la lengua. "Ellos refuerzan a los que en Rusia dicen que no es posible creerle -- que nos está tendiendo trampas".

Al margen de lo paranoides que suenen esas palabras a los oídos extranjeros, esta postura golpea de lleno la tentativa de Obama de "relanzar" las relaciones ruso-estadounidenses, empezando por la reanudación de las negociaciones de armamento estratégico. Los rusos se embolsan encantados el prestigio de volver a estar a la par con Estados Unidos en materia nuclear. Pero parecen dar baja prioridad a los resultados reales que salgan de las conversaciones.

"Las luchas internas a cuenta de cómo reestructuremos nuestras fuerzas serán mucho más importantes que ninguna negociación," decía un autoritario militar ruso, que afirmaba que las divisiones de armamento estratégico ruso están siendo consolidadas de 54 a 12 unidades al tiempo que el papel del armamento nuclear táctico está siendo sensiblemente actualizado. "Nuestro objetivo es la disuasión razonable, no la disuasión simbólica".

Ellos utilizan otras palabras -- o, en el caso de Israel, ni una palabra -- pero China, la India, Pakistán y hasta Gran Bretaña y Francia comparten el sentimiento subyacente. Los "pudientes" en materia nuclear aplaudirán los esfuerzos de Obama de hacer más eficaz el Tratado de No Proliferación a la hora de frenar la propagación del armamento de destrucción masiva. Pero no están renunciando a ningún interés abandonando sus propios arsenales de "armamento letal en cantidades idénticas," como exige el tratado y el sueño de Obama.

Los llamamientos de Obama, calibrados de manera más cuidadosa, pueden ser útiles más allá del terreno de las relaciones públicas. Desafían al ejército estadounidense a anticiparse a las necesidades nucleares futuras de la nación, y aportan credibilidad a las acusaciones vertidas contra Irán y Corea del Norte. Si las propuestas de desnuclearización se enmarcan de manera realista, Estados Unidos podría ser capaz de influenciar la nueva doctrina nuclear rusa aún en pañales.

La Casa Blanca Obama ha convertido la popularidad personal del presidente y la necesidad de cambio de la imagen de América en los motores de su política exterior. Ahora debe poner sobre la mesa resultados tangibles que justifiquen ese esfuerzo. De lo contrario más estadounidenses se unirán a los analistas que plantean la pregunta que más aterroriza a los políticos en el poder y los gurús de las relaciones públicas: "¿Donde están los beneficios tangibles?"

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