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Ya hay ruido de sables

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
viernes, 25 de septiembre de 2009, 07:51 h (CET)
Pues ya han pasado 4 jornadas. Pareciera que la liga no ha hecho más que comenzar, pero ya hemos consumido más de un 10%, los grandes ya han mostrado sus cartas y, lo más gracioso, ya hay media decena de equipos de los de “con aspiraciones” que ya sabemos que no va a ninguna parte.

Obviamente, es muy prematuro para saber si el Atco. Madrid va a bajar a segunda o no (además de prematuro, me parece inconcebible, con esa plantilla... ) a pesar de algunos titulares del jueves, pero ya sabemos que este no va a ser el año del doblete, estando ya a 10 puntazos de la cabeza. Sabemos ya que el Villareal va a sudar mucho si quiere repetir las brillantes clasificaciones para Champions del pasado; y hemos ratificado lo que sospechábamos: que no es buena idea lo del Xerez, me refiero a pasar a la historia como primer conjunto desde que existe la Liga española en no hacer un sólo fichaje al subir a primera.

Estas certezas (si es que se puede hablar de certezas a estas alturas de la competición y en un deporte tan imprevisible a veces como es el fútbol) han hecho mucho daño a algunos equipos que, a estas alturas, esperaban estar en otra posición en la tabla clasificatoria. Y no sé yo si es normal que ya haya ruido de sables, que algunas sillas de algunos entrenadores que están temblando. Me refiero, obviamente, al caso Abel. Un entrenador lleno de conocimiento sobre la casa atlética y que el año pasado supo imprimir carácter a un equipo que deambulaba sin más. Además, lo clasificó para la Champions.
Pero me da la impresión de que va a ser defenestrado más pronto que tarde. No por el juego del equipo (que tampoco es que los colchoneros estén para tirar cohetes, ojo), sino porque es la parte más debil de ese conjunto de fuerzas que se dan en el Calderón desde hace tiempo y que presionan al staff técnico e, indirectamente, a la platilla: unos dueños del club (los ínclitos Gil) que han manejado este club como si de una tienda familiar se tratara desde hace 22 años; un presidente (Cerezo) que no es más que una prolongación sin voluntad propia de los anteriores; y casi lo peor: una afición dividida y eternamente enfadada, que siempre ha pasado por modélica y que probablemente se ha convertido hoy en día en una de las más antipáticas de España, o, al menos, la que más insulta y veja a sus propios jugadores. Y me refiero que lo hace a priori, o sea, antes de que éstos demuestren más o menos compromiso o más o menos brega sobre el campo. Es penoso recordar lo que le montaban al propio Santana hace 2 temporadas cada vez que tocaba el balón...un jugador que posiblemente esté entre los 3 mejor dotados para este deporte que haya tenido el equipo rojiblanco en la última década y cuyo concurso va a ser clave esta temporada para este Atleti; o lo que le han venido liando al pobre Reyes desde el minuto 1 en que vistió la elástica colchonera.

Pero los nervios no son sólo cosa de esa jaula de grillos que es ahora mismo el Atco. de Madrid. Si nos vamos al otro “eterno aspirante”, el Valencia, no parece que las cosas vayan mucho mejor, a pesar de estar en la zona media alta de la clasificación. El Valencia tiene, como el Atleti, un paquete de atacantes de ensueño. Además tiene a uno de los mejor entrenadores de la liga: Unai Emery, que va a ser, si no lo es ya, lo que fue Víctor Fernández en los 90, sólo que el vasco ya ha llegado a un grande en España, mientras que aquel derramó su sapiencia futbolística en buenos equipos (Zaragoza, Celta, Tenerife o Betis), pero ninguno tenía la plantilla que ahora mismo posee el conjunto che.
La razón por la que este jueves se hayan visto en el conjunto de la capital del Turia con la necesidad de tener que ratificar a Emery (ya saben ustedes que a menudo la ratificación es la antesala de la destitución) probablemente radica en el hecho de que en Valencia también están con problemas institucionales. No se me ocurre otro motivo racional. Ya saben ustedes que este verano hubo baile de presidentes y de consejeros delegados. Y, como siempre, toda esa inquietud societaria suele incidir negativamente en el eslabón más débil, el entrenador. No hay otra cosa.

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