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Juan Martín Del Potro

Daniel Sanabria
Daniel Sanabria
martes, 15 de septiembre de 2009, 02:35 h (CET)
Cuando llegas a semifinales de un torneo de Grand Slam, o estás al cien por cien de tus posibilidades físicas y mentales, o lo lógico es que sufras como un toro agonizando de la misma forma que lo hizo Nadal en la tarde del domingo hasta que tu rival te de la puntilla y te recuerde el escenario en el que estás jugando. Y es que aunque Nadal partiera como favorito en las casas de apuestas, donde por otra parte siempre es favorito, sobre la pista de Nueva York, Juan Martín Del Potro arrolló al manacorí en un partido que por opinión pública no debió resolverse antes de las tres horas.

Pero si en el fútbol las diferencias entre los grandes y los modestos se ensanchan a cada temporada que pasa, en el tenis ocurre todo lo contrario. Federer y Nadal tienen que triplicar esfuerzos y talento de un año a otro para dominar a Djokovic, Murray y de ahora en adelante también a un Del Potro que suelta la raqueta sobre la pista con el mismo poderío que un domador de leones el látigo para someter a las fieras. Golpe tras golpe deja claro quién es el que manda en la pista.

Juan Martín Del Potro, que si fuera un teleñeco sin duda daría vida a Gonzo, se presenta como la nueva gran promesa del tenis mundial. La falta de calidad y elegancia la disimula con golpes secos y poderosos a los que resulta imposible contestar. Ni siquiera tiene que arriesgar ajustando las bolas a las líneas, como Nadal. Le basta con sacudir la raqueta que sostiene en ese brazo pegado a un cuerpo de 1,98, que le confiere el aspecto de un matón de barriobajo, tapizado con esa barba de hace tres días.

Además, la frialdad que le acompaña en cada instante del partido, le hace presuponer a su rival un temperamento de hielo bajo esa espigada fachada que parece elástica como una goma. La altura del argentino le ayuda a llegar donde otros no llegan; es como si tuviera una raqueta quince centímetros más larga que los demás. Pequeño detalle que también le regala unos grados en el ángulo que traza al sacar. A brazo más largo, ángulo más abierto para lograr el ace. Es una regla de tres simple.

Y así es como eliminó a Nadal, sin apenas dar síntomas de cansancio físico. Mientras el español gritaba de rabia en cada golpe que devolvía, Del Potro remataba sereno y con los pulmones siempre llenos de aire. Cierto es que Nadal está aún al 60% de su nivel real, ya lo dijo su entrenador y tio Toni el pasado domingo, pero Del Potro tiene la oportunidad de demostrar esta noche y ante el más grande de la historia, que esto no es flor, por muy bonita que sea, de un solo día. Que ha venido para quedarse.

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