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De casta le viene al galgo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 26 de septiembre de 2009, 12:48 h (CET)
Antes, mucho antes de que se conocieran los intríngulis de la genética, ya las gentes sabían que había una transmisión de padres a hijos mucho más que de parecido físico. “De casta le vine al galgo”, decían para justificar el carácter de un individuo y la semejanza de éste con los de su ascendencia; “De tal palo, tal astilla”, decían los otros para resaltar lo mismo; “¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, /no digas que no te aviso, / que de dentro de Zamora / un alevoso ha salido; / llámase Vellido Dolfos, / hijo de Dolfos Vellido, / cuatro traiciones ha hecho, / y con esta serán cinco. / Si gran traidor fue el padre, / mayor traidor es el hijo”, sentencia el Cantar del Mío Cid, ya por aquellos siglos que algunos dicen de oscurantismo.

Será por la cuestión de la transmisión genética o mitocondrial, pero la cosa tiene mucho que ver con la geometría de fractales, que sólo puede repetir un patrón en distintas proporciones: si es retorcida la ecuación que genera la matriz, retorcida es cada una de sus réplicas. De cajón, vaya.

Quienes me leen con asiduidad saben que no simpatizo con ningún político de ningún partido, pues que no me parecen de fiar, porque aunque en este caso los unos se rasguen las vestiduras con razón, allá o antes hicieron ellos lo mismo. Me refiero, cómo no, al repugnante asunto del transfuguismo —en este caso de Benidorm—, tan frecuente en España. La cosa no es nada nuevo, aunque sí lo es el tejemaneje que la mamá de la impresentable Leire-Pajín —la de los eventos universales con Zapatero (¡Chup!-¡chup!)— se trae con la cosa de desobedecer al partido de su hija (supuestamente) para hacerse con el mogollón del ayuntamiento de Benidorm, donde las cosas de la construcción y la especulación urbanística y las comisiones económicas por favores y los chanchulleos recalificadotes y todo eso, incluso ha sembrado en pánico en la lejana Europa y desde allá han llegado ecos de advertencia o de alarma.

Lo de siempre, vaya, que ya estamos acostumbrados a estos tejemanejes de los políticos para llenarse los bolsillos, si bien no estaría de más una inspección de oficio de la Fiscalía no sólo para verificar que la ley se ha cumplido en el pucherazo sin violaciones jurídicas, sino para verificar si hay intereses espurios de esos que se cuentan por millones y se esconden en bolsas de basura bajo la cama y tal. Algunos dicen que después de la renuncia voluntaria al Partido de los que han dado el golpe de mano legal volverán éstos a sus fueros precedentes de militancia activa en los más de 100 años de honradez y bla, bla, bla, y eso sería muy mala cosa, por más que sea tan habitual como comento. Los ciudadanos estamos de tránsfugas hasta el colodrillo, aunque también de que la disciplina de Partido anule la libertad de expresión y hasta la utilidad de tener tantos diputados, concejales o lo sea, si es han de corear lo que diga el jefe. Para eso, que haya un jefe con tantos votos, y listo. Las cosa pinta mal, muy mal para la democracia que defienden esos mismos partidos, porque si ellos la tratan así, qué no pensaremos los que creemos que la democracia es un sistema tan estúpido como absurdo y manipulable por los peores elementos sociales.

Lo llamativo de este caso, sin embargo, ya digo que es lo de que la mamá y la nena se tiren de los pelos ante las cámaras, siquiera sea de cara a la galería. Cosa rara por demás, fuera de los programas de escándalo concertado como ésos que damos en llamar rosas, pero en los que los actores intervinientes del elenco verdulero se ponen bien morados. Tufo a orquestación rosa-morada tiene este culebrón, desde luego, con un corazón-corazón trotando desacompasado porque madre no hay más que una y da la apariencia de que ha salido rana. ¡Como para soportar dos! Aunque, bien mirado, también el asunto tiene ecos de genética, de geometría de fractales y hasta de transmisión mitocondrial. Imagínese por un momento señor lector que el acervo popular tenga su razón de ser y que se transmitiera de madre a hija no sólo el parecido físico, sino también las... propensiones, digamos. Habida cuenta de la universal importancia de Leire-Pajín en el chup-chup del PSOE, da un poco de miedo que haya heredado ciertas circunvoluciones maternas y no nos quedara otra que, con cierto humor, adaptar el Cantar del Mío Cid para explicar la situación sin entrar en mayores profundidades científicas de esas con las que nos duerme el chupacámaras de Punset en sus Redes de superprotagonismo. Cosa terrible, desde luego. La Historia, adempero, está llena hasta el corvejón de casos semejantes, y en todos ellos parece ser que se transmite de padres a hijos mucho más que el color de los ojos o los rizos del cabello. Tan es sí que no sólo cuando uno tiende a enamorarse debe fijarse en la madre más que en la hija (que es en lo que dará, si Dios no lo remedia, que no lo hará), sino que, efectivamente, se puede afirmar temor a yerro que de tal palo, tal astilla, que de casta le viene al galgo o que si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo. Cuestión de genes, en fin. O lo que sea.

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