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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¿Subir impuestos o eliminar derroche y derrochadores?

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 14 de septiembre de 2009, 03:24 h (CET)
Parece que el gobierno de nuestro infausto señor Zapatero no da pie con bola, y, lejos de aprender de sus propios errores, los multiplica y hasta los eleva a la enésima potencia, legislando para que sean los ciudadanos los que corran con las cuentas de sus desmadrados desvaríos. “Nada hay más peligroso en una organización que un idiota con iniciativa”, reza el aforismo de la Organización Industrial, y, aunque no tildo de tal cosa al señor Presidente, se le podría aplicar taz a taz este aserto, con la excepción de ese epíteto, el cual podría ser substituido por incompetente, inexperto, incapaz o grandilocuente, por ejemplo.

En vez de subir impuestos, que es absurdo en un país sangrado por los licántropos predadores de la Administración y sus técnicas vampíricas, no estaría de más que se comenzara por eliminar lo absurdo, lo superfluo y aún el derroche que está dilapidando tan sinsentido el erario. Hablo, por ejemplo, de la cosa ésa que se han inventado para que el figurón del señor Chávez esté en el Gobierno, o el prescindible chiringuito de la señá Aído, o la cosa sin pies ni cabeza de las subvenciones que obsequia al mezquino e insufrible cine español la señá ésa de la Curtura y la SGAE, o prohibir el hórrido desfile de modelos de la Moncloa, o que los trabajadores se desempeñen allá donde viven y no en la otra punta de la provincia, o que nadie del Gobierno o las Administraciones tenga tarjetas visa oro o platino con barra libre, o que cada cargo se pague las cosas de su propia casa, o eliminar el inútil Tribunal Constitucional, o eliminar el Senado (¡para lo que sirve!), o reducir el Parlamento a un miembro por partido (¿para qué más, si van a votar todos lo mismo y allí nadie parlamenta, sino que van a leer?), o proscribir los ornamentales notarios, o eliminar el exceso de iluminación pública, o restringir el descomunal gasto publicitario de autobombo, o bajar el noventa por ciento los salarios jamás justificables de los altos cargos, o eliminar de una tacada a ocho de cada diez funcionarios (y sobraría todavía la mitad), o que se quede quieto el señor Gallardón y olvide sus delirios de grandeza, o que no gobierne el Gobierno, que cada vez que se le ocurre algo se nos multiplica la deuda a cambio de nada, etcétera.

Hay como se ve, muchos modos de restringir el gasto a menos de la mitad de los Presupuestos Generales del Estado sin que sea preciso subir los impuestos: sólo hay que querer, y querer a España. No se la quiere, sin embargo, sino como una ubre de la que maman a tiempo completo toda suerte de parásitos, y, claro, hay demasiados estómagos ociosos que llenar, y, así, no hay quien pueda. Acostumbrados a dilapidar, cuando falta pasta para las visas oro o platino de tanto golfo como abunda, no queda otra que subir los impuestos. ¡Y que siga la fiesta!

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