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Políticos: ¿erráticos o mentirosos?

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 23 de septiembre de 2009, 08:14 h (CET)
La costumbre puede ser algo terrible, porque endurece la piel y resta capacidad de asombro ante lo habitual, y en España, lamentablemente, nos estamos acostumbrando al error político, si no a que directamente sean mentirosos. ¿Error u horror?..., ¿o quizás ambas cosas? La naturaleza de nuestros políticos, en cualquier caso, deja mucho que desear, especialmente por cuanto suelen ser profesionales dedicados a tiempo completo a la tarea política. No es algo casual o una especie de labor ajena a su profesión, sino que a ella aplican la totalidad de su talento, o al menos cobran como si hicieran tal cosa. El error en la toma de decisiones que afectan a todos los ciudadanos o en las manifestaciones públicas que hacen, es una mala cosa propia de gentes incompetentes poco o nada cualificadas; pero la mentira en esos mismos asuntos, sería entrar ya en materia delictiva directamente, y por la puerta grande.

Sin embargo, nadie duda ni de que los políticos mienten de una manera habitual, ni de que no dan pie con bola. Ejemplos sobra, y sería una tarea extenuante reflejar siquiera una relación de ellos, poco importa con el Gobierno o la Oposición que sea. Nos hemos acostumbrado a lo uno y lo otro, y, lo que es peor, a las dos cosas al mismo tiempo. Y, claro, como estamos acostumbrados ya, ni nos afectan sus errores o sus mentiras porque se ha endurecido nuestra piel y nuestra capacidad de asombro ha desaparecido. Poco nos importa que los políticos nos mientan o que día tras día tengamos entre todos que pagar sus errores-horrores a precio de sangre; es algo así como si nos hubiéramos anestesiado o narcotizado ante la impudicia del poder, y ya nadie reclama, se indigna, se rebela o simplemente protesta, sino que, asumiendo que todos los políticos mienten y se equivocan sin importar al partido al que pertenecen, cada devoto ciudadano apoya a su color, a los de su majada o nada más que atentan y atacan al que odian por alguna razón atávica o un motivo más o menos personal.

En cualquier ámbito de la vida nos cuidamos bien de no rodearnos de torpes o mentirosos, porque son personas que nos pueden conducir a la ruina o al descrédito. No son personas confiables, y, por ello mismo, procuramos tenerlos en la acera de enfrente, desde donde se les pueda ver venir. Sin embargo, en la política, este tipo de personajes no es que sean repudiables, sino que son los únicos que tienen oportunidades: criaturas con dobleces de moral y discurso capaces de enfrentar sin rubor los mayores desconciertos, haciendo pasar por bueno lo perverso. Técnicas de márquetin, sin duda, en la que el profesional del error y la mentira, el político, busca afanosamente la fortaleza sobre la debilidad de la cuestión para ensalzar a la primera y ningunear a la segunda. Por eso en el podrido medioambiente político cabe una razón y su contraria, lo blanco y lo negro, lo correcto y lo abyecto, excepto el rubor. Saben, porque dominan todas las técnicas de control sociológico, que Juan Pueblo es imbécil y que, por simpatía hacia él o por antipatía de su adversario, siempre contará con un número suficiente de votos que le procure mantenerse en la parte principal del abrevadero, dándose la gran vida. Ésta es la única verdad que conocen y manejan diestramente los políticos: todo lo demás es atrezzo, mentira, decorado de cartón piedra, verborrea, mendacidad de alma y miseria de espíritu.

Ninguna sociedad actual podrá llegar mucho más allá de las absurdas crisis sucesivas que continuamente nos sobresaltan o del manejo de las situaciones por la fuerza de la imposición que mejor cuadre con sus intereses: si la cosa se puede sobrellevar con falaces palabritas y dulces gestos de postín, bueno; pero si hiciera falta recurrir a las leyes, se armarán las que convengan a sus torcidos intereses, si que utilizar a los antidisturbios, lo harán como si tal cosa, y si que invadir países, adelante y a por ellos. Total, el lenguaje da para mucho, especialmente el políticamente correcto, y siempre se podrá decir algo bonito que convierta un genocidio en un acto de justicia, un saqueo en una intervención humanitaria, un descalabro económico en una situación transitoriamente adversa con brotes verdes, la ruina de un país en un coyuntura internacional producida por los NINJA o la corrupción en un ataque al partido. ¿Erráticos o mentirosos?...: ¿qué más da, si siempre habrá quien les vote?

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