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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Vidas ejemplares

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 25 de septiembre de 2009, 07:54 h (CET)
La ventaja que proporciona la edad es que le dota al individuo de una mayor perspectiva, y, en ocasiones, como consecuencia de esto, de una mayor sabiduría. Aunque nacido en los años finales de la Dictadura y casi al inicio de la Dictablanda, eufemismo con que se conoce a la época en que entraron a saco en el Gobierno los chicos del Opus rosario en mano y prez en los labios —los Bravos, Solís-Ruiz y compañía—, son casi veinte los años justos de mi vida en los que latí mientras Franco estaba instalado en El Pardo y omnipresente en toda España. No eran tiempos mejores ni peores, sino los que me había tocado vivir, y tanto más porque no tenía otros con los que compararlos.

Como correspondía a las posibilidades de la época, nuestros padres invertían tanto como podían en Educación, que no era mucho, aunque por suerte no faltaban adminículos más o menos altruistas, como los Salesianos, para que los chavales tuviéramos acceso a una formación adecuada. Una Formación Profesional —para mí la cuadratura del círculo en Educación— en la que, además de la maestría en un oficio que te abría de par en par las puertas grandes de la vida laboral, descerraba las puertas de la Universidad por la vía directa, sin reválida ni nada que se pareciera. Una ventaja, porque podías acceder a puestos de trabajo de cierta responsabilidad y al cargo de otros trabajadores, sabiendo que lo que ibas a mandar antes habías aprendido a ejecutarlo y conocías las dificultades que entrañaba. Así, en mi caso como en otros muchos, desde puestos más o menos profesionales de media categoría llegamos a la Dirección General de empresas. Eran años en los que si valías, valías, y te promocionaban.

En la escuela no había precisamente consentimiento desde el maestro hacia los alumnos, y, aunque quizás exageraban la nota religiosa y los pánicos al Infierno los hermanos salesianos para salvar nuestras almas aún contra nuestra voluntad, y a pesar que zumbaban las reglas para estrellarse contra las manos al menor desliz, ha de reconocerse que hicieron una excelente labor, como en lo social también se imprimió una loable labor de ensalzamiento del más capaz, aun considerando de que hubiera todavía alguna que otra persecución ideológica de la que los niños estábamos a salvo. La virtud individual y el esfuerzo personal, en fin, contaban, y mucho. Nos daban formación, aprendíamos disciplina a reglazos y hasta teníamos una asignatura que se nombraba como Urbanidad para sabernos conducir en sociedad de una manera tan cortés como correcta. Había muchas carencias de muchas clases, pero no se dejaba una esquina de la conducta del alumno sin trabajar, esmerándose tanto lo social como lo espiritual. Para los agnósticos y los ateos esto puede ser una cuestión absurda, opresiva y hasta es posible que alineante, pero buena parte de la sociedad de entonces, y tal vez de ahora, considerábamos y consideramos que el hombre está hecho de algo más que carne, y su creación obedece a algo más trascendente que la casualidad cósmica o el azar en que derivó la sopa primordial de los talibanes de la ciencia. Valga decir ahora, que no soy católico y que fui expulsado del colegio salesiano "por rojo".

En fin, el caso es que incluso nos dotaron de lecturas que, además de formarnos como lectores más o menos cultos, nos ofrecían modelos sociales a imitar, personajes memorables de la Historia que sin duda convenían al Régimen imperante, pero que, en cualquier caso, nada tenían de detestables o antivirtuosos. “Vidas Ejemplares”, se llamaba aquel libro de lecturas obligadas que, frecuentemente, habíamos de leer en voz alta y en clase. Desde Pizarro a Luis Vives, desde Hernán Cortés al Cid Campeador o desde Fray Luis de León a Ramón y Cajal, fueron modelos en los que muchos de aquellos chicos inspiramos y proyectamos un porvenir de trabajo, abnegación y heroísmo en beneficio de la sociedad y aun en ciertos casos contra nuestros intereses. Primaba lo social sobre lo personal de tal modo, que serían impensables conductas sociales o delictivas hoy habituales. Y todo esto, claro, sin olvidar los plausibles personajes de ficción que también se introdujeron en nuestra alma por las rendijas de aquellas lecturas impuestas, acomodándose como inquilinos fijos en nuestras almas don Quijote, don Juan Tenorio o el Capitán Trueno. A lo mejor no teníamos los chicos de entonces lo mejor, ni el trato más dulce y coleguista, la alimentación más exquisita o los juguetes más modernos; pero éramos mejores. Lo malo, bien se ve, es el envoltorio de un gran bien; y lo bueno, puede ser el envoltorio de un enorme mal.

La edad, ciclotímicamente, tiene la exigencia de comparar lo vivido con lo que se vive, en una suerte de hacer saldo y balance. La sociedad de hoy está regida y gobernada por los otros, los agnósticos, los ateos y los que denigran cuanto pueden cualesquiera de los valores de entonces. Es lo que hay, y, lamentablemente, contribuí engañado a traerla e implantarla. No es ni mejor ni peor en apariencia, sino distinta, aunque si se profundiza un poco no tengo tan claro que hayamos progresado mucho o que no lo hayamos hecho como los cangrejos, especialmente si tomamos en cuanta el desmadre social existente en casi todos los órdenes y el ritmo de acabamiento de la Naturaleza en la que nos asentamos. Hoy, que se fracasa en Educación, Formación, Urbanidad, expectativas laborales de los jóvenes y oportunidades de progreso de los más cualificados o los mejores, si quisiéramos hacer un libro de lecturas sobre “Vidas Ejemplares” contemporáneas para que sirvan de modelo de las nuevas generaciones y tuviéramos que elegir entre lo que hay, tendríamos que hacerlo desde Chiquito de la Calzada a Mariano el del los chistes, de Belén Esteban al padre Apeles, de Yola Berrocal a Coto Matamoros, sin olvidarnos de Jimmy Jiménez-Arnau y cohorte, o, subiendo mucho el listón, de Alonso a Raúl y de Nadal a Jesulín de Ubrique. No digo que sean malos estos personajes, sino que tal vez no sean los idóneos como ejemplos de virtud social. Ganar, en fin, no sé si hemos ganado, pero no hay que ser un lince para ver por qué los jóvenes no tienen futuro, carecen de esperanzas, se entregan a la nada del placer efímero y su conducta es la que es. ¿Para qué esforzarse por construir una sociedad mejor, si lo que se ensalza y se premia con excelentes retribuciones y una vida de regalo son personajes semejantes?... Y, si no, tenemos a los corruptos en lo más alto de la sociedad friki que habitamos. ¡Viva el progreso, en fin!

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