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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Estaba equivoado. Qué pena

Marino Iglesias Pidal
Redacción
miércoles, 23 de septiembre de 2009, 09:58 h (CET)
Iba a comenzar diciendo que con los años cambian los criterios, pero me parece esa una forma de expresión prestada a equívoco. Dicho así, tal pareciera que los estoy tratando, a mis criterios, de casquivanos. Lo serían si cambiaran mientras permanecen intactos los atributos del objeto que los motiva, pero no si el objeto en cuestión cambiara su forma de manifestarse; en ese caso no sería propio hablar de cambio, sino de adaptación a la nueva condición del objeto.

Será porque para mí no existe nada más atractivo que la mujer. Porque la hembra en estado de gestación ha de ser, por designio natural, principio y fin de la especie - lo que hubiera y haya antes y después está naturalmente imposibilitado para ser otra cosa que mero prólogo y epílogo sin historia -. Porque en el aspecto sexual, mientras el hombre se retraía únicamente por exigencias de las circunstancias, la mujer, creía yo, lo hacía porque sus zonas erógenas no se ponían en marcha si no se pasaba un suiche habido en su corazón… Por una serie de causas que me hacían considerarla como un reservorio de los valores más enaltecedores del ser humano. Sin embargo, en el último cuarto de mi vida, ese criterio ha cambiado; desde luego por nada que me ataña personalmente. Sólo por la abrumadora y penosa visión que sin censura se ofrece a mis ojos, ahora, tengo bastante claro que la naturaleza ha sido equitativa a la hora de repartir “virtudes” entre el macho y la hembra humanos. ¿Por qué se me ocurre traerlo a colación en este instante?

Porque ayer, sin ningún recurso con qué entretener la espera del sueño, me senté frente al televisor, al lado de otros televidentes. Estaban pasando “Gran Hermano”. En vista de lo ingrato que me resulta pelearme con la almohada y conmigo mismo mientras el cabrón de mi sueño anda… de botellón, o lo que sea, traté de resistir. La resistencia fue inútil, y efímera. De no haber tenido más opciones que ver el programita en cuestión o tirarme por la ventana – vivo en un piso alto -, posiblemente hubiera elegido la segunda.

A Mercedes Milá, repelente donde las haya y muy superior a mis fuerzas, le reconozco una única “virtud”, precisamente, claro, la que en estos tiempos expedita el camino hacia el triunfo: tiene más geta que despelotes una foto de Spencer Tunick. Los concursantes… ¡Y las “concursantas”!…

Mejor dejar las frases anteriores inconclusas, cerradas con los puntos suspensivos.

Menos mal que pertenezco a otra generación, ya en vías de extinción, y que los más de los no muchos que han llegado a conocerme casi siempre han coincidido en que soy un extraterrestre.

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