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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Jugar a la baza racial

Kathleen Parker
Kathleen Parker
domingo, 20 de septiembre de 2009, 07:09 h (CET)
WASHINGTON - Las acusaciones de racismo vertidas estos últimos días, desde las de las páginas de opinión hasta la interpretación que hace Jimmy Carter de la salida de tono "¡mientes!" del Representante Joe Wilson, están demostrando ser... complicadas.

Las más raras fueron las de los comentarios del Representante de Georgia Hank Johnson diciendo que, sin una resolución de la Cámara censurando a Wilson, Estados Unidos "volverá a ver gente que se pone capuchas blancas y uniformes, y que va por el campo a caballo intimidando a la gente".

Uf. Qué poco ha faltado.

El racismo no es algo para bromear, por supuesto, y durante la campaña he escrito acerca de mis propios motivos de preocupación. Pero algunos de los comentarios últimamente han sido tan histéricos que son ridículos. Es profundamente irresponsable, por ejemplo, llamar racista a Wilson dadas las circunstancias - tan malo, si no peor, que llamar embustero a alguien.

Carter no se equivoca por completo cuando dice que el racismo está detrás de parte de la animadversión hacia el Presidente Obama. El racismo no está muerto en Estados Unidos, y parte de aquellos a los que no les gusta Obama, no les gusta porque es negro. Esto es estadísticamente probable, aunque no necesariamente "significativo" en sentido estadístico.

Vale la pena apuntar que el índice de popularidad de Obama rozaba el 70 por ciento en enero, cayendo al 45 por ciento a principios de este mes. ¿Se ha vuelto racista de pronto toda esa gente? ¿O, como dice estar Wilson, está apasionadamente preocupada por el rápido crecimiento del gobierno y la deuda pública?

Es cierto que el estado de origen de Wilson, Carolina del Sur, no ha facilitado ni ha hecho plato de buen gusto salir en defensa del Sur, pero aquellos que han hecho suya la consigna de Wilson el racista le están condenando con pruebas muy circunstanciales. Ellos citan: (1) su pertenencia a la asociación de Hijos de los Veteranos Confederados, (2) sus objeciones cuando Essie Mae Washington-Williams, una afroamericana, reveló que Strom Thurmond era su padre, y (3) el hecho de que Wilson combatiera hace varios años los esfuerzos por retirar la bandera Confederada de guerra de la legislatura estatal de Carolina del Sur.

Tan ajenas como suenan las filiaciones Confederadas de Wilson a los que no son del Sur, no le convierten automáticamente en un racista. Racistas improvisados aparte, muchos sureños ven la bandera como símbolo del valor de sus ancestros, no como defensa de la esclavitud ni como expresión de repulsa hacia los negros. La reacción de Wilson a la hija negra de Thurmond, diciendo que su revelación era una tentativa indecorosa de difamar la reputación del senador recientemente fallecido, fue descortés, ofensiva, y evidentemente inaceptable. Wilson, que trabajó para Thurmond con anterioridad, se disculpó posteriormente.

Pero ¿estuvieron sus protestas inspiradas por el racismo?

Todo es especulación, con independencia de la parte que se adopte, y no tengo mayor interés en defender a Wilson que en hacerlo con las desagradables ideas que ha generado el Sur. Como residente de Carolina del Sur, sin embargo, a menudo me encuentro intentando explicar este extraño lugar en el que la familia de mi madre se asentó a finales del siglo XVII. Para que conste, escribí tres columnas defendiendo la retirada de la bandera, que fue izada en el año 1962, con Fritz Hollings, Demócrata, como gobernador.

Con independencia de lo que provocara la grosera manifestación de Wilson, en última instancia puso en evidencia nuestra recalcitrante reacción a cualquier acción o comentario que implique a un afroamericano. Es el colmo (o lo más bajo) del racismo sugerir que cualquier oposición a las políticas de Obama se basa en la raza.

Lamentablemente, los agentes Republicanos han puesto en práctica las suficientes prácticas racistas para hacer que parezca una acusación gratuita. Existe una razón de que la estrategia del Sur, valerse del resentimiento de los blancos hacia los negros para cosechar votos, haya funcionado en las últimas décadas. Hay una razón para que los mezquinos frustraran las aspiraciones de John McCain en las primarias de Carolina del Sur en el año 2000 al sugerir que su hija adoptiva de Bangladesh era en realidad su hijo negro ilegítimo. Hay una razón que explica que, en el año 2006, los Republicanos produjeran un anuncio contra el candidato negro al Senado Harold Ford en el que aparecía una mujer blanca guiñando pícaramente el ojo mientras recordaba haberle visto en una fiesta de Playboy y también invitarle a llamarla.

Con razón examinamos estos episodios en busca de correcciones. Cuando aparece el racismo, debe ser denunciado y condenado al ostracismo. Pero seamos igualmente brutales con la sensibilidad del racismo inverso, el tipo que oculta o dificulta la búsqueda de la verdad. ¿Es remotamente posible, por ejemplo, que el miedo a parecer racistas y reprimir el voto negro haya obstaculizado los esfuerzos por denunciar el fraude electoral cometido por el colectivo pro-Obama ACORN que los activistas Republicanos llevan años intentando sacar a la luz?

Fuentes próximas a la campaña McCain en 2008 afirman que estaba tan preocupado por no aparentar ser racista que se mostró reacio a destacar su historial como héroe de guerra en contraste con el de organizador de la comunidad. También tenía una lista de palabras, incluida "arriesgado", que se negaba a utilizar por miedo a denotar algo racialmente negativo acerca de su contrincante.

Todas éstas son razones suficientes para ser sensibles con la raza, pero también a ser desconfiados con el epíteto racista. Nuestro pasado racialmente dividido, y nuestro futuro esperanzadamente unificado, son demasiado importantes para ser secuestrados para fines políticos -- por cualquiera de las partes.

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