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Cultura
Etiquetas:   Barcelona   Restaurantes  

Mario de “El Raval”

Un rincón de gastronomía y cultura en el histórico barrio de Barcelona
Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
martes, 19 de julio de 2016, 20:14 h (CET)
Por Michel Fonte

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La cocina es sencilla y genuina, el camarero, un rumano de Bucarest alto y delgado que creció en el borde de una doble religión, el catolicismo del padre y la fe ortodoxa de la madre, se mueve entre las mesas cubiertas con pesadas losas de mármol, estrenando un castellano de lengua tartamuda, pero a la vez muy gracioso, que genera empatía, no sé qué habrían pensado de él Benedetti, Bolaño, Vázquez Montalbán, Pedrolo, todos escritores que frecuentaron las esquinas de este barrio tan misterioso cuanto encantador, y algunos hasta comieron en esta tienda que queda a poca distancia de la Rambla del Raval, donde el gordo Gato de Botero mira indiferente el paseo de una aventurera rata, atraída por los olores de los restaurantes y bares étnicos que se asoman a ambos lados de la carretera, mientras alrededor un enredo de calles estrechas y largos callejones diseña un laberinto de colores y culturas, en que aparecen pastelerías árabes, fruterías indias, baratos peluqueros y pequeños artesanos, entre los cuales sobresale un zapatero casi escondido detrás de una pila de calzados, que trabaja en el fondo del local junto a un hombre con bigotes dejándose cortar el pelo por un joven vestido con un tradicional zobe, que maneja lentamente una tijera con sus perezosos dedos. Siguiendo en el camino se encuentran unos negocios de telefonía gestionados por pakistaníes, que como los chinos son capaces de emprender con éxito cualquier tipo de actividad comercial, un quiosco turco de kebab, una tienda de discos y productos de mercadería vintage y numerosos cafés, bares y cervecerías, en las que es muy difícil distinguir las razas y las orígenes de clientes, dueños y dependientes.

Entrando en el restaurante de Mario Mariano Pérez Ruiz, de inmediato uno se da cuenta de que todo emana cultura, un montón de libros está esparcido de manera desordenada en el mostrador, los títulos son muy originales (“El cocodrilo, la pareja de ancianos y los zapatos”,“La quimera de la inmortalidad”, “El insólito metro de Barcelona”) y provocan curiosidad en los frecuentadores, que pueden disfrutar no sólo de los cuentos del propietario sino también de una interesante biblioteca de textos culinarios, novelas y ensayos de contenido esotérico. Muchísimos cuadros cuelgan de las paredes, se trata de obras de María Teresa Batlle, compaña en la vida y en el arte de Mario, dado que se encarga de ilustrar con dibujos sus obras literarias. El estilo parece tener una marcada conexión con la pintura metafísica de De Chirico y, por el uso de colores vibrantes y explosivos, con la técnica de Matisse, además, se destaca un enlace con el simbolismo expresado por Gauguin en su período tahitiano, no por la correspondencia de los sujetos representados sino por la fuerza alegórica y misteriosa que evocan las figuras retratadas. Los clientes del restaurante son italianos, franceses, ingleses, argentinos, alemanes y brasileños, que se relacionan con los autóctonos catalanes y los ibéricos y latinos que residen en Barcelona desde décadas, todo un crisol de etnias, culturas y profesiones que se alternan en un vaivén sin tregua, con sus lenguajes y costumbres desapareciendo al saborear una comida servida con un estilo minimalista, que recuerda las tascas de un tiempo antiguo, los hogares de las familias numerosas, las bodegas humildes donde siempre había la sonrisa de una madre a dar la bienvenida o, como en este caso, los brazos abiertos de un padre. El paladar nunca miente y confirma la capacidad de la gastronomía para crear relaciones. Entre una variedad de empanadas de carne y cebollas, pollo, queso y champiñones, pulpo, espinacas y jamón, los clientes intercambian opiniones y charlando con amabilidad en un ambiente cálido y acogedor, de manera natural nacen amistades, amores, afinidades intelectuales y conversaciones enrevesadas de una noche. En estas situaciones nunca faltan las anécdotas y palabras sabias de Mario que cierran las bocas y abren los oídos. El dueño con su inteligencia sabe ser sociable y discreto al mismo tiempo, interpretando el triple rol de cocinero, psicólogo y escritor, éste último relegado al momento fugaz de las inspiraciones que se revelan entre una pizza y un plato de macarrones, y que lo llevan a escribir deprisa en un cuaderno siempre listo para el uso. El ambiente de convivencia y comensalidad produce un efecto muy extraño, en cuanto todo el mundo está más interesado en el presente de las personas que en su lugar de origen, rechazando cualquier forma de rancio nacionalismo y paranoico chauvinismo, de hecho, hay una multitud vibrante que sin olvidar sus raíces, se deja guiar por la fuerza magnética de una humanidad que enseñando sus defectos y sus virtudes no teme la imperfección.

Después de comer un plato de jugosos mejillones, aprovecho un delicioso tiramisú escuchando con atención lo que Mario me cuenta: “Benedetti fue un gran escritor, pero sobre todo era un caballero de otra época, siempre dispuesto a ofrecerles un almuerzo o una cena a los que no podían permitírselo, en cambio Roberto Bolaño que vivió aquí en el Raval - me dice mientras con la mano indica la esquina de Carrer de la Cera, donde el restaurante de familia, L'Àvia, sigue quedando abierto durante casi tres décadas - precisamente en Carrer dels Tallers, era un tipo raro con muchas manías. A menudo, nos reuníamos en su pequeño y modesto piso, unos treinta metros cuadrados con un baño compartido en el pasillo, o en el Bar Céntric, para hablar de literatura, en aquel tiempo se la pasaba muy mal, con muchas ideas en la cabeza y poco dinero en el bolsillo, como todos los escritores que persiguen la fama. Me acuerdo de que iba por aquí para vender libros y ganarse la vida, sin duda tenía una mente brillante pero estaba un poco loco, a tal punto que una vez salió para México y se metió en problemas”.

Le pregunto a qué se refiere.
“Cuando comenzó a escribir la famosa novela 2666, decidió volver a México para indagar sobre el tráfico de drogas, pero con su exceso de curiosidad terminó pisando los pies a los carteles criminales, tuvo que intervenir un oficial de alto rango de la policía local – una persona que ha permanecido durante mucho tiempo en Barcelona y con el que he tenido una larga amistad – para rescatarlo. El asunto no fue fácil de resolver porque ya estaban listos para matarlo y deshacerse del cuerpo, el detective se vio obligado a tratar para llegar a un pacto con la mafia local, por lo que me contó, rubricaron un acuerdo verbal que preveía el silencio absoluto de Bolaño sobre todo lo que había visto y oído a cambio de la liberación, en otras palabras, no debía escribir ni una línea con referencia al narcotráfico. Éste gran amigo y hombre de la ley me narró muchas cosas crueles que le suceden a la gente en México, y debo reconocer que es también un excelente escritor de novelas policíacas, ahora, por lo que sé, vive en los alrededores de Londres”.

Sugiero que gran parte de lo que los escritores narran refleja acontecimientos de la vida real.
“Por supuesto,” dice antes de añadir “muchas historias se extrapolan de la cotidianidad – basta pensar a lo que dijo Heidegger sobre el dominio silente de lo cotidiano – teniendo en cuenta la dinámica del cambio que se genera en la sociedad con el paso del tiempo. La misma novela El Pianista de Vázquez Montalbán, analiza la transformación de la estructura social y cultural de la ciudad de Barcelona y está totalmente inspirada en hechos reales”.

Es un placer escuchar a Mario, todos sus gestos revelan una alta sensibilidad que no siempre le pertenece al intelectual o al artista, tal vez su condición de exiliado que tiene en las venas sangre uruguayo, italiano y catalán por parte de abuelos paternos y maternos, le otorgó por encima de todo el corazón de un ser que conoce la complejidad del mundo, el encanto y la desesperación de las largas noches del Raval, diseñadas para el hombre común pero no para el hombre banal. En este pedazo de ciudad, oscuro e iluminado al mismo tiempo, relucen las formas y los colores de los Barrios Españoles de Nápoles (Quartieri Spagnoli en italiano), sin embargo todo es más ordenado, más vigilado, y las islas de la ilegalidad, que claramente existen, nunca pueden convertirse en zona franca para el crimen. Me da curiosidad el saber cómo cambió El Raval durante los años y cómo explicar su reputación de barrio problemático, donde junto a personas que viven honradamente de su trabajo, hay muchas prostitutas, artistas agobiados, poetas sin un duro, abusivos, drogadictos, traficantes de todos tipos de mercancia, estudiantes y personas en busca de identidad, como en las viejas y estupendas fotos en blanco y negro de Miserachs.

“Las inmigraciones han transformado El Raval, es decir, lo que un tiempo era llamado el Barrio Chino,” afirma mientras pone en el horno una fuente de patatas a la calabresa y continúa hablando “este primer nombre se lo dio un periodista, Paco Madrid, pero no se sabe por qué, unos relatan que vio unos chinos en las calles vendiendo bisuterías, otros cuentan que lo encontró muy parecido por sus rasgos pintorescos al suburbio chino de San Francisco en EE. UU., cuyas características aprendió a través de un libro de viaje escrito por Miguel Toledano, sea como sea, la historia revela que la aceptación del extranjero siempre fue un sello distintivo del barrio. A los principios se trató de inmigración interna, hombres y mujeres que llegaban aquí de otras regiones pobres de España, como Murcia y Galicia, sucesivamente, en los años setenta, con el advenimiento de las dictaduras en América Latina – Chile, Argentina, Uruguay y Brasil – muchos hispánicos encontraron su nueva casa en Barcelona, escapando del sistema represivo de aquel contexto horrible marcado por torturas, secuestros, delitos sexuales, homicidios y desapariciones. Hoy en día es diferente, hay un mezcla de razas, sin embargo El Raval no pierde su capacidad de acoger al prójimo y su connotación de fortaleza de la izquierda radical, es por eso que en las últimas elecciones municipales el alcalde Ada Colau, respaldada por su coalición, ha obtenido en este barrio un consenso mayoritario que alcanzó el 35% de los votos válidos”.

Le hago una pregunta sobre los italianos en general y los que viven en el Raval en particular, que según las estadísticas, son la primera comunidad europea en el barrio con cerca de 1.397 residentes y el séptimo de las cuarenta nacionalidades presentes, tan sólo por detrás de las minorías asiáticas (bangladesís, filipinos y paquistaníes), norteafricanas (marroquíes y argelinos), y de la comunidad boliviana.

“Muchos italianos frecuentan mi local, son del norte, del sur y del centro de Italia, es fácil reconocerlos por su acentuada gestualidad, pero al final lo que tiene importancia son las personas no de donde vienen, siempre digo que lo mejor y lo peor conviven en todos los pueblos, las ciudades y los barrios, y cada uno tiene su lado oscuro que enfrentar para crecer como individuo y ciudadano, a mí lo que me molesta es la falta de respeto no el color de la piel, la religión o la procedencia”.

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En una mesa a lado de la mía un grupo de italianos acaba de aplaudir a Mario que con su pala eléctrica celebra el inolvidable rito de quemar el azúcar de la crema catalana. El humo espeso sigue llenando el ambiente mientras me acerco para captar el estado de ánimo de los comensales, me entero que algunos viven en Barcelona desde hace años, son los inmigrantes del nuevo milenio que han decidido dejar el “Bel Paese” para probar suerte en el extranjero. Hablo con Genaro (Gennaro en italiano), un muchacho que trabaja como camarero en un restaurante y que haces tres años salió de Pozzuoli, un pequeño pueblo ubicado en la bahía de Nápoles, le pregunto por qué pasar una noche en el Raval y por qué en este local.

“La verdad es que lo que hace la diferencia es la presencia de Mario y de los tipos increíbles que puedes encontrar en este lugar mágico, además, uno puede comer rico y barato y con el menú italiano es sentirse como en casa”.

Entiendo por sus palabras que extraña mucho a su país y me lo confirma.
“Por supuesto, sobre todo la familia, pero Barcelona es una ciudad estupenda que acepta a todos con sus diversidades, no nos podemos quejar, de otra parte, emigrar ha llegado a ser casi normal, lo más importante es construir relaciones que pueden ayudar en los momentos difíciles que, sin duda, no faltan para los jóvenes como yo, obligados a vivir con escasos medios económicos porque la precariedad laboral nos afecta y a menudo necesitamos el apoyo financiero de los padres”.

Incluso Marco de Turín, un estudiante de la facultad de derecho que participa al programa Erasmus, desea intervenir en la conversación expresando su sentir: “Mario es diferente de los otros, a menudo les ofrece un chupito o un postre a sus clientes después de una abundante comida, creo que es su forma de agradecerles demostrando un sentido de la humanidad que no es para nada usual, para mí no es un simple minorista sino un tío con el que se puede hablar libremente de cualquier tema, hasta se convierte en una persona digna de confianza”.

Le empujo a decirme que opina de la ciudad y de la vida cultural en la capital catalana. “Aquí todo funciona bien, los servicios de transporte y recolección de basura son excelentes y nunca he visto en mi vida limpiar las calles tres veces por día. Con respecto a la oferta cultural, es muy variada, y si a uno no le falta tiempo sólo tiene que elegir la actividad que le gusta, dado que hay exposiciones, museos, conciertos y mucho más, la verdad, es que siendo una ciudad costera, está abierta a muchas influencias que le permiten desarrollar nuevo nexos y contactos que la enriquecen, y encima, se puede disfrutar de un clima muy agradable durante todo el año. Deseo aprovechar al máximo la oportunidad que se me dio para estudiar en esta hermosa ciudad”.

La noche avanza y pequeños grupos de personas, muchachos y treintañeros, andan por las aceras con muecas de cansancio, ojeras hundidas, flacidez en los párpados y arrugas marcadas, testimoniando la resaca de una larga vida nocturna. Alguien entra en el local para una rápida merienda o comprar algo de comida para llevar a casa. Son las tres de la madrugada cuando Mario baja el cierre metálico y tranca la puerta decidiendo sentarse en la mesa, agotado después de otro día interminable de trabajo. Está a punto de beber un jugo de naranja y a pesar de ser tarde acepto su invitación a tomar un café, y me quedo observándolo mientras lee por encima El País y prepara la lista para el menú del día siguiente, que ya viene llegando. Aprovecho este momento de descanso para que siga contándome historias.

“Bardem ha comido en mi tienda cuando grabaron aquí en El Raval la película «Biutiful» del director Iñárritu, es un actor que cuida mucho su privacidad y me preguntó si podía almorzar en la cocina lejos de miradas indiscretas, así que no hubo oportunidad de conversar con él, mientras que tuve una buena charla con el director León de Aranoa, el de «Los lunes al Sol», que me impresionó positivamente por su cordialidad y su vasto y solido equipaje cultural”.

Hablando y tomando nos detenemos a mirar hacia el pasado y considerar el paso veloz del tiempo, que como dijo Luis de Sandoval Zapata es un contraste de imágenes en “que haber vivido más es haber visto mayores desengaños por más suertes”, entretanto el árbol de la vida crece y sus raíces parecen adquirir importancia a mano a mano que se acerca el ocaso de la existencia terrenal. Me atrevo a preguntarle a Mario cuándo fue la ultima vez que estuvo en Uruguay.

“Hace exactamente 39 años, salí del país el 20 de diciembre de 1977 para huir antes a Argentina y luego a Brasil, nunca he podido volver, porque todos los que de alguna manera estuvieron involucrados en la lucha contra la dictadura, han sufrido represalias. A pesar del restablecimiento de la democracia, los revolucionarios no tienen buena acogida, es algo que ya le pasó a muchos de mis compañeros, en cambio, los militares de alto rango que desempeñaron su protagonismo sangriento durante aquel capítulo oscuro, no sólo quedaron impunes sino que también siguen obstaculizando el curso de la justicia, a través de testaferros del poder, y acosando a los opositores que reclaman su condena. Me siento desgarrado porque, por un lado, quiero volver a mi país durante un tiempo, y por otro lado, como diría el pintor Doménec Batalla, tengo miedo al dolor que podría sentir sacando el polvo de los recuerdos de la infancia y de que pueda ser victima de una vendetta de los que jamás olvidan”.

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Al decirme esas palabras la mirada se empaña y el alma se pierde entre memorias y nostalgias inenarrables, así que decido cambiar de tema y preguntarle si alguna vez ha tenido problemas con los sujetos raros de la movida nocturna.

“No, en absoluto, los molestadores nunca faltan, pero hay que saber como tratar con ellos. Una vez un borracho se sentó a la mesa para comer una pizza y tomar una copa de vino, al entrar ya me había dado cuenta de su mala pinta, de hecho, cuando terminó su cena me dijo que no tenía dinero y se fue hacia la puerta, lo agarré justo a tiempo para quitarle las gafas y decirle que se las devolviera en cuanto me pagaría. Salió de la tienda, y sabes los borrachos ven doble, tal vez sin anteojos veía triple, sea como sea, el gorrón se topó con la cabeza contra un muro gritando «!Cuántos muros hay en Barcelona!», el golpe fue tan fuerte que recobró la cordura y decidió volver a pagar la cuenta para recoger sus gafas”.
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