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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Una dictadura encubierta

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 17 de septiembre de 2009, 04:55 h (CET)
A la desmedida y patológica tendencia a prohibir cosas por parte de algunos de nuestros necios políticos supuestamente democráticos y/o partidarios de la libertad, hay que sumarle ahora su enfermiza propensión a instituir como autoridades a quien sea, sin duda para que el pueblo esté más oprimido y/o controlado. No pueden evitarlo: el poder les transforma en monstruos dictatoriales, adversarios de la libertad.

Los que prohíben y los reparten porras y gorras de plato a tutiplén sin duda deberían hacerse revisar por un psiquiatra cualificado, o, al menos, en un arranque de honestidad renunciar a la democracia, confesarse partidarios del Estado uniformado —de pensamiento y ropas— y aprender a levantar el brazo en recia actitud, tal y como saludaban los pueblos iberos (Franco, dixit). Prohíben por nuestro bien, por nuestra salud, por nuestra conveniencia, por nuestra modernidad y por nuestra larga vida, ignorando que no queremos que nos prohíban. Punto. Que salven a su señora tía del pueblo, o que velen por su santa madre, que les hemos puesto ahí con nuestros votos sólo y únicamente como gestores, no como dictadorzuelos de chicha y nabo. Y en cuanto a la cosa de investir de autoridad a ganapanes o tragaldabas, deberían enterarse de una vez y para siempre estos secretos admiradores del doctor Francia, de Mussolini, de Hitler o de Franco, que ya está bien de llenar la sociedad de guardianes, que en la libertad no caben tantos celadores. Primero fueron los guardias municipales, muchos de los cuales no se sacan de la boca el chulesco “La ley soy yo y mis c...”; luego, el personal sanitario: “a curarse, ¡ar!”; y ahora también los maestros, buena parte de los cuales no saben hacer la O con el culo de un vaso. Y lo digo con conocimiento de causa, porque, más allá del enchufismo y las oposiciones amañadas con que muchos de ellos han obtenido la plaza —si es que no vienen de cuando la Tierra era plana—, he tenido la ocasión de conocerlos personalmente en todos mis muchos años de estudiante y en los muchos años de estudiantes de mis hijos, y, francamente, dejan mucho, pero mucho que desear. Los he conocido que sostenían que los ratones eran invertebrados —"porque entran por huecos muy chiquitines", según su argumentación—, que eliminaban países de Europa en los mapas que hacían dibujar a los niños, porque, “total, para lo que sirven...” y que decían y sostenían que los sonidos consonantes consecutivos estaban sentenciados a morir, poniendo como ejemplo de dicción futura algo así como “caturar insetos malignos en el Vienán con un trator”. Darles a estos asnos gorra de plato, que ya tienen buena tendencia a suspender al talento o en coartar al superdotado, será llenar la sociedad de cuadrúpedos rebuznantes (o sea, burros que rebuznan, aclarado sea para los maestros).

Sin embargo, siendo como son seres no cualificados para ostentar autoridad alguna sobre nuestros semejantes, los que están demostrando que tienen todavía menos cualidades para ejercer ninguna autoridad son nuestros políticos actuales, ésos de enfermiza propensión a prohibir lo que les incomoda personalmente o los que en secreto admiran a los vetustos y pérfidos dictadores. A ellos, lo que habría que hacerles sería echarles de la libertad cuanto antes, pero mucho después de privarles de sus puestos y de sus cargos, para los cuales no están cualificados. Que primero aprendan qué significa libertad, luego ser gestos a sueldo del pueblo, y, después, se les nacionaliza norteamericanos, que se iba a enterar el Obama ése. Con gestores así nunca llegaremos más allá de una sociedad totalitaria. Al tiempo. Por mi parte, y por suerte, les hago bastante, pero que bastante poco caso. Siempre me cayeron mal los que uniforman, y mucho peor los dictadores. La libertad, después de todo, no está sometida ni condicionada al arbitrio de ninguno de estos gestorzuelos.

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