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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · David S. Broder
Las guerras del neumático


David S. Broder


David S. Broder David S. Broder
lunes, 21 de septiembre de 2009, 08:17
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WASHINGTON - En medio de un debate económico que se mide a través de sobrecogedoras sumas de miles de millones y cifras de desempleo que se registran en cientos de miles de parados, los riesgos del conflicto de la importación de neumáticos con China parecen frívolamente remotos.

La Comisión de Comercio Internacional de la administración recogía que un repunte de las exportaciones chinas de llantas de bajo coste ha costado al trabajador estadounidense 5.000 puestos de trabajo. Basándose en ese informe, el Presidente Obama imponía aranceles, partiendo del 35 por ciento, a los neumáticos de fabricación china.

En sí mismo, el contencioso no parece relevante en absoluto. Pero al igual que la proverbial china en el zapato, la irritación que ha despertado y las consecuencias del enfrentamiento podrían llegar a mayores.

La denuncia contra las importaciones era presentada por el Sindicato de Acereros Unidos, un importante aliado político del presidente y los Demócratas del Congreso -- en concreto aquellos que Obama se está esforzando por incorporar a su legislación enseña de la sanidad.

Muchos en el sector temen que esto sea solamente la salva de apertura de lo que podría convertirse en una guerra comercial mucho más extendida y más peligrosa.

Por el momento, los chinos han amenazado con represalias exclusivamente menores, un recorte importante en la demanda de repuestos de automóvil y pollo procedentes de los Estados Unidos. Pero ambas partes tienen un montón de armas adicionales y más dañinas que podrían desplegar.

Obama decía esta semana ante una audiencia de Wall Street que esto no es lo que pretende. Apuntaba que los chinos habían accedido, en el marco de las negociaciones de ingreso a la Organización Mundial de Comercio, a que Estados Unidos podía acabar con los "picos" de importaciones sin tener que dar cuenta de prácticas comerciales desleales. El repunte es real -- triplicación de las importaciones de neumáticos en pocos años -- y Obama decía que simplemente estaba implantando la norma que los chinos habían aceptado.

Pero como siempre ocurre con las disputas comerciales, la cuestión es más compleja. La mayoría de los neumáticos chinos que serán penalizados se fabrican en plantas estadounidenses afincadas allí. Los fabricantes de neumáticos americanos se han desplazado a la gama alta del mercado. Lo más probable es que si se impide el desembarco de las importaciones chinas, otros países extranjeros de salarios bajos las reemplacen.

La cuestión más importante es lo que nos dice esta decisión del enfoque que tiene Obama del comercio. Durante la campaña fue deliberadamente opaco, prometiendo ampliar las exportaciones pero aprobando en momentos puntuales medidas claramente proteccionistas. Desde las elecciones, no hemos sabido más de su promesa demagoga de renegociar el Tratado de Libre Comercio de las Américas. Pero su gobierno no ha presionado por sacar adelante los acuerdos comerciales pendientes desde los años de George W. Bush.

Bill Clinton fue igualmente blando al principio, pero al final se convirtió en un firme defensor de la expansión del comercio mundial. Las poderosas fuerzas que remodelan la economía internacional probablemente empujen a Obama en la misma dirección. Pero su partido es cada vez más escéptico con los beneficios del comercio, y es probable que él esconda la cabeza más de lo que marque un rumbo claro.

El peligro reside en que una vez que se asesta el primer golpe a la competencia exterior, es imposible saber lo que pasará después. Obama ha asumido el riesgo, así que crucemos los dedos.

Jody Powell, el secretario de prensa de la Casa Blanca Carter, fallecido esta semana tras un ataque al corazón a los 65 años de edad, fue uno de esos espíritus vivos cuya personalidad contribuye a despejar los nubarrones de la polémica que envuelven a la capital. Desembarcando con el ex gobernador de Georgia, Powell hizo un esfuerzo más que nadie de la administración Carter por convertirse en parte de los círculos políticos y periodísticos de la capital. Su arma preferida era su travieso sentido del humor, que no nublaba su firme partidismo y sus lealtades personales, pero que le permitió a hacer amigos entre muchos de los que nunca han superado su escepticismo hacia su superior. Honesto, astuto, de fácil convivencia, se convirtió merecidamente en una de las figuras públicas más populares de esta ciudad.

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