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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

En un refrito progresista

David S. Broder
David S. Broder
viernes, 25 de septiembre de 2009, 07:43 h (CET)
WASHINGTON - Una publicación nueva llegaba a mi escritorio esta semana conteniendo un ensayo que ofrece un excelente repaso al enfoque del Presidente Obama sobre la labor de gobierno - y es particularmente útil a la hora de entender la lucha actual por la reforma sanitaria.

La publicación se llama National Affairs, y su dirección se compone de reconocidos académicos conservadores, desde James W. Ceaser a James Q. Wilson. El artículo que me llamó la atención, titulado "Obama y el enfoque de la legislación," está firmado por William Schambra, el director del Centro Bradley de Filantropía y Renovación adscrito al Instituto Hudson.

Schambra, al igual que muchos otros, quedó desconcertado por la "ambición pura" de la agenda legislativa de Obama y por su afición a la centralización de la autoridad bajo un gabinete fuerte en la Casa Blanca rebosante de "zares".

Schambra considera esto como prueba de que "Obama es por encima de todo un presidente 'de enfoque legislativo'. Para él, gobernar significa no sólo afrontar desafíos concretos a medida que van surgiendo, sino formular políticas integrales encaminadas a dar formas y funciones más coherentes y racionales a los sistemas sociales en general -- y a la sociedad en su conjunto. Según esta opinión, a largo plazo, los problemas de los sistemas sanitario, educativo y medioambiental no se pueden solucionar a trozos. Deben de abordarse en conjunto".

Él remonta los orígenes de este enfoque al movimiento progresista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando el rápido cambio social y económico dio lugar a una política dominada por las luchas entre intereses. Los progresistas creen que la panacea radica en la aplicación de los nuevos conocimientos de las ciencias sociales al arte del gobierno, un enfoque en el que los hechos cierran el choque entre ideologías y electorados divididos.

Obama - un producto muy inteligente de las universidades de élite - está lejos de ser el primer presidente Demócrata en suscribir este enfoque. Jimmy Carter, y en especial de Bill Clinton, intentaron gobernar de esta forma. Sin embargo, Obama lo ha hecho aún más explícitamente, proclamando con regularidad su determinación a confiar en el análisis racional, en lugar de las decisiones ajustadas, de todos los temas que van desde la defensa balística a Afganistán -- y los grandes problemas del país.

"En un ámbito político tras otro," escribe Schambra, "desde las infraestructuras a las ciencias, desde la legislación urbana a la política del transporte, la formulación de Obama viene siendo prácticamente idéntica: El egoísmo o la rigidez ideológica nos han conducido a examinar el problema por partes...; tenemos que dejar de lado el parroquialismo para adoptar la visión sistémica general; y cuando por fin formulemos una política nacional uniforme apoyada por datos empíricos y objetivos en lugar de por opiniones aisladas y superficiales, alcanzaremos soluciones que no sólo son más eficaces sino también menos caras. Este es el mantra de la política de la presidencia".

Históricamente, este enfoque no ha funcionado. Los progresistas no lograron más que un breve ascenso y las presidencias Carter y Clinton estuvieron marcadas por fracasos políticos estrepitosos. La razón, afirma Schambra, es que este enfoque altamente racional e integral encaja de mala manera con la Constitución, que reparte el poder de manera muy concreta entre jugadores muy diferentes, la mayor parte de los cuales están más preocupados por los detalles de la legislación que por su coherencia global.

El proyecto de ley de energías sostenibles examinado en la Cámara era un conjunto bastante coherente de compensaciones que reducirían las emisiones contaminantes y ayudarían a la atmósfera. Cuando salió de la Cámara, era una bombonera de subsidios y rentas destinadas a diversas industrias y grupos de interés. Y ahora se ve obstaculizado por fuerzas parecidas en el Senado.

El ensayo de Schambra anticipó exactamente lo que está sucediendo ahora con la sanidad. Obama, el director de presupuestos Peter Orszag y la zarina de la sanidad Nancy Ann DeParle, captan las complejidades del sistema sanitario igual de bien que cualquier hijo de vecino, y podrían redactar una ley para hacer que fuera más eficaz.

Pero ahora el proyecto está en manos de legisladores y grupos de presión no tan preocupados por la racionalidad del sistema como por la forma en que el proyecto afecta a su trozo del pastel. Todo el mundo tiene un programa parroquial. El secretario de la Mayoría en el Senado Harry Reid, por ejemplo, quiere asegurarse de que el nuevo centro oncológico de Nevada tiene preferencia.

La democracia y el gobierno representativo son un conjunto mucho más desordenado de lo que los progresistas y sus herederos, como Obama, quieren admitir. No es de extrañar que con tanta frecuencia acaben frustrados.

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