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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Autoridad pública docente

Mario López
Mario López
miércoles, 23 de septiembre de 2009, 06:07 h (CET)
Un parche hace de una ley mala otra peor. Los parches nunca son inocuos. Desde tiempos de Maricastaña los funcionarios han llevado aparejado al cargo el rango de autoridad pública. La intención original del legislador al otorgar al funcionario tal distinción fue la de protegerle de las iras de otros ciudadanos que pudieran sentirse agraviados por algún acto administrativo llevado a cabo por él.

Un policía es autoridad pública porque entre sus funciones está la de detener a un malhechor en flagrante comisión de delito. El malhechor se pensará dos veces agredir al policía por las consecuencias penales que puede acarrearle la tipificación del delito de agresión a la autoridad. Pero los profesores de instituto, ¿han de ser también autoridades públicas? ¿Para protegerse de las iras de los niños? ¿Por qué quiere un niño de diez años ir al colegio? Un universitario va a la facultad porque quiere estudiar una carrera y labrarse un porvenir. Lo tiene claro ¿Pero un niño de diez años? Algún geniecillo precoz habrá por ahí que alucine con la estructura molecular del permanganato sódico en disolución alcalina y ya está pensando en ocupar plaza en el CSIC, pero no es lo más común. A los niños hay que estimularles se inteligencia natural, interesarles por las cosas, aprovechando su infinita curiosidad, su fidelidad al grupo y su amor por el juego. Un profesor con carácter, con sólidos conocimientos de la materia que imparte, con capacidad para transmitir sus conocimientos, con dotes lúdicas y habilidad para crear grupos, tiene prácticamente ganada la batalla del aula. Si con todo y con eso los chavales se le suben a la chepa, ahí debe de estar el claustro de profesores para mediar. Un claustro de profesores fuerte, que sea capaz de armonizar las diferentes asignaturas, que mantenga una disciplina razonable, un sistema didáctico coherente y homogéneo es el refuerzo necesario y suficiente para un buen profesor. Eso es lo que está fallando y eso es lo que hay que arreglar. No añadir a la ardua tarea del docente una responsabilidad policial por la que no siente la menor vocación ¿De verdad se cree alguien que un mal profesor, con un claustro inexistente, se va a ganar a sus alumnos por el solo hecho de portar galones? ¿No será la nueva autoridad pública un motivo más de mofa para la chavalería? Piénsese también que lo que en un principio se ha concebido como una protección se puede convertir, según en qué manos, en un arma fatal para la intolerancia. El afán por pervertir la naturaleza original de las cosas es uno de los vicios más arraigados en la condición humana.

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