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Las prácticas comerciales rapaces de China

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 21 de septiembre de 2009, 06:19 h (CET)
WASHINGTON - Durante años, los presidentes estadounidenses se han enfrentado al enigma de China: ¿Cómo se lidia con un país de prácticas comerciales rapaces sin desatar una ola de proteccionismo global? La reciente decisión tomada por el Presidente Obama de imponer de sopetón elevados aranceles a las importaciones de neumáticos chinos durante tres años, partiendo del 35 por ciento y bajando al 25 por ciento a finales del ejercicio, refleja el dilema. No hacer nada al respecto de las políticas comerciales de China equivale a pedir más. Pero atacarlas con demasiada agresividad minaría la cooperación entre Estados Unidos y China en otros terrenos (de Corea del Norte a la regulación financiera) y correría el riesgo de provocar una guerra comercial más amplia.

Los 16 mil millones de dólares de valor neto del mercado de llantas no parecen ser una mecha probable. Es cierto que de 2004 a 2008, las importaciones de China pasaron a representar del 3 al 11 por ciento del consumo estadounidense (la totalidad de las importaciones alcanzaron el 42 por ciento). Las llantas chinas se venden cerca de un 19 por ciento más baratas que sus competidoras estadounidenses, según afirma una investigación encargada por la Comisión Comercial Internacional de los Estados Unidos (CCI). A lo largo del mismo período, cuatro plantas de neumáticos echaron el cierre y el sector perdió casi 5.200 puestos de trabajo. Tres plantas más, con una plantilla estimada en 3.000 trabajadores, podrían cerrar a finales de año, lo que arroja un total de 25 plantas y unos 28.000 trabajadores. Sin embargo, las importaciones baratas no son el único problema del sector. La recesión, las ventas de vehículos al por menor que no levantan cabeza y una menor conducción también han pasado factura.

En el mejor de los casos, los elevados aranceles podrían estabilizar el empleo. Los críticos argumentan plausiblemente que la pérdida de competitividad de los neumáticos chinos estimulará la importación de neumáticos de otros países (Indonesia, México) o elevará la producción en las plantas estadounidenses infrautilizadas sin que haya más contrataciones. Los precios más elevados de las llantas podrían desalentar el gasto del consumidor. El efecto neto sobre la economía, aunque remoto, dista de estar claro.

Es comprensible que los chinos reaccionaran con dureza. Los aranceles fueron impuestos valiéndose de una opaca disposición legislativa del código comercial estadounidense que permite la elevación de reclamaciones contra aquellas importaciones chinas que "causen o amenacen con causar la desorganización del mercado". La norma jurídica para ello, según lo dispuesto por la Comisión, no es muy estricta, pero el presidente debe aprobar el arancel final a imponerse. El presidente Bush dijo "no" en cuatro ocasiones. Ahora que Obama ha dicho "sí", China debe temer que se produzcan más casos, con la entrada en juego del acero, el textil, el calzado y Dios sabe qué más. Con el fin de disuadir de imponer más barreras comerciales, China ha amenazado con emprender acciones legales contra las importaciones de repuestos automovilísticos y pollos estadounidenses presuntamente abaratadas.

La adopción de represalias como respuesta a otras podría detonar una guerra comercial mundial. Si los Estados Unidos y China lo hacen, ¿por qué no los demás? Las barreras a las llantas, los repuestos, el pollo - o lo que sea – podrían Inspirar medidas similares a otros países con el fin de prevenir el desvío de las mercancías a sus mercados. El coqueteo con el proteccionismo es peligroso. Anunciar el arancel poco antes de la cumbre económica de países del G-20 convocada los días 24-25 de septiembre en Pittsburgh hace que los previsibles pronunciamientos anti-proteccionistas solemnes resulten aún menos veraces.

Pero tolerar las prácticas comerciales rapaces de China también es peligroso. Las baratas exportaciones de China reflejan algo más que bajos salarios. El gobierno promueve y subvenciona activamente las exportaciones, especialmente a través de una moneda devaluada artificialmente. La devaluación abarata el precio de los productos chinos. El economista Nicholas Lardy, del Instituto Peterson, cifra la actual ventaja en los precios entre un 15 y un 20 por ciento. Podría ser más. El economista Eswar Prasad, de la Universidad de Cornell, sostiene que el crédito barato y el suelo y el consumo eléctrico subvencionados mejoran aún más la competitividad de los precios de las exportaciones chinas.

Del mismo modo, la devaluada moneda disuade de la importación al encarecerlas, y China también da preferencia a la producción local a través de otras políticas. Las empresas europeas se quejan, por ejemplo, de que China las discrimina en su mercado de energías solar y eólica.

Si bien la economía mundial estaba en auge, estas políticas dieron lugar a superávits comerciales cada vez más notables y a rebosantes reservas de divisa exterior que, reinvertidas en títulos de deuda pública estadounidense entre otros valores, podría decirse que rebajaron los tipos y contribuyeron a la crisis financiera. Ahora, las mismas políticas mercantilistas podrían exportar paro a otros lugares. Estados Unidos no es el único objetivo. Europa y algunos países en vías de desarrollo también acusan el efecto de las exportaciones chinas abaratadas. Mientras tanto, China puede aprovechar sus enormes reservas de divisa, estimadas hoy en 2,1 billones de dólares, para adquirir porcentajes de referencia en más mercados de materias primas (petróleo, minerales, alimentos) y empresas extranjeras.

En general, se trata de una fórmula encaminada a ampliar el peso económico de China a expensas de todo el mundo. Los chinos defienden estas políticas, pero hasta ellos reconocen en cada vez mayor número los inconvenientes de su dependencia del comercio. La recesión mundial ha encogido los mercados a ultramar, y las exportaciones se han desplomado. China respondió correctamente al estimular su economía nacional. Lardy, por su parte, piensa que las esperanzas de apuntalar un rápido crecimiento económico son buenas, porque - entre otras razones - los niveles de deuda son bajos. La deuda de las familias alcanza aproximadamente el 20 por ciento del producto interior bruto de China en comparación con el 100 por ciento de los Estados Unidos. El gasto social también está aumentando rápidamente. Pero China debería acompañar sus expansionistas políticas nacionales del desmantelamiento de sus prácticas comerciales interesadas.

Así que el veredicto de los aranceles a las llantas de Obama es paradójico. Como proteccionismo que es, constituyen una mala política. Pero trasladan a China el mensaje correcto: prohibido continuar con la actividad. El comercio rapaz genera desequilibrios económicos desestabilizadores y resentimiento político. Ello amenaza a la economía mundial.

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Esta columna será publicada por la revista Newsweek.

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