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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los riesgos de la libertad

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 19 de septiembre de 2009, 08:44 h (CET)
Nada es fijo ni permanece para siempre. Ni siquiera las galaxias son eternas. Una de las condiciones fundamentales de lo vivo es la mutación, el cambio, la evolución... y la muerte. El riesgo, en fin, es parte del bagaje de la vida, y, en buena medida, lo que la confiere el encanto que tiene, su volatilidad, su incertidumbre. Nada, nada absolutamente permanece fijo, y todo puede cambiar de un momento a otro, de un instante al siguiente, del ahora al ahora mismo. Ni el amor, ni la salud, ni la seguridad o la estabilidad permanecen inmutables, sino que todo ello se transforma por virtud de las circunstancias y aún del mismo estado de ánimo de los individuos.

La vida, en fin, es riesgo, y en esa incertidumbre permanente en la que nos movemos es donde hallamos nuestras fortalezas, desarrollamos nuestras capacidades y convertimos nuestra fragilidad de seres finitos en la grandeza de trascendernos. Todo, todo pasa, desde las montañas a las civilizaciones, y sabemos también que pasaremos cada uno de nosotros, que un accidente cardiovascular o uno de tráfico, si no la misma edad, nos darán un día el finiquito de este orden de cosas que habitamos para, probablemente, habitar otro orden distinto o volver a comenzar otra aventura vital. Pasaremos, pero seremos mejores o peores según hayamos aprovechado las lecciones de esta existencia, según hayamos asumido los riesgos de la libertad para evolucionar, y, cuando estemos en el Bardo, tendremos la capacidad de elegir una nueva vida conforme a esa misma osadía.

Además de todo, somos la única especie —o eso creemos— que es capaz de comprender no sólo que vive, sino que está inmersa en un cosmos que aparentemente al menos no tiene conciencia de sí mismo. Nuestra libertad, nuestra capacidad de elegir y de perseguir nuestros ideales o nuestros sueños es precisamente lo que nos confiere carácter de criaturas especiales, pues que podemos o no estar gobernados por el animalesco instinto, podemos elegir entre los correcto y lo incorrecto, y hasta tenemos el albedrío de hacerlo con lo conveniente o lo inconveniente, aunque lo aparentemente conservador de la vida nos cause la muerte del alma. A veces, ya se sabe, en las dosis correctas el veneno cura y el en las proporciones incorrectas la medicina mata. El bien, dicho de otra forma, trae enjaretado un mal, y viceversa.

Todo este rollo viene a cuento de la estúpida y desmedida capacidad de nuestros políticos para coartar la libertad, siquiera sea empuñando falazmente el manido sofisma de “lo hacemos por su bien”. Nadie que limite la libertad hace bien alguno, nadie. Ítem más, quienes recortan las plumas de la libertad son liberticidas, sea simplemente porque nos quieren salvar de un cáncer de pulmón o por razones de seguridad. Los liberticidas, siempre, son bestias dictatoriales que tratan de impedir la evolución de sus semejantes, implantando criterios arbitrarios o personales: son los adversarios del alma humana.

La libertad es la clave que soporta el arco humano, la piedra angular sobre la que descansa todo el peso de la construcción vital. Sin ella no somos nada, sino apenas bestias consagradas a sostener instintos básicos en nada diferenciables de especies menos evolucionadas. Es la libertad la que nos descubrió hace millones de años el arte, la que nos empujó a organizarnos y a reunirnos para sobrevivir a un entorno hostil y poder superar así los grandes retos de la supervivencia, y es la libertad la que nos ha elevado de nuestra condición elemental a un orden de inteligencia capaz de vislumbrar las maravillas de la existencia misma. Es probable, muy probable que en su uso nos equivoquemos, que incluso algunos produzcan su misma muerte por un uso inadecuado de la misma, o que sacrifiquen su vida por el bien de los demás —el acto supremo de generosidad y heroísmo—; pero sin libertad no somos nada, y cada día nos hacen más nada los desvelos del gobierno y los gobernantes por prohibir cosas, nos limitan las cámaras que atestan las calles, nos obstaculizan las autoridades creadas a dedo, todos esos pastores que nos conducen como si fuéramos una piara o un rebaño, y nos impide evolucionar esta suerte de enanos intelectuales que nos dirigen y controlan en base a prohibiciones y pánicos creados artificialmente, buscando en ello una ventaja mezquina o un negocio redondo. Ellos, precisamente, por su propia condición de prohibidores, son los enemigos de la evolución, de la vida y del mismo universo, que es decir de la libertad.

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