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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El momento propicio en el comercio

Marie Cocco
Marie Cocco
viernes, 18 de septiembre de 2009, 05:44 h (CET)
No es el momento adecuado. Pero es que nunca lo es.

Nunca era el momento oportuno para que los reguladores federales auditaran los beneficios de los misteriosos títulos derivados que vendía Wall Street y el resto de opacos mercados -- es decir, hasta que todo el goloso castillo se vino abajo. Nunca había un momento adecuado para poner orden en la avarienta industria de las hipotecas de riesgo antes de que fuera demasiado tarde.

En la memoria política reciente, nunca había un momento bueno para subir el salario mínimo, ni siquiera a finales de la década de los 90 -- cuando la economía era un torrente de puestos de trabajo nuevos -- ni en el año 2007, cuando el poder adquisitivo del salario mínimo ajustado a la inflación había caído a su nivel más bajo desde 1955. A pesar de promulgarse dos subidas en medio de acalorados debates, el valor ajustado a la inflación del presente salario mínimo de 7,25 dólares la hora está por debajo del que era en 1968.

Huelga decir que nunca hay un buen momento para subir los impuestos, con cualquier finalidad.

Y ahora es un momento muy oportuno para recordar estos argumentos, porque se nos está diciendo que definitivamente no es el momento de que el Presidente Obama obligue a cumplir las leyes comerciales existentes contra China por la forma en la que ha propiciado un repunte de neumáticos baratos en el mercado estadounidense.

Se nos advierte que esto es peligrosamente proteccionista, y que podría provocar una guerra comercial a nivel mundial. Después de todo, los chinos podrían dejar de comprar nuestros pollos. Peor aún, tal vez dejen de comprar nuestra deuda pública.

O quizá no sea buen momento para que el consumidor que no tiene un centavo pague un poco más por los neumáticos debido a la subida de los aranceles a estas importaciones. Esta última afirmación se hace sin ironía, ignorando que el consumidor se aprieta el cinturón en parte debido a que su salario se ha estancado o ha disminuido debido a la implacable presión del mercado global, con su interminable oferta de mano de obra de salario bajo.

Las críticas se vierten en contra de la decisión de Obama de imponer aranceles más altos a los neumáticos chinos -- siguiendo la recomendación de la Organización de Comercio Internacional, una entidad independiente que asesora al gobierno estadounidense en materia comercial. La Comisión considera que China ha violado la ley y recomendó aplicar subidas arancelarias incluso más altas de las establecidas por el presidente.

Bajo una normativa a la que China accedió como parte del acuerdo que permite su ingreso en la Organización Mundial de Comercio, Estados Unidos puede actuar de manera unilateral contra las importaciones chinas si se concluye que provocan o amenazan con "la desorganización del mercado" de los productores nacionales.

En cuatro ocasiones durante la administración anterior, la Comisión denunció violaciones parecidas; en cuatro ocasiones el Presidente George W. Bush se negó a tomar medidas.

Así les ha ido a las industrias estadounidenses y a las plantillas que dependen de ellas. Ninguna práctica comercial es nunca lo bastante grave para aquellos que insisten en que hasta las sanciones limitadas van en detrimento de la economía global.

En el caso de China y los neumáticos, los antecedentes son claros: La industria china de las llantas dedica la mayor parte de su producción, por no decir toda, a la exportación. El resultado es una inundación del mercado estadounidense de neumáticos baratos, haciéndose los chinos con el 17 por ciento del mercado, por encima del 5 por ciento que representaban en el año 2004. El sindicato de trabajadores del acero, que representa a parte de las plantillas de los fabricantes de neumáticos y que presentó la queja que condujo a los aranceles, afirma que a consecuencia de ello se han perdido 5.000 puestos de trabajo nacionales.

La implicación del sindicato conduce a la reclamación predecible, e innegable, de que Obama actúa para complacer a un electorado clave. ¿Y qué? La alternativa sería que el presidente permitiera que se siguieran prácticas comerciales ilegales sólo para demostrar que (BEG ITAL)no(END ITAL) complace incondicionalmente a los sindicatos.

Pero la obligación del presidente - para con el país, no para con los sindicatos - es hacer cumplir las normas. Hacer lo contrario es invitar a mostrar más del mismo desprecio por la actividad comercial leal que durante años ha caracterizado nuestro enfoque, y desangrar casi hasta morir a algunas empresas estadounidenses.

Es poco probable que cualquiera de los puestos de trabajo en la industria del caucho perdidos ante el ataque chino vuelva a recuperarse. La esperanza es que al menos la tendencia imparable de pérdida del empleo no se agrave.

Pero hasta esto pasa por alto la idea central. Durante demasiado tiempo, los discípulos del libre comercio sin restricciones -- aquellos que predican en contra de la regulación o de cualquier otra cosa que pueda paliar la progresiva decadencia de la clase media estadounidense -- lo han entendido al revés. Tres décadas de fe fundamentalista en que el mercado funciona mejor cuando no es importunado por normas de sentido común han culminado en la presente Gran Recesión, en el agravamiento de las desigualdades y las esperanzas cada vez más infundadas de los trabajadores estadounidenses.

Hay un momento para todo. Y ahora es el momento oportuno para plantar cara al comercio desleal.

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