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Lo que necesita Honduras

Edward Schumacher-Matos
Redacción
lunes, 14 de septiembre de 2009, 03:18 h (CET)
BOSTON – Lo que está pasando desapercibido en la escalada en Honduras es lo que es mejor para Honduras en sí. Como le dirán los expertos en resolución de conflictos, esto significa primero ponerse de acuerdo en el problema.

Honduras está sufriendo una crisis constitucional que plantea dudas profundas de democracia y legitimidad. Cualquier solución exige apoyar el trabajo del país en esas cuestiones de manera que los futuros gobiernos se construyan sobre una base constitucional estable. La alternativa es una mayor inestabilidad en América Central.

Por mucho que la Organización de Estados Americanos quiera que Washington reinstaure por la fuerza al depuesto presidente Manuel Zelaya - y muchos Republicanos en el Congreso quieren que la administración Obama defienda con la misma contundencia al gobierno de facto en una guerra santa contra el aliado de Zelaya, Hugo Chávez, - no se puede decidir qué solución constitucional es lo mejor para Honduras. Cada democracia con éxito tiene sus propios vicios. Pero lo que debemos hacer es tomar en serio a ese pequeño país, su constitución y sus instituciones, como muchos hondureños están tratando de hacer.

Los antagonistas en este debate quieren que consideremos a ese país como la república bananera que fue una vez. Ellos insisten en verlo en términos extremistas de un ejército voraz, oligarcas codiciosos, Chavistas en connivencia y campesinos inocentes. Demasiadas noticias – escritas muchas por reporteros armados de cinismo con escaso sentido de la fragilidad y la nobleza del esfuerzo humano – perpetúan una interpretación propia de un tebeo.

De hecho, hay oligarcas codiciosos y chavistas en connivencia. Pero hay muchos actores políticos, y todo habría seguido siendo parte del paisaje hasta las elecciones previstas en noviembre si Zelaya no hubiera puesto contra las cuerdas al sistema democrático del país con tanta crudeza y tan a menudo que minó su propia legitimidad institucional y creó la crisis.

Una democracia constitucional - en contraposición a una farsa Bolivariana – exige trabajar bajo la supervisión del sistema de poderes institucionales de una democracia. Zelaya, sin embargo, se valió de multitudes para forzar un referéndum declarado ilegal por el Tribunal Supremo de Honduras, su Congreso, la comisión electoral, el relator de los derechos humanos y el propio fiscal general de Zelaya. La votación giró en torno a si convocar una convención constitucional, en su intención declarada de levantar el veto a una reelección presidencial.

El tribunal, como está facultado para hacer, ordenó al ejército la detención del presidente. El ejército, en lo que los mandos describen como interés en evitar que la lucha llegara a la calle, le sacaron del país vía aérea. Fue un error - la Constitución de Honduras prohíbe la extradición.

Sin embargo, el ejército nunca tomó el poder, ni tampoco tiene la última palabra entre bambalinas. El gatillo rápido de la OEA entre otros a la hora de desechar los sucesos en Honduras como otro "golpe de estado militar" más despierta tal resentimiento que no es de extrañar que el gobierno actual se haya mantenido ferozmente en sus trece contra la OEA y la presión estadounidense encaminada a que acepte la propuesta mediada que permitiría el retorno de Zelaya al poder con menos competencias. Aunque las encuestas mostraban que su popularidad era mínima antes de ser depuesto, muchos hondureños temen que el retorno de Zelaya también empuje a sus partidarios sindicalistas a una revuelta.

La polémica gira ahora en torno a si reconocer o no los resultados de las elecciones de noviembre. La administración Obama, la única que calibra sus respuestas, ha suspendido toda ayuda no humanitaria, retirado parte de los visados a los hondureños, y ahora amenaza con no reconocer esas elecciones. Esto sería un error. Como observa Eric Farnsworth, vicepresidente del Consejo de las Américas, si un gobierno democrático al frente del ejecutivo fuera la condición necesaria, entonces nunca se habrían aceptado los resultados de elecciones como las que pusieron fin al mandato de Augusto Pinochet en Chile o como las que esperamos que pongan fin algún día al reinado de los hermanos Castro en Cuba.

Además, los rumores en Honduras apuntan a que ninguno de los dos aspirantes en las elecciones de noviembre invitará a Zelaya a volver tras la votación, lo que contribuiría a calmar los ánimos.

Pero hay una cuestión más profunda para Honduras. El Tribunal Supremo, que se ha profesionalizado mucho en los últimos años y es ampliamente respetado, sigue insistiendo en juzgar a Zelaya. La posición del Tribunal es clave en el rechazo del país a la propuesta de mediación. Lo que Estados Unidos y los miembros más adultos de la OEA deberían estar haciendo es trabajar con la Corte y el Congreso de Honduras para ayudar a encontrar una salida legal que mantenga la integridad de las instituciones del país. Lo ideal sería permitir que Zelaya volviera y finalizara su presidencia. De lo contrario, se abrirá una herida con sus partidarios. Los militares deben ser absueltos también.

Chávez, mientras tanto, está encajonado y es irrelevante. Todo se reduce por tanto a lo que es mejor para Honduras y para el hemisferio.

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Edward Schumacher-Matos pertenece a The Washington Post Writers Group.

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